La mejor historia jamás contada sobre el tráfico de cocaína

No sé de nadie que yo haya conocido personalmente y haya enfermado, enloquecido gravemente o, menos aún, muerto a causa del consumo de marihuana… y eso que he tratado a cientos de fumadores de cannabis en cuatro continentes. Hasta yo mismo he inhalado alguna que otra vez hierba o hachís rifeño, libanés, afgano y jamaicano, y, bueno, aquí estoy, más o menos cascado, más o menos zumbado, pero habiendo acudido todos los días al trabajo a lo largo de más de 35 años. Aunque se gasten, que se los gastan, decenas de millones de dólares en estudios para probar –infructuosamente, por cierto– las maldades de la marihuana, no me van a convencer. Estoy firmemente persuadido de que muchos más peligrosos son el tabaco, el alcohol, las armas de fuego, las centrales nucleares y los recortes sociales.

Sí puedo, en cambio, citar algunos nombres de gente que he conocido personalmente y que murieron por su adicción a la heroína. De sobredosis, en atracos que terminaron a tiros o por enfermedades como la hepatitis o el sida vinculadas al uso no higiénico de las agujas. Desde hace lustros sé positivamente que el caballo ata y mata: no porque lo digan los que mandan, sino porque lo he visto con mis propios ojos.

Lo de la cocaína es más complicado. En España, mi generación la conoció en los años 1980 y 1990, una época en que empezaron a valorarse extraordinariamente cosas como la velocidad, la hiperactividad, el éxito profesional y económico a toda costa, el sexo salvaje, el individualismo a ultranza, el consumismo y exhibicionismo de productos de lujo, en fin, mucho de aquello que terminó llevándonos al precipicio. El perico, ciertamente, parecía la droga más adecuada para ese modelo de vida: daba confianza, daba aceleración, daba resistencia; era una chispa que encendía fácilmente la hoguera de las vanidades.

Publicado en 1976 en Estados Unidos, traducido al castellano por Anagrama en 1981, reeditado ahora por Capitán Swing, Ciego de nieve (Snowblind: A brief career in the cocaine trade), de Robert Sabbag, es uno de los libros periodísticos más entretenidos que he leído a lo largo de mi vida, si no el más. Parece una novela, pero no lo es: es un largo reportaje, uno de los mejores realizados en aquellos tiempos del Nuevo Periodismo estadounidense.

Aunque parezca mentira, las divertidas artimañas de Zachary Swan para meter kilos de cocaína colombiana en Nueva York fueron reales. Era un traficante real, suministraba perico a un puñado de ricos y famosos de la Gran Manzana en el ecuador de los años 1960 y 1970 y terminó siendo detenido y encarcelado. Tras su caída, Zachary Swan le contó sus andanzas al periodista Robert Sabbag con todo lujo de detalles, y esté nos la contó a nosotros comme il faut: como una historia, como el pedazo de historia que era. Lo hizo, además, con una prosa trepidante, mordaz y diáfana.

Zachary Swan era un tipo cool –elegante, ingenioso, divertido, generoso– y se ganaba bien la vida como freelancer –actuaba por su cuenta y riesgo; no formaba parte de ningún cartel, mafia o cualquier otro tipo de organización; trabajaba con kilos, no con toneladas–. En cierto modo, Zachary Swan, el protagonista de carne y hueso del libro periodístico de Robert Sabbag, fue un precursor de los personajes de ficción de Los Reyes de lo Cool, la reciente novela de Don Winslow sobre Ben y Chon, dos cultivadores independientes de marihuana del sur de California.

No le voy a reventar la lectura de Ciego de Nieve a quien no conozca el libro, pero créanme cuando les digo que los trucos de Zachary Swan para introducir cocaína en Nueva York eran muy, muy ingeniosos. En ningún caso utilizaba la violencia.

Pablo Escobar

Probablemente la detención de Zachary Swan marcó el fin de una época. A partir de entonces, el tráfico de cocaína entre Colombia y otros países productores y Estados Unidos y otros países consumidores fue quedando en manos de organizaciones delictivas crecientemente sofisticadas y violentas. El mundo no tardaría en oír hablar de personajes tan novelescos y controvertidos como Pablo Escobar; Colombia se sumiría en las luchas de los carteles entre sí y con el Estado, y Estados Unidos y Europa se gastarían fortunas en el vano intento de ponerle puertas al narcotráfico a gran escala de cocaína. En una entrevista al diario digital mexicano sinembargo.mx, el propio Robert Sabbag hablaría en 2011 del “fracaso” de las políticas de prohibición y represión.

Entretanto, a alguna de la gente que yo conocía y consumía regularmente cocaína se le fue yendo la olla, se le fue disparando la paranoia y la agresividad, se le fue agudizando la insensibilidad y el extremismo, se le fueron perdiendo neuronas y conexiones neuronales. Así que, niños y niñas, sí, la cocaína termina jodiéndote.

 

 

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