Sciascia y el control de la banca

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Sicilia. Foto de Franco Zecchin

En un almuerzo en el Quirinal, en 1982, Leonardo Sciascia le soltó a Sandro Pertini: “La plaga de la mafia siciliana no podrá vencerse más que mediante un riguroso control bancario, y de esto, señor presidente, sólo usted puede convencer al Gobierno”. Aquel comentario del escritor le amargó el almuerzo al viejo Pertini. El presidente de la República Italiana sabía que Sciascia tenía razón, y también sabía que, por mucho que se insistiera, nadie en el gobierno iba a tener el valor de enfrentarse a la banca.

para-una-memoria-futura-9788483834855Recogida en el prólogo de Para una memoria futura, la anécdota del Quirinal no puede estar más de actualidad: las mafias de todo tipo, la corrupción política que mina la confianza ciudadana en las instituciones democráticas y el fraude fiscal generalizado de las grandes fortunas y empresas sólo pueden combatirse con “un riguroso control bancario”. En Italia, España y todas partes. ¿Pero quién le pone el cascabel al gato?

Para una memoria futura (Tusquets, junio de 2013) recoge algunos de los artículos que Sciascia publicó en diarios y revistas italianos en la década de los 1980. Un denominador común en todos ellos es la oposición del periodista y escritor siciliano a cualquier manifestación abusiva del poder. Sciascia denunciaba incansablemente a la mafia, pero también a las Brigadas Rojas (fue de los primeros intelectuales progresistas italianos en sostener que “el terrorismo rojo era rojo, y no negro camuflado de rojo, como muchos se empeñaban en creer”). Y con la misma energía criticaba los excesos represivos de la policía y la magistratura.

Sciascia se oponía a que la mafia y el terrorismo fueran combatidos con “la represión violenta e indiscriminada” y con “la abolición de los derechos de los individuos”. Le espantaba el que un inocente fuera a prisión. Una vez escribió que, a fin de reducir sus abusos, sería buena cosa que “a los jueces, antes de entrar en funciones, se les encerrara en la cárcel por lo menos tres días”. Quizá así no enviaran con tanta alegría a gente de las clases humildes a pasar temporadas entre rejas. La tortura -del inocente o del culpable; ante la mafia, el terrorismo o lo que fuera- le parecía siempre inaceptable en un Estado democrático. “Un delito de esta magnitud perpetrado dentro de las instituciones es incomparablemente más grave que cualquier delito cometido fuera“, escribió en L´Expresso el 28 de agosto de 1988.

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Leonardo Sciascia

Nacido en Sicilia en 1921 y allí fallecido en 1989, Sciascia rompió la ley mafiosa de la omertá tanto en sus cuentos y novelas como en sus textos periodísticos. “Nada hay que me moleste más que ser considerado un experto en la mafia, o, como se dice hoy, un mafiólogo”, escribió en un artículo publicado en el Corriere della Sera el 19 septiembre de 1982. “Soy sencillamente una persona que ha nacido y vive en un pueblo del oeste de Sicilia y que ha procurado comprender siempre la realidad que lo rodea, los hechos y las personas. Soy tan experto en mafia como lo soy en agricultura, en emigración, en tradiciones populares, en azufre, como se es experto en cosas que se han visto y sentido, que se han vivido y en parte sufrido”.

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El general Dalla Chiesa, asesinado por la mafia en Palermo en 1982

Contaba Sciascia que la mafia siciliana había sido en su origen una asociación criminal con ánimo de lucro que se interponía parasitaria y violentamente entre el ciudadano y el Estado (no era una rebelión contra el Estado, sino una reproducción grotesca del Estado). Pero con el tiempo, la Honorata Società había ido infiltrándose en el mismísimo Estado italiano, formando parte de él. Sobre la corrupción política y empresarial que asola crónicamente Italia, Sciascia escribió, con ocasión del caso Calvi, que lo que más le llamaba la atención -tal vez el origen del problema- era “el hecho de que personas absolutamente mediocres ocupen altos cargos de empresas públicas y privadas”.

sciascialechuzaDesde que en 1962 publicara El día de la lechuza, Sciascia fue uno de los grandes autores de novela negra mediterránea. Pero, a diferencia de lo habitual, los investigadores de sus novelas terminaban fracasando. Gran lector de El Quijote, España fue otra de sus grandes pasiones. En 1984, Juan Arias, entonces corresponsal de El País en Roma, le propuso que definiera brevemente España, y ésta fue la respuesta: “Una nación más pasional que cultural, con muchas semejanzas y desemejanzas con Italia. Las semejanzas son en lo peor. Las diferencias, en lo mejor”. La España que más le gustaba, decía, era la antifascista y republicana, “la de las utopías y las derrotas”.

Sciascia terminó convirtiéndose en la “conciencia crítica” de Italia. Simpatizó muchos años con el Partido Comunista, pero jamás calló sus críticas a esa organización y a la Unión Soviética, hasta que terminó distanciándose de ese mundo y acercándose al Partido Radical de Marco Pannella. Siempre antepuso la razón -base, opinaba, de la moral- a cualquier otra cosa.

En uno de sus últimos artículos publicados -en La Stampa el 6 de agosto de 1988, también recogido en Para una memoria futura– el periodista y escritor siciliano se autorretrató así: “Yo he tenido que vérmelas, en los últimos treinta años, primero con quienes no creían o no querían creer en la existencia de la mafia, y ahora con quienes no ven más que mafia. Se me ha acusado de denigrar a Sicilia y de defenderla demasiado; los físicos me han acusado de vilipendiar la ciencia, los comunistas de haber bromeado sobre Stalin, los clericales de ser un descreído, etcétera. No soy infalible, pero creo que he dicho algunas verdades irrefutables. Tengo sesenta y siete años, tengo muchas cosas que reprocharme y de las que arrepentirme; pero ninguna que tenga que ver con la perfidia, la vanidad y los intereses particulares. No tengo, lo reconozco, el don de la oportunidad y de la prudencia. Pero uno es como es.

Periodista de sucesos en el Madrid de la Movida

 

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Santiago Corella, El Nani

Ni los atracadores, ni los camellos, ni los yonquis, ni las putas, ni los abogados, ni tan siquiera los policías que trabajaban en la calle tenían entonces gabinetes de prensa, páginas web, blogs en Internet o cuentas en Facebook y Twitter. Por no tener, no tenían ni teléfonos móviles donde localizarlos en cualquier momento. Así que, en muchas ocasiones, el periodista de sucesos se enteraba de los hechos pirateando las emisoras de la Policía, y, en casi todos los casos, no tenía otro método para contarlos que ir al lugar de los hechos y hablar con la peña. De vuelta a la redacción, se trataba de construir a toda velocidad una historia lo más completa y atractiva que se pudiera.

     CronicasQuinquis_Portada.3Así era el periodismo de sucesos que practiqué en Diario de Valencia en el tránsito de la década de los 1970 a los 1980, y así lo seguía siendo cuando me incorporé a la redacción madrileña de El País. Juan Luis Cebrián, entonces un brillante joven director, no tardó en recibirme en su despacho de la tercera planta para darme la bienvenida al diario de Miguel Yuste 40. Me preguntó directamente qué es lo que yo quería hacer en el periódico. Le respondí: “Me encantaría hacer sucesos, pero no estoy muy seguro de que aquí os guste ese género”. Cebrián puso esa sonrisilla pícara que indica que aprueba lo que se le dice y me contestó: “Pues, mira, he estado comiendo con Gabo (así llamó a García Márquez) y me ha dicho precisamente eso, que por qué no había más “policiales” en El País. Y le he dicho la verdad: porque nadie los quiere hacer, porque los redactores prefieren hacer gobierno, parlamento, partidos políticos, justicia, cultura y todo eso. De modo que si te apetece, adelante”.

    copelEn los años siguientes, antes de irme como corresponsal de guerra a Beirut, publiqué cientos de informaciones, crónicas y reportajes sobre la criminalidad en aquel Madrid de La Movida, el alcalde Tierno Galván y un Felipe González recién instalado en La Moncloa. Juan Madrid, Jesús Duva, Melchor Miralles, Carlos Fonseca y Amelia Castilla eran algunos de mis colegas periodistas en la cofradía de Thomas de Quincey. Había mucho atraco con escopetas recortadas a bancos, gasolineras y joyerías, muchos yonquis muertos de sobredosis en los lavabos de los tugurios, muchos motines y muchos ajustes de cuentas en el sobresaturado Carabanchel. Lo que se denominaba inseguridad ciudadana era el lado sombrío de la transición hacia la democracia, hasta el punto de que se escuchaba con frecuencia aquella gilipollez de que con Franco se vivía mejor.

    Treinta años después, Libros del K.O., la joven editorial especializada en periodismo, publica una selección de las historias de sucesos que conté en El País. Álvaro Llorca ha tenido el acierto de titularlas “Crónicas quinquis”. Y no porque versen exclusivamente sobre los quinquis, sino porque, comparadas con el tipo de periodismo que mayoritariamente se hace ahora, esas crónicas le parecen a Álvaro quinquis en sí mismas.

    Desechables_-_Golpe_tras_golpeEn los últimos años 1970 y primeros 1989, chavales y chavalas de los barrios suburbiales de las grandes ciudades se dieron a atracar al ritmo de la música de Los Chichos y Los Chunguitos Querían ganar dinero fácilmente, querían quemar la vida rápidamente. La heroína, que ataba y mataba, era la droga del momento. Hubo una auténtica fiebre de este tipo de delincuencia juvenil, recogida en su momento en las películas “Deprisa, deprisa”, de Carlos Saura, y “Perros callejeros”, de José Antonio de la Loma, y reconstruida en la última novela de Javier Cercas, “Las leyes de la frontera”.

    La mayoría de los protagonistas de aquellos sucesos murió joven. De sobredosis de caballo, en accidentes de tráfico o por disparos de policías o comerciantes atracados. Uno de ellos fue Miguel, el guitarra de Desechables, un grupo punk de cuyo disco “Golpe tras golpe” fuimos productores Esteban Torralva y yo. El 23 de diciembre de 1983, Miguel intentó atracar una joyería de Villafranca del Penedés con una pistola de fogueo. El joyero le disparó desde la trastienda con una pistola de verdad.

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Policías condenados por la desaparición de “el Nani”

   Me afectó mucho esa muerte, y me afectó mucho el caso El Nani. Desde el mismo día de su detención, trabajé en el asunto porque sus familiares vinieron a verme a la redacción de El País para denunciar la brutalidad de su captura y el que desde entonces estuviera en paradero desconocido. Conviví con ellos durante meses y fuimos constatando que la hipótesis de que estaba muerto desde el día mismo de su detención, de que a los policías se les había ido la mano en los calabozos de la Puerta del Sol, era la más verosímil. Finalmente, fui testigo de la acusación en el juicio contra los inspectores responsables de un siniestro destino que convirtió a El Nani en “el primer desaparecido de la democracia española”.

     Enrique_Tierno_Galvan“Crónicas quinquis” se cierra con la muerte de Enrique Tierno Galván. Poco después, yo viajé a Beirut y, a partir de ahí, estuve varios lustros fuera de España. La muerte de aquel alcalde marcó el final de La Movida. Su paternalismo libertario había sido clave para crear en Madrid las condiciones para la eclosión de creatividad de comienzos de los 1980. Lo recuerdo con mucho cariño.