Acerca de Javier Valenzuela

Nacido en Granada en 1954, Javier Valenzuela, autor del blog Crónica Negra, es periodista y escritor. Tras trabajar 30 años en el diario El País, donde fue cronista de sucesos en Madrid, corresponsal permanente en Beirut, Rabat, París y Washington, y director adjunto, fundó la revista mensual tintaLibre. Ha sido contertulio en los programas televisivos de Iñaki Gabilondo en CNN + y Pepa Bueno en TVE. Ha publicado 11 libros: 2 novelas ("Limones negros" y "Tangerina") y 9 periodísticos, entre ellos "Crónicas quinquis", "Usted puede ser tertuliano" y "Viajando con ZP".

Detective Hammett

Dashiell Hammett, el padre del género negro, pasó seis meses en la cárcel en 1951 por negarse a colaborar con la caza de rojos del siniestro senador Joseph McCarthy. La delación de amigos y compañeros no entraba en el código de honor del autor de Cosecha roja y La llave de cristal. Sin embargo, entre 1915 y 1922, Hammett había ganado sus primeros dólares trabajando como detective en la Agencia Pinkerton, contratada con frecuencia por empresarios estadounidenses para reventar huelgas a toda costa, incluidos el uso del secuestro de líderes sindicales, las palizas a obreros y el reclutamiento de pandilleros como esquiroles. Es muy posible que fuera precisamente esa experiencia lo que llevara a Hammett a sostener en el resto de su vida posiciones críticas con los de arriba y solidarias con los de abajo.

La historia de la represión del movimiento obrero en Estados Unidos –primero el anarquista, luego el comunista- es brutal. Arrancó con la ejecución de los Mártires de Chicago en 1886 –hecho que dio lugar a la celebración del 1 de Mayo como Día de los Trabajadores-, prosiguió con la de Saco y Vanzetti en 1927 y se prolongó tras la Segunda Guerra Mundial con las guerras sucias del FBI de Hoover y la caza de brujas de McCarthy. En ese contexto cabe situar la acción mamporrera de Pinkerton en los años en que Hammett trabajaba allí.

Hammett trasladado a prisión por negarse a delatar a comunistas.

Salvo algunas vagas alusiones del propio Hammett, su trabajo en Pinkerton está poco o nada documentado. Por eso, resulta tan interesante la publicación de Un detective llamado Dashiell Hammett (RBA, 2019), obra del periodista estadounidense Nathan Ward. Ward ha rastreado la pista del joven Hammett y, entre otras cosas, ha resucitado un trabajo en el mismo sentido efectuado en los años 1960-1970 por David Fechheimer, entonces un detective de Pinkerton en San Francisco. El resultado de las pesquisas de Ward es que, efecto, Hammett fue un buen investigador privado y que aquella experiencia influyó de modo decisivo tanto en su visión rebelde del mundo como en su estilo literario (la maravillosa sequedad de su prosa se emparenta con la de los informes detectivescos).Tras dejar Pinkerton, Hammett se convirtió en escritor. Contó en sus novelas la violencia, la corrupción y la hipocresía del Estados Unidos que él se había pateado como sabueso de la agencia. Y creó personajes –el Agente de la Continental, Sam Spade, Nick Charles- que no eran exactamente él, pero que compartían su individualismo con conciencia social, su desprecio por los políticos golfos y sus amigos gánsteres, la atracción y repulsión que le provocaban al mismo tiempo mujeres fatales como la Brigid O’Shaughnessy de El halcón maltés. Alto, delgado, elegante, impenitente fumador y bebedor, Hammett terminó convirtiéndose en una de las voces más insobornables de la izquierda estadounidense en el ecuador del siglo XX. Y lo pagó con la cárcel.

Este artículo fue publicado originalmente en la edición del 31 de mayo de 2019 de Cartelera Turia (Valencia).

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Dennis Lehane

 Maldito seas, Dennis Lehane; tu Después de la caída (Since We Fell, Black Salamandra) me tuvo tres noches seguidas despierto hasta el alba, como cuando era un adolescente que leía a Verne o Salgari. Te confieso que abordé la novela con poco entusiasmo: se presenta como un thriller psicológico y no es ese mi subgénero noir favorito. Pero de repente me di cuenta de que ya llevaba leídas casi doscientas páginas sin que me interesaran demasiado ni las peripecias sentimentales y profesionales de Rachel Childs ni sus neurosis de estadounidense de la clase media, pero sí que tuviera que reconocerte que habías vuelto a atraparme por lo bien que construyes y narras tus historias.

Y entonces, claro, llegó el giro, la sorpresa, el acelerón, y le siguieron las tres noches en blanco. Y cuando terminé, me acordé de lo mucho que me había gustado Cualquier otro día (The Given Day, RBA), y de cómo, hace unos años, la recomendaba como un gran relato de la represión del movimiento obrero en el Estados Unidos posterior a la Primera Guerra Mundial.

Me dirijo ahora a ustedes, los lectores de este artículo. Puede que algunos asocien el nombre de Dennis Lehane con películas como Mystic Rivero Shutter Island, dos de sus cinco novelas que han sido llevadas al cine, o con guiones de la serie televisiva The Wire. Dennis Lehane, es cierto, se ha convertido en uno de los más populares y comerciales autores noir de nuestro tiempo. Pero quizá no sepan que este tipo no solo inventa historias hipnotizantes, sino que además las escribe muy bien. Y esto último a mí me importa mucho más que el éxito de ventas.

El escritor de Massachusetts no intenta enganchar al lector con una sobredosis de sangre y vísceras como hacen tantos mediocres en estos tiempos; lo suyo es más sutil y verdadero. Yo le envidio por crear en Después de la caídauna notable tensión dramática desde el primer momento con personajes y situaciones aparentemente anodinos. Por describir tan bien el Estados Unidos de la fiebre consumista, el culto a la celebridad y el dinero como valores supremos, el falso humanismo de las cadenas de televisión, la importancia de las apariencias, las relaciones engañosas entre hombres y mujeres; ese Sueño Americano “tan frágil que probablemente había estado condenado al fracaso desde el momento de su concepción”. Y le envidio por esperar el momento oportuno, bien avanzado el relato, para levantar de veras el telón y decir: Voilá!

Después de la caída es una historia de actores, estafadores, timadores, impostores y profesionales de la mentira que te deja un regusto lírico, como otras obras de Dennis Lehane. Hasta consiguió terminar despertándome simpatía por la neurótica Rachel Childs. Eso sí, tan solo cuando ella decide dejar de ser espectadora, cronista o comentarista de la vida para convertirse en protagonista. Cuando se lía la manta a la cabeza y pasa a la acción.

Este artículo fue publicado originalmente en Turia el 1 de marzo de 2019

No son fiestas para gente dura

No es la Navidad un buen periodo para la gente dura. El género negro la evita en la medida de lo posible. Apenas una alusión de pasada en El largo adiós, de Raymond Chandler: “Las tiendas de Hollywood Boulevard ya empezaban a llenarse de sobrevaluada basura de Navidad, y los diarios impresos comenzaban a aullar lo terrible que sería si no hicieras tus compras de Navidad a tiempo”. Es evidente que Philip Marlowe no le tiene gran aprecio al desvarío comercial de estas fiestas y, cabe imaginarlo, tampoco al resto, a ese almíbar que se supone debe endulzar nuestras palabras y acciones en los días más cortos del año.

Dashiell Hammett ambienta en la Navidad de 1932 las aventuras neoyorquinas de Nick, Nora y su perro Asta de El hombre delgado. ¿Pero por qué los protagonistas de la novela están allí en vez de en San Francisco, su ciudad habitual? Aquí está la respuesta:

“Nora le estaba diciendo:
—… tenemos que irnos siempre en Navidad, porque lo que me queda de familia le da mucha importancia, y si estamos en casa, o bien vienen a vernos o bien tenemos nosotros que ir a verlos a ellos, y a Nick no le gusta.
Asta se estaba lamiendo las patas en un rincón.”

Si a Philip Marlowe no le entusiasma la Navidad, tampoco a Nick Charles.

La novela negra es el género realista del mundo urbano contemporáneo, sus mejores obras tratan de cómo los ricos se las apañan para robarnos y salir impunes. Pero la Navidad se nos impone como un paréntesis en el mundo real en el que todos debemos volver a creer en Papa Noel, los Reyes Magos… y hasta en la bondad de nuestros banqueros, empresarios y gobernantes. Aunque como recordara Berlanga en Plácido el banco pueda expropiarte el motocarro en plena Navidad si no pagas la correspondiente letra, y como contara Frank Capra en ¡Qué bello es vivir!, llevar tu pequeño negocio a la bancarrota fulminante sin la menor misericordia.

Da igual: la convención asumida mayoritariamente es que la Navidad implica una tregua de buenos sentimientos, en la que todos los de abajo debemos creer. La callosidad de la vida solo es admisible ahora si sirve para despertar lagrimitas y suscitar la caridad cristiana, el ponga a un pobre en su mesa promovido en Plácido por Ollas Cocinex. Ni tan siquiera cabe en este período el humor negro: fíjense en las protestas que ha suscitado el cartel de “Oh, Blanca Navidad” asociado en la madrileña Puerta del Sol a una serie televisiva sobre Pablo Escobar.

Viajar estos días a un país de raíz no cristiana puede ser una solución. En la noche del viernes de la semana pasada disfruté de una caminata por el tangerino Bulevar Pasteur sin las ñoñas guirlandas luminosas que ahora dominan las principales calles occidentales. Lo hice notar a los amigos españoles con los que paseaba y todos convenimos en que era estupendo. Seguro que Philip Marlowe y Nick Charles hubieran apreciado esa experiencia… y también las cervezas que luego tomamos en el Number One.

Publicado originalmente en Cartelera Turia el  23 de diciembre de 2016.

PS, 2018: La Navidad también está presente en el arranque de L. A. Confidential, de James Ellroy. En forma de la brutal paliza que un grupo de policías le propina en plena Nochebuena a unos mexicanos enjaulados en la Comisaría Central de Los Ángeles.

La Casa de la Ciénaga

Me gustan las novelas de espías; muchas tan solo porque me entretienen; algunas, como las de la gran tradición británica de Graham Greene y John Le Carré, porque pertenecen a esa ficción verosímil que cuenta cómo funciona el mundo mucho mejor que el siempre limitado periodismo. En concreto, este subgénero negro arroja luz sobre el funcionamiento de las cloacas de nuestros Estados. Hacen cosas horribles, sin duda, pero siempre, damas y caballeros, es por su seguridad, no les quepa la menor duda. ¡No se detengan, circulen!

Acabo de leer Caballos lentos, de Mick Herron (Black Salamandra, 2018), y, francamente, está muy bien. Herron se sitúa en la línea de Greene y Le Carré, pero a su manera, en la desnortada Inglaterra del siglo XXI y con una voz indudablemente propia. De arranque, el planteamiento de la novela es original: cuenta la existencia de la Casa de la Ciénaga, un departamento donde el servicio secreto de Su Majestad arrincona a los agentes que han cometido alguna pifia. Como dejarse olvidado un disco duro con información confidencial en un transporte público.

Sede de los servicios de inteligencia británicos en Vauxhall (Londres).

En la Casa de la Ciénaga manda un individuo gordo, sucio y desagradable llamado Jackson Lamb. Entre los que allí penan se encuentra el joven River Cartwright, que no está en absoluto convencido de haber cometido el error monumental que le atribuye la superioridad. Cartwirght, por cierto, es nieto de un jefazo del espionaje británico y así lo evoca en un momento dado: “Cuando cumplí doce años me regaló la obra completa de Le Carré. Aún recuerdo lo que me dijo de ella: “Todo es inventado. Pero eso no significa que no sea cierto”.

La vida de la Casa Ciénaga va a verse profundamente alterada cuando se produzca en Londres un secuestro, uno de esos sucesos que conmueven a las opiniones públicas y alegran a los grandes medios de comunicación. A partir de ahí Herron describe una Inglaterra de cielo húmedo y sucio como un trapo de cocina, una Inglaterra insegura de sí misma, donde la inmigración y los atentados yihadistas ponen viento en las alas de una ultraderecha nacionalista, antieuropea, islamófoba y muy paleta. Un país donde cada atentado justifica que las fuerzas policiales y los servicios de inteligencia sigan restringiendo libertades, violando privacidades y consiguiendo más poder y recursos. Y, bueno, si no hay atentados siempre pueden patrocinarse, ¿no?

“Al final todos los espías bajan al pozo y se prostituyen sigilosamente, cada uno por la moneda que prefiera”, sentencia Herron, de cuya prosa cabe destacar el uso de un tenue e inteligente sentido del humor muy propio de su pueblo. Por ejemplo, cuando cuenta que su país se está convirtiendo en ese Big Brother que anticipó el lúcido George Orwell. Escribe Herron: “La sociedad de Reino Unido debía de ser la más vigilada del mundo, pero solo cuando el dinero salía de los bolsillos del pueblo, mientras que las constructoras privadas solían preferir la opción más barata de instalar una cámara falsa”.

Desde Thatcher, Reino Unido es una de las vanguardias del neoliberalismo. Y ya sabemos en qué consiste eso: el dinero de los impuestos de las clases populares paga prácticamente toda la fiesta para que el de las empresas pueda descansar en paraísos fiscales. De modo que, si es menester, la constructora tan solo instalará cartelitos y cámaras de juguete en la urbanización privada que planea vender a precio de palacio de Xanadú.

El neoliberalismo ha convertido el planeta en una ciénaga.

PS. Una versión anterior de este artículo fue publicada en Cartelera Turia (Valencia) el 26 de Octubre de 2018.

 

Embusteros

El reino

El reino

Lo malo de soltar una mentira es que, para intentar justificarla, puedes verte empujado a otra más grande, luego a una tercera ya bastante gruesa y así sucesivamente, hasta terminar construyendo una gigantesca farsa. Es lo que le pasó a Jean-Claude Romand, el falso médico francés que vivió durante veinte años de los embustes y, cuando intuyó que estos ya no eran sostenibles, mató a su esposa, sus hijos, sus padres y hasta al perro de la familia. De su peripecia, Emmanuel Carrère hizo un libro, El adversario, en el que reverdeció el género de literatura negra de no ficción asociado a Truman Capote y su A sangre fría. La historia inspiró también dos películas: una francesa homónima y la española La vida de nadie.

 

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Jean-Claude Romand

A finales del pasado verano, Romand solicitó la libertad provisional tras 22 años entre rejas. Fue condenado a cadena perpetua en 1996, pero la legislación francesa permite la posibilidad de revisarla al cabo de un tiempo mínimo, siempre y cuando el reo haya tenido un buen comportamiento en prisión. Romand lo ha tenido, al parecer. Salvo por aquella matanza , es un tipo tranquilo.

Los psiquiatras llevan años dándole vueltas a las razones que llevaron Romand a exterminar a su familia. Muy probablemente fue para no tener que pasar la vergüenza de que los suyos conocieran que ni era una estrella de la Medicina ni nada de nada. Los psiquiatras coinciden en que su personalidad es extremadamente narcisista y mitómana. Su carrera de embustes debutó cuando, siendo estudiante de Medicina, se peló un examen y no se atrevió a confesárselo a sus padres. Les dijo que lo había aprobado. Así comenzó la construcción de un personaje más falso que un euro de madera.

 

El adversario

El adversario

Escribe Carrère en El adversario: “De regreso en mi coche hacia París, yo no veía ya misterio alguno en la larga impostura de Jean-Claude, sino tan solo una pobre mezcla de ceguera, aflicción y cobardía”. Me acuerdo de esta frase en el comienzo de este curso 2018-2019 cada vez que veo en la tele a políticos españoles sorprendidos en flagrantes mentiras. Yo hice el máster, dice uno, aunque las pruebas de que no lo hizo son apabullantes. No tengo cuentas en paraísos fiscales, suelta otro, pese a que por Internet circulan los extractos correspondientes. Jamás vi  al comisario Villarejo, afirma una ministra, obviando la grabación de un encuentro de varias horas. No sé qué hacían los de la Gurtel en la boda de mi hija, gruñe Aznar en el Parlamento. Ya no hay día sin su trola.

Nuestros políticos confían en que España, a diferencia de los países de raíz protestante, es benevolente con la mentira. Se la considera un pecado venial en el peor de los casos. De modo que, incluso si son descubiertos, pagan una penitencia escasa. Esta amplia impunidad les da alas para navegar por un mundo imaginario, en el que ellos son ejemplares servidores públicos, el régimen del 78 es inmejorable, los Borbones son lo mejor que nos podía haber pasado y el planeta entero envidia nuestra economía. Se creen tanto sus cuentos que el otro día la mismísima Cristina Cifuentes –toda ella falsedad, toda ella narcisismo y mitomanía- asistía tan contenta –cual si fuera la inocencia personificada- al preestreno de El Reino, una buena película sobre la corrupción política española. Vivir para ver.

Este artículo fue publicado en mi columna La Dalia Negra en la edición del 5 de octubre de 2018 de Cartelera Turia (Valencia).

El Halcón Maltés

Humphrey Bogart with The Maltese Falcon. (PRNewsFoto).

La frase más célebre de la película El Halcón Maltés es aquella, hacia el final, con la que el detective Sam Spade intenta explicar la razón por la cual tanta gente lleva tanto tiempo buscando la estatuilla que da nombre a la historia. Dice Spade que está hecha con “el material con que se forjan los sueños”. El valor que esa pieza pueda alcanzar en el mercado de las antigüedades forma parte, indudablemente, de ese material, pero no explica de modo suficiente el extraordinario interés que suscita. Este no se entiende si no se tienen también en cuenta la rareza de la estatuilla, su vinculación con un pasado de sangre, traición y heroísmo, y las muchas aventuras que viven sus buscadores para intentar hacerse con ella.

La frase sobre los sueños no está en la novela homónima de Dashiell Hammett en la que se basó John Houston para hacer la película que puso los fundamentos del cine noir de los años 1940 y 1950. El cineasta la tomó prestada de una obra de Shakespeare y acertó plenamente al hacerlo. El Halcón Maltés, novela y película, no es otra cosa que una historia sobre la búsqueda del tesoro. Quizá por eso Spade no intenta detener al gordo Gutman la última vez que se ven en su apartamento. Le concede una oportunidad de escaparse y seguir con su quête. “De nada sirve creer que se va a acabar el mundo porque hayamos tenido un pequeño tropiezo”, dice Gutman en esa escena. Intuyo que Hammett pensaba que, como el pirata cojo John Silver de la novela de Stevenson, Gutman no debía de ser encarcelado. La vida sería una mierda si no le permitiera seguir soñando hasta su último aliento, y a nosotros con él.

Spade solo hace personalmente una detención en El Halcón Maltés, la de femme fatale Brigid O’Shaugnessy. Él mismo explica el por qué: Brigid ha matado a sangre fría al comienzo de la historia a Miles Archer, socio de Spade en una pequeña agencia de detectives de San Francisco. Y aunque Spade no apreciaba a Archer –de hecho, se acostaba con su mujer-, no puede permitir que ese crimen quede impune. “Cuando matan a un miembro de una sociedad de detectives, es mal negocio dejar que el asesino escape”, dice.

Javier Valenzuela recibe el Halcón Maltés correspondiente al Premio de Periodismo Turia 2018.

Con Humphrey Bogart encarnando a Spade, John Houston hizo una película tan maravillosa como la novela de Hammett. Siempre me ha gustado que el cineasta mantuviera el mensaje del escritor. El papel central del individuo que lucha por su libertad y su dignidad en medio de la jungla de asfalto capitalista. La reivindicación del sueño como motor de la aventura humana. La solidaridad con los tuyos más allá de la simpatía o antipatía personal.

PS. Lector asiduo de Hammet desde mis años mozos en Valencia, pocas cosas pueden hacerme más feliz que recibir este sábado (7 de julio de 2018) una reproducción del Halcón Maltés de manos del único semanario que yo compraba entonces. Muchas gracias a Turia por hacerme soñar.

Artículo publicado originalmente en Cartelera Turia el 6 de julio de 2018.

 

Traficando con hachís

Quis custodiet ipsos custodes? Al comenzar el relato de sus peripecias, Patience Portefeux cita esta máxima con la que los antiguos romanos se formulaban la inquietante pregunta de quién vigila a los vigilantes. Los vigilantes –policías, fiscales y jueces- tienen hoy muchísimo más poder que en tiempos de César. Nos tienen a todos vigilados todo el tiempo, no vaya a ser que seamos terroristas o narcotraficantes. Patience Portefeux trabaja, precisamente, en el negocio de la vigilancia, aunque de un modo peculiar. Como sabe árabe, incluidos sus dialectos, la Brigada de Estupefacientes de la Policía francesa la emplea como traductora de las muchísimas conversaciones telefónicas de camellos magrebíes que va escuchando y grabando.

Patience Portefeux es la protagonista de la novela que estoy leyendo: La Daronne, de Hannelore Cayre. Esta obra, que ganó el Grand Prix de Littérature Policière 2017, confirma que el género negro también tiene mucho vigor en la lengua de Molière, un hecho reconocido por la concesión a Fred Vargas del premio Princesa de Asturias de las Letras. Que el vigor del polar, el noir francéslo expresen mujeres como Vargas o Cayre es muy estimulante.

La Daronne está teñida de humor refrescante. Patience es viuda y tiene más de medio siglo de edad y dos hijas emancipadas, aunque al estilo del siglo XXI: con trabajos precarios y sueldos miserables. Ella es intérprete de la Brigada de Estupefacientes y lleva una existencia más bien triste. Hasta que un buen día se da cuenta de que puede utilizar en provecho propio la información que traduce para los policías. ¿Cómo? Pues pasándose al lado oscuro y traficando con cannabis.

La persecución del cannabis es uno de los mayores absurdos de los gobiernos occidentales. Las teles dan últimamente muchos reportajes sobre los líos del narcotráfico en Algeciras. La Guardia Civil no da abasto para atajar la actividad de los lugareños que importan a Europa el hachís de Marruecos. Como loros, los periodistas repiten las quejas de los agentes y se suman a sus demandas de más medios humanos y materiales. No se plantean, en cambio, la cuestión de puro sentido común de si no sería más sensato legalizar de una puñetera vez la marihuana y el hachís.

Queridos agentes, os dedicáis a una tarea de Sísifo que tira a la basura el dinero de los contribuyentes. No es culpa vuestra, lo sé; es culpa de los gobernantes. Mejor sería que, como en Uruguay y tantos territorios de Estados Unidos, esta droga, menos dañina que el alcohol y el tabaco, fuera legal. Nos ahorraríamos un pastón. Mejor aún, las arcas del Estado ingresarían los impuestos sobre su cultivo y comercialización.

Entretanto, como la razón no reina ni en el país de Descartes, Patience Portefeux piensa aprovecharse del hecho de que el hachís que está a 1.400 euros el kilo en Marruecos cueste, gracias a la prohibición, 5.000 euros en Francia. No la condeno, me cae bien.

PS. Este artículo fue publicado en Cartelera Turia (Valencia) el 1 de junio de 2018. Con posterioridad, el 20 de junio, el Parlamento de Canadá aprobó la legalización del uso recreativo del cannabis. Canadá se sumó así a la vía del sentido común iniciada por Uruguay bajo la presidencia de José Mujica. Pablo Iglesias, líder de Podemos, observó con sensatez que España debería hacer lo mismo.