Embusteros

El reino

El reino

Lo malo de soltar una mentira es que, para intentar justificarla, puedes verte empujado a otra más grande, luego a una tercera ya bastante gruesa y así sucesivamente, hasta terminar construyendo una gigantesca farsa. Es lo que le pasó a Jean-Claude Romand, el falso médico francés que vivió durante veinte años de los embustes y, cuando intuyó que estos ya no eran sostenibles, mató a su esposa, sus hijos, sus padres y hasta al perro de la familia. De su peripecia, Emmanuel Carrère hizo un libro, El adversario, en el que reverdeció el género de literatura negra de no ficción asociado a Truman Capote y su A sangre fría. La historia inspiró también dos películas: una francesa homónima y la española La vida de nadie.

 

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Jean-Claude Romand

A finales del pasado verano, Romand solicitó la libertad provisional tras 22 años entre rejas. Fue condenado a cadena perpetua en 1996, pero la legislación francesa permite la posibilidad de revisarla al cabo de un tiempo mínimo, siempre y cuando el reo haya tenido un buen comportamiento en prisión. Romand lo ha tenido, al parecer. Salvo por aquella matanza , es un tipo tranquilo.

Los psiquiatras llevan años dándole vueltas a las razones que llevaron Romand a exterminar a su familia. Muy probablemente fue para no tener que pasar la vergüenza de que los suyos conocieran que ni era una estrella de la Medicina ni nada de nada. Los psiquiatras coinciden en que su personalidad es extremadamente narcisista y mitómana. Su carrera de embustes debutó cuando, siendo estudiante de Medicina, se peló un examen y no se atrevió a confesárselo a sus padres. Les dijo que lo había aprobado. Así comenzó la construcción de un personaje más falso que un euro de madera.

 

El adversario

El adversario

Escribe Carrère en El adversario: “De regreso en mi coche hacia París, yo no veía ya misterio alguno en la larga impostura de Jean-Claude, sino tan solo una pobre mezcla de ceguera, aflicción y cobardía”. Me acuerdo de esta frase en el comienzo de este curso 2018-2019 cada vez que veo en la tele a políticos españoles sorprendidos en flagrantes mentiras. Yo hice el máster, dice uno, aunque las pruebas de que no lo hizo son apabullantes. No tengo cuentas en paraísos fiscales, suelta otro, pese a que por Internet circulan los extractos correspondientes. Jamás vi  al comisario Villarejo, afirma una ministra, obviando la grabación de un encuentro de varias horas. No sé qué hacían los de la Gurtel en la boda de mi hija, gruñe Aznar en el Parlamento. Ya no hay día sin su trola.

Nuestros políticos confían en que España, a diferencia de los países de raíz protestante, es benevolente con la mentira. Se la considera un pecado venial en el peor de los casos. De modo que, incluso si son descubiertos, pagan una penitencia escasa. Esta amplia impunidad les da alas para navegar por un mundo imaginario, en el que ellos son ejemplares servidores públicos, el régimen del 78 es inmejorable, los Borbones son lo mejor que nos podía haber pasado y el planeta entero envidia nuestra economía. Se creen tanto sus cuentos que el otro día la mismísima Cristina Cifuentes –toda ella falsedad, toda ella narcisismo y mitomanía- asistía tan contenta –cual si fuera la inocencia personificada- al preestreno de El Reino, una buena película sobre la corrupción política española. Vivir para ver.

Este artículo fue publicado en mi columna La Dalia Negra en la edición del 5 de octubre de 2018 de Cartelera Turia (Valencia).

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Limones negros: “Se irán de rositas”

uco-guardia-civil“Se irán de rositas”, le dice Sepúlveda a la capitana Lola Martín en una de las escenas de la novela  Limones negros. A Lola Martín, de la UCO -la unidad de la Guardia Civil especializada en la lucha contra los grandes delitos- le cuesta compartir el escepticismo de Sepúlveda. Es veinte años más joven y cree que, aunque sea a trancas y barrancas, los malos siempre terminan pagando por sus crímenes. Si no lo creyera, no trabajaría donde trabaja.

Sepúlveda, profesor del Instituto Cervantes de Tánger, está ayudando a la guardia civil en el rastreo de las huellas dejadas en la ciudad marroquí por los negocios sucios de un prominente banquero madrileño. Le ayuda porque ella ha sabido mover los resortes adecuados: su hastío por la corrupción que infecta España y su vanidad de buen conocedor de los bajos fondos tangerinos. Pero en ningún momento cree que los grandes tenores del saqueo del dinero público –los auténticos, los ricos y poderosos- vayan a terminar entrando en prisión. Los sumarios se eternizarán o traspapelarán; los delitos irán prescribiendo; cualquier fallo formal en las investigaciones policiales y judiciales será explotado a fondo por abogados perspicaces y carísimos… A lo sumo, serán castigados sus segundos espadas.

En esta obra de ficción, Sepúlveda le suelta a la capitana: “Lola, lamento tener que decírtelo, pero creo que hacéis el trabajo de Sísifo. Cada vez que conseguís llevar la piedra a lo alto de la montaña, vuelve a caer abajo.” Y ella le responde que esa actitud no lleva a ninguna parte, que habrá que intentarlo, que probablemente algunos terminarán pagando. Los dos, el profesor y la guardia civil, tienen razón. Hay verdades que no son contradictorias entre sí.

rodrigo-rato   He estado ultimando estos días con los amigos de la editorial Anantes el envío a la imprenta de Limones negros, mi segunda novela tangerina. Las noticias que leía en mi teléfono me confirmaban la conclusión a la que llegué al publicar la primera: ninguna ficción puede igualar la realidad de los casos de corrupción en la España actual. La realidad del obsceno esperpento español es novelescamente casi inverosímil.

A un fiscal de Murcia le roban en su casa el ordenador con el que trabaja en un caso de corrupción. A su jefe le destituyen por atreverse a investigar al cacique local. El cuñado del rey es condenado a seis años de cárcel, pero le dejan regresar a Suiza sin tan siquiera exigirle una fianza. Su esposa, hija y hermana de reyes, se libra de cualquier mancha penal porque asegura que no se enteraba de lo que firmaba. Los sinvergüenzas que llevaron a la ruina a la caja de ahorros madrileña, aunque sentenciados a prisión, siguen durmiendo en sus mansiones…

LN

Este es el país en que un político esconde un millón de euros en la casa de su suegro y, cuando es descubierto, afirma que lo ha dejado allí un fontanero o un empleado de Ikea. El país en que el presidente del Gobierno envía SMS cariñosos a un notorio tahúr. El país en que jueces activos en la lucha contra la corrupción son expulsados de su carrera porque, al parecer, han cometido errores técnicos en su instrucción. El país en que los denunciantes del saqueo de las arcas públicas malviven amedrentados, mientras los ladrones se jactan de su inocencia ante los medios que ellos o sus amigos controlan. Y también el país en que unos chavales duermen preventivamente entre rejas por una función de títeres.

¿Justicia igual para todos? ¿El imperio de la ley? Bla, bla, bla. Palabrería de gente que sabe que al final quedará impune, y de sus bien pagados propagandistas. O de esos tontos que, aunque llueva, caminan por la calle sin paraguas por que la tele dice que luce un  sol radiante.

Limones negros será publicado este mes de abril de 2017 por la editorial Anantes.