Black & Noir inventa el folletín negro digital

El género negro nació en Black Mask y otras revistas populares norteamericanas de las décadas de 1920 y 1930. Eran baratas porque, entre otras cosas, estaban hechas con papel de baja calidad (pulp). Eran muy leídas porque contaban de modo entretenido historias verosímiles del lado oscuro de la lucha por el dólar. Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Erle Stanley Gardner y otros pioneros debutaron en Black Mask. La revista les publicaba relatos cortos y también sus primeras novelas en forma de entregas semanales.

Los pulp fueran la cuna de la novela noir, hard boiled, criminal o como quiera usted llamar al género que no considera que lo esencial es la resolución de un misterio, sino el retrato de un ambiente social. Pero los pulp no inventaron la fórmula de la novela por entregas. Esta ya había hecho muy popular y comercial al realismo literario del siglo XIX. En Francia la practicaron Balzac, Flaubert, Eugène Sue y Victor Hugo. Fuera, Dostoievski, Stevenson y Pérez Galdós. A las novelas por entregas se les llamó folletines en castellano.

¿Y si en vez de papel barato se usara hoy el soporte digital y el teléfono móvil? Esta es la idea que tuvo hace un año Javier Manzano, uno de los fundadores de la revista Fiat Lux. Se dijo: “Si en los móviles es donde más se lee y se escribe ahora, vamos a llevar la literatura a ese medio”. Acaba de materializar su idea con el nacimiento de Black & Noir.

Con Black Mask ibas al quiosco a comprarte la revista. Con Black & Noir vas descargando novelas por capítulos en tu iPhone o dispositivo Android, y las vas leyendo allí. El tamaño y la calidad de sus pantallas convierten ya a los móviles en aceptables bibliotecas.

Como Manzano desea dejar claro que su propuesta está pensada para un mundo que va más allá de Gutemberg, cada novela va acompañada de extras digitales: documentos de audio y video con entrevistas a los autores, la banda sonora de sus novelas, sus lugares favoritos, sus filias y fobias, sus técnicas de escritura…

Black & Noir ha arrancado con cuatro novelas escritas específicamente para esta aventura por otros cuatro autores negros españoles.

Paco Gómez Escribano

Paco Gómez Escribano relata en #MadridPrisión la investigación detectivesca de un individuo llamado El Poeta en los barrios periféricos de un Madrid postapocalíptico. Un tiempo en el que “el acto más subversivo que se podía cometer era leer.

Rosa Ribas propone Emma, la historia de una escritora de género negro que ha sufrido un ictus. Así arranca esta novela: “No te fíes de nadie, Emma. Ni siquiera de ti misma”.

Rosa Ribas

“Mis alumnos tienen tres manos: la derecha, la izquierda y el móvil. No queda más remedio que meter la literatura en el móvil”. Lo dice en una entrevista David Llorente para explicar por qué aceptó la propuesta de Manzano y escribió Príncipe de Dinamarca.

Completa el póker inicial Manuel Barea con Vieja entrepierna humeante, las andanzas de un sicario por la Andalucía de 1984. Una historia con la que, dice, inventa el pulp castizo.

Black & Noir, por su parte, acaba de inventar el folletín negro en soporte digital.

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Festivales muy oscuros

Con Susana Martín Gijón en Granada Negra, 7 de octubre de 2017

Susana Martín Gijón tiene publicada una novela corta en la que ella, la autora, se encuentra con su personaje, la inspectora Annika Kaunda, en un festival de novela negra celebrado en Salamanca. Acabo de leerla con una sonrisa en la boca: Susana relata el ambiente de ese tipo de festivales literarios, de los que ya no hay ciudad española que no cuente con uno. Ya saben, un montón de escritores rindiendo el culto debido a Hammett, Chandler y Jim Thompson, debatiendo hasta la extenuación sobre las diferencias entre noir, thriller, policíaco, intriga y suspense, planteándose la verosimilitud del personaje Carvalho o de las tramas de Jo Nesbo, expresando su admiración por Juan Madrid y Andreu Martín y pasándose contactos de editores y, aún más importante hoy en día, agentes literarios. Hombres y mujeres raros y hasta marginales, bastante cerveceros y manifiestamente inofensivos. Imagino que la tasa de criminalidad entre los que escriben historias sobre robos y asesinatos es bastante baja.

Ah, la novelita de Susana Martín Gijón se titula Pensión Salamanca. A su autora, con la que ahora comparto editorial, la sevillana Anantes, la conocí a comienzos del pasado octubre en, cómo no, uno de estos festivales: el Granada Noir que dirige Jesús Lens. Formamos allí una simpática pandilla con Paco Gómez Escribano (Manguis) y Mariano Sánchez Soler (El asesinato de los marqueses de Urbina). Recuerdo, sobre todo, que nos lo pasamos muy bien en una excursión que nuestros anfitriones habían organizado al Albaicín para rememorar los crímenes ocurridos en ese barrio tan empinado como eternamente moruno. Con latas de cerveza Alhambra en la mano, nos conjuramos para guardar -hasta que el Alzheimer termine por alcanzarnos- la memoria de los Hermanos Quero, valerosos maquis urbanos anarquistas con los que la Policía franquista solo pudo terminar con un diluvio de bombas.

Con Yasmina Khadra en VLC Negra, 16 de mayo de 2015.

Soy un principiante en esto de la ficción negra. Aún así, en los dos últimos años ya he asistido con mis novelas Tangerina y Limones negros a algunos de los festivales retratados por Susana Martín Gijón en su novelita: VLC Negra, Getafe Negro, Granada Noir… En el valenciano conocí, entre otros, al canario Alexis Ravelo (Las flores no sangran), sobre el que ya he escrito en esta columna. Tengo a Alexis como un gran escritor. No solo noir, sino en cualquier cosa que se proponga. Y en Getafe Negro, amén de reencontrarme con Lorenzo Silva, compartí mesa con otros dos escritores veteranos que también han utilizado a guardias civiles como personajes literarios: el gallego Carlos Laredo y el murciano Luis Leante.

Creo que es recomendable la asistencia a festivales negros. Se habla de literatura sin pretensiones. Se habla de la realidad política y socioeconómica sin partidismos. Y se aprenden muchos modos ingeniosos de cometer delitos que ni los autores ni el público practicarán jamás.

Este artículo fue publicado tal y como aquí aparece en Cartelera Turia (Valencia) el 10 de noviembre de 2017.

 

 

Periodismo y novela negra

Truman Capote, entre los actores que interpretaron a los asesinos de Kansas en la película “A sangre fría”, basada en su libro. Revista “Life” del 12 de mayo de 1967

Este sábado, 7 de octubre, estaré en Granada Noir, el festival andaluz consagrado al género de Hammett, Chandler y Ellroy, de Vázquez  Montalbán, Juan Madrid y Alexis Ravelo. Hablaré de la relación entre el periodismo y la novela negra, mis dos pasiones literarias.

    Permítanme hacer una confesión preliminar. Algunos de los periodistas de mi generación nos incorporamos al oficio influidos por lo que hacían en los años 1960 y 1970 autores norteamericanos como Tom Wolfe, Gay Talese, Hunter Thompson, Truman Capote y Norman Mailer. Los tres primeros eran periodistas que publicaban unos reportajes que, de tan bien escritos, podían leerse como relatos intemporales; los dos últimos, novelistas que también publicaban libros basados en hechos reales del nivel de A sangre fría y La canción del verdugo. El periodismo escrito, además de informar, podía ser ejercido como un género literario, una forma de contar de modo entretenido historias de no ficción. Es natural que mi generación terminara pergeñando novelas. Juan Madrid, Maruja Torres y Arturo Pérez Reverte lo hicieron relativamente pronto, otros tardamos un poco más.

A la hora de escoger un género de ficción, el noir es particularmente interesante para un periodista. Tal y como yo la concibo, la novela negra es la novela realista contemporánea, la que mejor destripa la corrupción, la injusticia y la violencia del mundo urbano y capitalista. En cierto modo, pasar del periodismo a la novela negra es tan solo pasar de contar historias verdaderas a contar historias verosímiles. Las primeras tienen que ser demostrables con testimonios y documentos, las segundas solo tienen que resultar creíbles.

Desde James M. Cain a Stieg Larsson, pasando por Osvaldo Soriano, Vázquez Montalbán y Juan Madrid en lengua castellana, muchos de los grandes del noir fueron periodistas. Varios simultanearon –o simultanean- ambos géneros, sin ver en ello la menor contradicción. El lector, que nunca es gilipollas, sabe distinguir cuando se le propone una u otra cosa, el código de la verdad o el de la verosimilitud.

El autor presentando “Limones negros” en el festival Granada Noir el 7 de octubre de 2017. Foto: Laura Muñoz

Es posible que la creciente dificultad para contar en los periódicos impresos tradicionales historias verdaderas que incomoden a banqueros, empresarios y gobernantes –los amos de esos medios-, haya acentuado la necesidad de hacerlo bajo la coartada de la ficción. Ya saben, aquello de que cualquier banquero que pueda aparecer en esta novela no tiene nada que ver con ninguno de carne y hueso; aquello de que cualquier parecido de loshechos aquí relatados con la realidad es pura coincidencia. Aunque el lector, que no solo no es gilipollas sino que es bastante listo, no tarda en identificar al banquero golfo que termina suicidándose en una partida de caza.

La censura –y vivimos tiempos de censura en los grandes medios- nos empuja a los periodistas a recurrir hoy más que nunca a la coartada de la ficción para sacar a la luz cosas que sabemos que son ciertas.

Este artículo fue publicado tal y como aquí aparece en Cartelera Turia (Valencia) el 6 de octubre de 2017.

 

 

Lo hicieron por ti

Republicanos canarios encerrados en Gando por los franquistas

“-El caso es resistir –convino Juan.

-O sobrevivir –corrigió Agustín.

-Que es otra forma de resistir.”

Los milagros prohibidos, Alexis Ravelo.

Me irritan aquellos que para recomendar una determinada novela, película o serie televisiva pontifican que es “imprescindible” (ya no digamos cuando usan inadecuadamente el vocablo “imperdible”). Nada es “imprescindible” en esta vida, excepto unas cuantas cosas: algo de salud, amor y amistad, un techo y un puchero modestos, un mínimo de libertad y dignidad. Me limitaré, pues, a decir que si aún no la ha leído, Los milagros prohibidos, de Alexis Ravelo, puede resultarle una novela excelente para el equipaje de este verano. En mi opinión, una de las mejores de la cosecha en castellano en lo que llevamos de año.

El canario Ravelo es uno de los autores más sólidos de nuestra novela negra, y aquí mismo ya comenté su Las flores no sangran. Sin embargo, en Los milagros prohibidos (Siruela, 2017) cambia de tercio y cuenta una historia situada en el verano de 1936 en la isla canaria de La Palma. Una historia de lealtad en el comienzo de la Guerra Civil española.

La Guerra Civil produjo episodios que pueden inspirar centenares de libros y películas, como los han inspirado y siguen inspirando la II Guerra Mundial y el Holocausto. Sabemos, no obstante, que a la derecha carpetovetónica le fastidia el que nuestros creadores sitúen allí sus historias. Tiene que ver con su propio complejo de culpa en relación a ese conflicto fratricida y la larga dictadura militar que le siguió. La especie de posfranquismo que rige España ni asume ni condena con claridad sus orígenes, así que prefiere que nadie hable de ellos.

Pero mientras las historias estén bien contadas –eso es lo importante-, ni al lector ni al espectador le sobran las visitas a períodos particularmente dramáticos del pasado. Entre otras razones, como suele repetirse, para intentar evitar que se repitan. Pero también porque en esos momentos catastróficos los seres humanos llevan al máximo sus capacidades para la bellaquería o el heroísmo, para el amor o odio, materiales todos ellos altamente literarios.

Ocurrió que en el verano de 1936 la isla de La Palma siguió fiel a la II República y su recién elegido gobierno democrático, mientras el resto del archipiélago canario quedaba en manos de los golpistas de Franco. Los golpistas, claro, no tardaron en revolverse contra los palmeros leales y se inicio así en la isla una caza de rojos de estremecedora ferocidad. En ese contexto sitúa Ravelo a los protagonistas de su novela: el maestro de escuela Agustín Santos, obligado a vagar por los montes de La Palma con un revólver que no quiere usar; su esposa, Emilia, acosada entretanto por los falangistas en la capital de la isla; el insaciable Floro el Hurón, guía de las escuadras que dan caza a los republicanos huidos.

No es esta, insisto, una novela negra. Pero Ravelo le aplica todo lo que ha aprendido escribiendo novela negra: una prosa limpia y rica, unos personajes memorables, unos diálogos espléndidos y un montaje que deja sin aliento al lector. Ravelo sigue construyendo una inconfundible voz propia, una voz teñida de un acento canario que la emparenta con la gran narrativa latinoamericana. Tengo la impresión de que estamos ante un grande.

¿Sirvió para algo el heroísmo de aquellos palmeros que se echaron al monte para defender la legalidad democrática? La primera respuesta que viene a la cabeza es negativa. No, no sirvió para nada. La isla de La Palma, el archipiélago canario y toda España terminaron en manos de los golpistas, que prolongaron su dominio durante 40 años de franquismo y quizá lo hayan seguido prolongando durante los siguientes 40 años de una democracia manifiestamente mejorable. “España es ese país donde Dios está siempre del lado de los mediocres”, se lee en un momento dado en Los milagros prohibidos. 

Y sin embargo, hacia el final de la novela, el narrador cuenta que uno de sus personajes responde así a la pregunta: “Lo hicieron porque creían en la justicia, en la lucha contra la infamia, en un mundo mejor. Y una vez que estaba borracho, casi se le saltaron las lágrimas acordándose de ellos, y acabó diciéndome que, en realidad, lo hicieron por el futuro y por los demás. ´Lo hicieron por todos, Paquito. Lo hicieron por ti´.”

Una versión previa de este artículo fue publicada por el autor en Cartelera Turia (Valencia) el 12 de abril de 2017.

 

Justiciero animalista

He ido llegando a la conclusión de que a la humanidad terminará repugnándole comer carne de animales. No digo que vaya a ocurrir en un futuro inmediato, en cuestión de pocas décadas, pero es probable que suceda en, digamos, dos o tres siglos. ¿Quién hubiera pensado en el Estados Unidos de la Declaración de Independencia que un negro ocuparía el Despacho Oval? ¿Cómo habrían reaccionado los nobles ingleses o alemanes de la Edad Media si alguien les hubiera pronosticado que sus naciones serían algún día gobernadas por mujeres elegidas democráticamente? ¿Podrían haber imaginado los verdugos que su oficio desparecería en numerosos países civilizados a lo largo del siglo XX?

Aunque con graves retrocesos temporales, la humanidad no ha dejado de avanzar por el camino de la empatía, del ponerse en la piel del otro, desde los tiempos en que vivía en cavernas. Primero, lógicamente, aplicándose el cuento a sí misma: igualdad de razas, géneros y clases sociales. Pero, aunque esta tarea esté lejos de haber sido culminada, ya tenemos signos manifiestos de que tal sensibilidad puede extenderse a los animales. En la misma España, aumenta el número de veganos y vegetarianos, especialmente entre la juventud, y también aumenta la oposición a las barbaridades cometidas contra animales en nombre de tradiciones bárbaras.

Rafael García Maldonado maneja un gran tema en su novela Por un perro sin tumba (Anantes, 2017). ¿Y si aparece en  Málaga y su Costa del Sol un asesino en serie de motivaciones animalistas, un vengador de las crueldades cometidas contra perros, gatos, caballos o toros? El planteamiento no es solo original, sino también pertinente. ¿No hay un sentimiento de hartazgo ante la brutalidad con los animales en esas reacciones de alegría ante la muerte en el ruedo de un torero que se expresan en redes sociales? No estoy justificándolas, tan solo constatando que cada vez hay más gente indignada porque se llame cultura a la tortura y héroe al matarife, por muy vestido de oropeles que vaya.

La novela de García Maldonado arranca cuando el doctor Antonio Antúnez, superviviente de un síncope en un páramo de la Sierra de las Nieves, se angustia ante lo que haya podido ocurrirle a su perro, un labrador de ocho años y color negro, desaparecido en el incidente. Comienza a buscarlo, solicitando incluso la ayuda de Jack Safont, un inglés afincado en la Costa del Sol que se dedica a rescatar perros abandonados (“Mi mujer se encarga de buscar adoptantes en otros países a través de la página web que hemos hecho; si me perdona, bastante más civilizados que el suyo”). García Maldonado, que pertenece a los civilizados, se mete también en el pellejo del perro de Antonio Antúnez, antaño mimado y ahora perdido, hambriento y apedreado. Quizá termine siendo capturado por esa gentuza liderada por un tal Eneas que organiza en la zona  peleas clandestinas de canes.

Entretanto, el asesino va matando a maltratadores de animales. Matándoles con la misma ferocidad que ellos han aplicado a sus víctimas peludas: desmembrándolos, hirviéndolos en aceite, agujereándoles la barriga, enjaulándolos… Con técnicas, por cierto, que la Inquisición también aplicaba a humanos. Exurge, Domine, et Judicam Causam Tuam. Álzate, Señor, defiende tu causa.

Por un perro sin tumba está muy bien escrita, tiene diálogos vibrantes y describe con realismo la Málaga negra. El autor ha arriesgado con el uso de la narración en presente, más incómoda para el lector en relatos largos, y quizá ha querido meter demasiadas cosas en esta obra: desde la violencia machista hasta el tráfico de estupefacientes, pasando por la destrucción del paisaje mediterráneo y los trapicheos farmacéuticos. Quiero decir meterlas no como telón de fondo, sino en un plano de igualdad o casi igualdad con el tema principal. Pero este tema, el del justiciero que castiga a los que maltratan animales, termina imponiéndose.

Rafael García Maldonado

El inspector jefe Valcárcel y la inspectora Ana Zuloaga son los encargados de dar caza al justiciero, que, evidentemente, es un psicópata. Lo consigan o no, la novela deja claro que las víctimas de este asesino en serie no eran tan inocentes. El autor lo hace explícito a través del personaje de Antonio Antúnez: “¿Inocentes, Ana? Eres una inspectora brillante, pero no entiendo por qué no ves más allá de tus narices biempensantes. Puede que para ti y otra mucha gente sean inocentes, pero para otra, vaya si lo creo, sí eran culpables de algo. (…) A veces, lo queramos o no, la justicia no llega a casi ningún sitio, y es necesario que se haga con las armas de las que se disponga; no queda más remedio”.

Obra de protagonismo coral, con momentos de gran dureza, Por un perro sin tumba plantea la eterna pregunta de qué hay en tantos seres humanos que les hace disfrutar con el sufrimiento ajeno. El de sus congéneres y, si no pueden, el de los animales. El escritor malagueño no puede –nadie puede- dar una respuesta a esta cuestión, pero sí ofrece su propia visión del mundo. “El XVIII es mi siglo favorito, ¿sabe, padre? El Siglo de las Luces.” La frase es de Antonio Antúnez en una conversación con un cura a propósito de las parrilladas públicas que organizaba la Inquisición en estas tierras celtibéricas.

Vuelvo a mi reflexión inicial. Si en el futuro se termina considerando repugnante matar animales para comérselos, ¿cómo obtendrán los humanos las proteínas y demás? No lo sé, pero puedo imaginar que se obtendrán de vegetales o productos químicos. Puedo incluso imaginar que se fabricarán  alimentos veganos con deliciosos sabores artificiales. ¿Por qué no? Si el ser humano aplica las Luces termina resolviendo casi todo.

Oficina de leyendas

Fotograma de “Le Bureau des légendes”

La sed de los espías es insaciable. Cuando se hayan bebido toda el agua potable del planeta -y también todos sus demás líquidos, alcohólicos y no alcohólicos-, desalinizarán los océanos para poder seguir bebiendo. Su coartada es teóricamente impecable: nos espían a todos por nuestro propio bien, para proteger nuestra seguridad, la individual y la colectiva. Todos somos niños pequeños que necesitamos estar permanente vigilados por padres o tutores que no hemos podido escoger.

No es de extrañar que, por órdenes del Gobierno o por iniciativa propia, el entonces llamado CESID -hoy CNI- escuchara y grabara las conversaciones telefónicas de Juan Carlos I, el mismísimo jefe del Estado al que ese organismo decía servir. Nunca se sabe que sabrosas confidencias –amoríos, negocios, filias, fobias- pueden caer en el saco. Nunca se sabe cuándo esas confidencias pueden resultarles útiles a alguien –el Gobierno, los mismos espías, algún banquero o empresario, algún aliado extranjero- para hacer algún chantaje. Tú guárdalo por si acaso.

Hemos escuchado estos días algunos fragmentos de las conversaciones de Juan Carlos I que fueron interceptadas en 1990 por el CESID y hemos confirmado así que el anterior monarca, amén de campechano, era un mujeriego impenitente. Pero la pregunta que surge de inmediato es quién y para qué utilizaría en su momento esa información. Seguro que no fue tan solo para bromear con el jefe de Estado sobre lo feliz que le hacía tal o cual dama.

Hace dos o tres años también supimos que los espías norteamericanos de la CIA y la NSA interceptan a placer las conversaciones telefónicas y la actividad en Internet de miles de políticos, empresarios, periodistas, científicos y activistas de todo el planeta. Gente toda ella poco sospechosa de pertenecer a ISIS, Al Qaeda u organizaciones diabólicas semejantes. ¿Rompió por ello Alemania, Francia o algún otro de los damnificados sus relaciones diplomáticas con Estados Unidos? En absoluto. Las protestas fueron tan tímidas que ni se escucharon. Y, por supuesto, no faltaron cretinos para salir en las teles y decir que ese espionaje masivo es normal y hasta saludable -es por nuestra seguridad- y que si uno no tiene nada malo que ocultar no debe enfadarse porque violen su privacidad sin su consentimiento.

En realidad, los espías se espían hasta a sí mismos. Y no me estoy refiriendo al lógico seguimiento de la actividad de los servicios rivales. Lo que estoy diciendo es que los servicios de inteligencia también escrutan subrepticiamente a sus propios agentes. ¿Qué hacen en sus ratos libres? ¿A quién ven? ¿Con quién se divierten o se acuestan? ¿Cabe alguna posibilidad de que sean topos del enemigo o desarrollen una agenda propia? En las cloacas ninguna lealtad está garantizada.

El actor Mathieu Kassovitz interpreta al agente Debailly

Lo cuenta de modo excelente la serie televisiva francesa Le Bureau des légendes. Que yo sepa, esa serie no se emite en España, lo que es una pena para los aficionados a las ficciones sobre espías. Unas ficciones que esos aficionados saben o intuyen  –y así lo confirma el maestro Le Carré- que en muchas ocasiones son lo más aproximado a un reportaje periodístico que puede hacerse sobre ese submundo.

Producida por el Canal + francés, Le Bureau des légendes pertenece a la categoría de ficción realista, creíble, verosímil. Ofrece una extraordinaria cantidad de información sobre el funcionamiento de la DGSE (Direction Générale de la Sécurité Extérieure), el principal servicio de inteligencia francés. Lo hace a través de las andanzas de un agente llamado Guillaume Debailly, que, tras una estancia en el Damasco en guerra,  debe encargarse de la desaparición de uno de sus compañeros en Argelia. A partir de ahí la serie nos cuenta la formación de los agentes clandestinos, el control permanente al que están sometidos, los trucos de los servicios de inteligencia para utilizar como tapaderas otros servicios más “amistosos” del Estado y la cantidad enorme de información que  pueden obtener a través de los teléfonos y de Internet.

Guillaume Debailly no es un superhéroe como los mucho menos verosímiles James Bond o Jason Bourne. Sus principales recursos no son su capacidad para seducir bellezas o  combatir con las manos desnudas, una Walther PPK o algún gadget de laboratorio. Su principal arma es su capacidad para construir un personaje falso y hacerlo creíble ante los ojos de aquellos que bien podríamos llamar sus víctimas. Su arte para vivir bajo diversas identidades a la vez.

El hombre de las mil caras es el título de la película española sobre nuestro más célebre espía contemporáneo, Francisco Paesa. Una buena película y un buen título.

Limones negros: “Se irán de rositas”

uco-guardia-civil“Se irán de rositas”, le dice Sepúlveda a la capitana Lola Martín en una de las escenas de la novela  Limones negros. A Lola Martín, de la UCO -la unidad de la Guardia Civil especializada en la lucha contra los grandes delitos- le cuesta compartir el escepticismo de Sepúlveda. Es veinte años más joven y cree que, aunque sea a trancas y barrancas, los malos siempre terminan pagando por sus crímenes. Si no lo creyera, no trabajaría donde trabaja.

Sepúlveda, profesor del Instituto Cervantes de Tánger, está ayudando a la guardia civil en el rastreo de las huellas dejadas en la ciudad marroquí por los negocios sucios de un prominente banquero madrileño. Le ayuda porque ella ha sabido mover los resortes adecuados: su hastío por la corrupción que infecta España y su vanidad de buen conocedor de los bajos fondos tangerinos. Pero en ningún momento cree que los grandes tenores del saqueo del dinero público –los auténticos, los ricos y poderosos- vayan a terminar entrando en prisión. Los sumarios se eternizarán o traspapelarán; los delitos irán prescribiendo; cualquier fallo formal en las investigaciones policiales y judiciales será explotado a fondo por abogados perspicaces y carísimos… A lo sumo, serán castigados sus segundos espadas.

En esta obra de ficción, Sepúlveda le suelta a la capitana: “Lola, lamento tener que decírtelo, pero creo que hacéis el trabajo de Sísifo. Cada vez que conseguís llevar la piedra a lo alto de la montaña, vuelve a caer abajo.” Y ella le responde que esa actitud no lleva a ninguna parte, que habrá que intentarlo, que probablemente algunos terminarán pagando. Los dos, el profesor y la guardia civil, tienen razón. Hay verdades que no son contradictorias entre sí.

rodrigo-rato   He estado ultimando estos días con los amigos de la editorial Anantes el envío a la imprenta de Limones negros, mi segunda novela tangerina. Las noticias que leía en mi teléfono me confirmaban la conclusión a la que llegué al publicar la primera: ninguna ficción puede igualar la realidad de los casos de corrupción en la España actual. La realidad del obsceno esperpento español es novelescamente casi inverosímil.

A un fiscal de Murcia le roban en su casa el ordenador con el que trabaja en un caso de corrupción. A su jefe le destituyen por atreverse a investigar al cacique local. El cuñado del rey es condenado a seis años de cárcel, pero le dejan regresar a Suiza sin tan siquiera exigirle una fianza. Su esposa, hija y hermana de reyes, se libra de cualquier mancha penal porque asegura que no se enteraba de lo que firmaba. Los sinvergüenzas que llevaron a la ruina a la caja de ahorros madrileña, aunque sentenciados a prisión, siguen durmiendo en sus mansiones…

LN

Este es el país en que un político esconde un millón de euros en la casa de su suegro y, cuando es descubierto, afirma que lo ha dejado allí un fontanero o un empleado de Ikea. El país en que el presidente del Gobierno envía SMS cariñosos a un notorio tahúr. El país en que jueces activos en la lucha contra la corrupción son expulsados de su carrera porque, al parecer, han cometido errores técnicos en su instrucción. El país en que los denunciantes del saqueo de las arcas públicas malviven amedrentados, mientras los ladrones se jactan de su inocencia ante los medios que ellos o sus amigos controlan. Y también el país en que unos chavales duermen preventivamente entre rejas por una función de títeres.

¿Justicia igual para todos? ¿El imperio de la ley? Bla, bla, bla. Palabrería de gente que sabe que al final quedará impune, y de sus bien pagados propagandistas. O de esos tontos que, aunque llueva, caminan por la calle sin paraguas por que la tele dice que luce un  sol radiante.

Limones negros será publicado este mes de abril de 2017 por la editorial Anantes.