En un lugar solitario

EnUnLugarSolitarioEs tristemente habitual que las mujeres sientan miedo al caminar solas por las calles, los jardines o los parques tras la caída del sol: tienen muy presente la posibilidad de ser asaltadas por algún hombre. No conozco, en cambio, a ningún hombre –a ninguno- que sienta temor a ser agredido por una mujer en un lugar oscuro y solitario. Si los hombres tienen alguna aprensión relacionada con este escenario es por la posibilidad de que sus novias, esposas o hijas puedan sufrir allí algún encuentro funesto.

Hay una violencia específica de las que son víctimas las mujeres por el mero hecho de ser mujeres. Las mujeres pueden ser agredidas sexualmente por lobos solitarios o manadas de depredadores, las mujeres pueden recibir palizas brutales de sus parejas o ex parejas, las mujeres pueden ser asesinadas a la salida de un bar, una discoteca o al término de una fiesta popular por algún tipo de monstruo. Ha ocurrido durante siglos y sigue ocurriendo. Los que lo niegan son unos gilipollas, unos desalmados o, lo más probable, las dos cosas a la vez. Lo son por mucho que los hayan elegido concejales o diputados unos votantes tan gilipollas o desalmados como ellos. A Hitler también le votaron unos cuantos millones de alemanes.

 

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La escritora estadounidense Dorothy B. Hughes (1904 – 1993) ya abordó en 1947 la temática del asesino de mujeres que caminan solas por la noche urbana. Lo hizo en su novela En un lugar solitario  (In a Lonely Place), cuya traducción al castellano por Ramón de España acaba de publicar Gatopardo Ediciones.

La acción de En un lugar solitario se sitúa en Los Ángeles, justo al terminar la Segunda Guerra Mundial. Anda suelta en la metrópolis una bestia, un violador y estrangulador de mujeres jóvenes que regresan solas a sus casas en las primeras horas de la noche.

He aquí un fragmento de uno de los diálogos iniciales de la novela:
“—¿No tenéis ninguna pista? -preguntó Dix frunciendo el ceño.
—No tenemos gran cosa —reconoció Brub—. No hay pistas, nunca las hay; ni huellas dactilares ni huellas de zapatos. Dios, ¡nos conformaríamos con tan sólo una huella! —recuperó su tono monótono—. Hemos comprobado una y otra vez los movimientos de todos los agresores sexuales conocidos.
—¿Se trata de crímenes sexuales? —intervino Dix.
—En cierto modo —asintió Brub.

Sylvia emitió un leve gemido.”
Brub es el inspector de la Policía de Los Ángeles que investiga estos casos. Tiene miedo por Sylvia, lo tiene “porque era una mujer, porque era su mujer, y a las mujeres las acosaban de noche”.
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Más adelante, Maude, un personaje secundario femenino, expresa su convicción de que el asesino puede ser cualquiera de los varones que habitan Los Ángeles: “¿Cómo se supone que lo vamos a reconocer? Podría ser cualquiera. Yo le digo a Cary que igual es el tendero o el conductor del autobús o uno de esos espantosos atletas de playa. No lo sabemos. Ni la Policía lo sabe”. Brub, el inspector, no la desmiente: “Lo más probable es que se comporte como un ciudadano cualquiera. Y que acuda a su trabajo como todos nosotros. Es alguien que parece normal, que actúa con normalidad hasta que le entra el ansia de matar.”

El lobo solitario que caza brutalmente mujeres es una modalidad criminal muy de Los Ángeles. La novela de Hughes anticipó lo que luego serían los casos de La Dalia Negra, el del asesinato de la madre de James Ellroy y tantos otros cuyos autores quedaron impunes para siempre.  En la España actual tenemos lobos solitarios como el asesino de Diana Quer y también manadas como la de las fiestas de San Fermín de 2016. Escoria individual o grupal.

El asesino de En un lugar solitario odia, desea y teme a las mujeres. Como todos los de su especie. Este es uno de sus rebuznos: “No había ninguna chica por la que valiera la pena atormentarse. Todas eran iguales: infieles, mentirosas, putas. Hasta las que parecían más piadosas estaban a la espera de una oportunidad para traicionar, mentir y zorrear. Lo había comprobado una y otra vez. No había ni una mujer decente entre ellas; solo una y estaba muerta. Brucie estaba muerta”. Un clásico de esta gentuza.

Dorothy B. Hughes debutó en la escritura como periodista, fue autora entre 1940 y 1963 de una quincena de novelas negras y también ejerció de crítica de literatura policíaca para The Albuquerque Tribune. La tengo por una gran dama del período clásico de la novela negra estadounidense, una precursora de Patricia Highsmith. El personaje Dix Steele de En un lugar solitario anticipa el de Ripley: un frívolo y mentiroso compulsivo que se desenvuelve en un ambiente de clase alta tan ociosa como pija. Y la pluma de Hughes, como la de Highsmith, es ligera, fluida y elegante.

En 1950, tres años después de la publicación de En un lugar solitario, Nicholas Ray dirigió una película inspirada en esta novela e interpretada por Humphrey Bogart y Gloria Grahame. Ahora, ya entrado el siglo XXI, es esta una historia que lamentablemente sigue de actualidad.  Aunque haya descerebrados que pretendan negarlo, la violencia machista continúa aterrorizando a las mujeres y poblando de espanto los informativos.

El caso Hildegart

Fue el asunto criminal más apasionante en la breve vida de la II República Española. Lo tenía todo: un parricidio a sangre fría, una víctima joven y prometedora, un verdugo altanero y detestable y el telón de fondo de las causas más progresistas de la época. El asesinato de Hildegart Rodríguez ocurrió en su casa, en la esquina de la madrileña calle Galileo con Fernández de los Ríos, no lejos de donde escribo, pero no es por eso por lo que lo recuerdo ahora. Si lo hago es porque la editorial La Linterna Sorda acaba de reeditar una de las obras claves sobre el caso. Se llama Aurora de sangre. Vida y muerte de Hildegart y la escribió Eduardo de Guzmán, el periodista que mejor cubrió el suceso.

Aurora Rodríguez Carballeira mató a su hija única, Hildegart, de 18 años, a primeras horas de la mañana del 9 de junio de 1933. Entró en el dormitorio de la muchacha y le disparó cuatro tiros a bocajarro con un pequeño revólver Velo-Dog. A continuación, salió a la calle, consultó qué hacer con un diputado amigo suyo y no tardó en entregarse en el juzgado de guardia. Declaró haber cometido el crimen para impedir que su hija, la obra maestra de su vida, se le escapara de las manos.

He escuchado esta historia desde niño. José Valenzuela Moreno, un hermano de mi padre, fue el fogoso fiscal del juicio celebrado en la primavera de 1934 en el que un jurado popular condenó a Aurora a 26 años de reclusión. Mi tío escribió un libro sobre el caso: Un informe forense. El asesinato de la Hildegart visto por el fiscal de la causa (Madrid, Editorial Mar i Cel, 1934). Los españoles estaban tan interesados en aquella tragedia que las crónicas de la vista oral arrebataron las portadas durante días a los muchos líos políticos y sociales de la España de aquel entonces.

En realidad, el caso Hildegart también era político. La derecha responsabilizaba del parricidio a las ideas socialistas, anarquistas y feministas. En la izquierda, socialistas y anarquistas se disputaban a la víctima –era de los nuestros- y condenaban a Aurora.

Eduardo de Guzmán, un periodista libertario que conocía a la madre y la hija, cubrió el asunto para el diario La Tierra. En 1973 se publicaría por primera vez su libro Aurora de sangre, reeditado ahora por La Linterna Sorda. Fernando Fernán-Gómez dirigiría una película inspirada en esa obra. Interpretada por Amparo Soler Leal y Carmen Roldán, Mi hija Hildegart se estrenaría en 1977.

La tragedia comenzó 18 años antes del asesinato de la calle Galileo. Aurora Rodríguez quería moldear una “mujer perfecta”, una mujer culta y revolucionaria que no dependiera ni económica ni sentimentalmente de ningún hombre. En primer lugar, escogió un “colaborador fisiológico” para quedarse embarazada, un padre que no pudiera reclamar su descendencia (al parecer, un cura gallego). Luego, le dio a Hildegart una educación que pocas mujeres de su época poseían: la muchacha ya había terminado la carrera de Derecho a los 17 años y hablaba varios idiomas. Y desde su adolescencia, la impulsó a escribir sobre las causas más avanzadas del momento.

Hildegart se convirtió en la “niña prodigio” de la izquierda española. Publicó artículos y libros a favor de la justicia social, la igualdad de derechos de las mujeres y la revolución sexual. Dio conferencias sobre esos temas en ateneos y casas del pueblo. Militó en el PSOE y la UGT, pero, desencantada por las traiciones socialistas a sus propios principios, fue evolucionando hacia posiciones federalistas y libertarias.

Cuando Hildegart, a los 18 años, quiso emanciparse de una tutela de su madre que percibía crecientemente como tiránica, Aurora le pegó cuatro tiros. Aún persiste el misterio de cuál fue el desencadenante del parricidio. ¿Estaba iniciando Hildegart una relación sentimental con un hombre? ¿Había expresado su deseo de vivir fuera del domicilio materno? ¿Tenían divergencias las dos mujeres en materia política?

Al término de su juicio, Aurora dijo: “Dentro de las normas espirituales al uso, considero lógica la sentencia. Lo que más celebro de ella es que se me haya reconocido la lucidez, la responsabilidad de mis actos. Yo no soy ni esa mujer perversa y desnaturalizada de la que hablaba el fiscal, ni esa paranoica a la se refirió el defensor. Me considero, al modo de Hipólito Taine, un espíritu superior, no tanto por mi grandeza intrínseca y positiva, como por la pequeñez y ruindad de los seres que me rodean” (Guillermo Rendueles, Manuscrito encontrado en Cienpozuelos. Análisis de la historia clínica de Aurora Rodríguez, La Piqueta, Madrid, 1989).

La libertad es el tema de esta tragedia. Aurora Rodríguez quería la liberación de las mujeres; Hildegart, también, pero comenzando por su emancipación de una madre autoritaria y egocéntrica. Aurora, el Pigmalión femenino que había soñado con crear una mujer libre, se había convertido en un monstruo. Tanto que terminó matando a su criatura cuando sintió que se le iba de la manos.

Aurora estuvo recluida en el psiquiátrico de Ciempozuelos las dos décadas que siguieron a la Guerra Civil. Allí murió en 1955.

 

Amina, Nadya y otras chicas guerreras

Nadezhda Nadya Tolokónnikova, estudiante de Filosofía de 23 años de edad, casada y madre de una niña, lleva ocho meses encarcelada en la prisión rusa de Mordovia. Allí pasa la mayor parte del tiempo cosiendo uniformes militares e intentando superar recurrentes dolores de cabeza.

Amina Tyler, una estudiante tunecina de 19 años que sueña con ser periodista, fue secuestrada por su propia familia a mediados del pasado marzo. Seguirá retenida “hasta que deje de estar loca”.

La rusa Nadya, que ha podido hablar telefónicamente con un periodista, no piensa declararse culpable de ningún delito ni abandonar su actitud crítica con el régimen de Vladimir Putin, según informa The Guardian. Aunque ello le suponga no disfrutar de una pronta libertad provisional.

Aún bajo el férreo control de sus parientes, la tunecina Amina reapareció el sábado en un reportaje de una cadena de televisión francesa. Se le veía muy fatigada. “Mi familia”, contó, “me encontró en una cafetería. Mi primo me rompió la tarjeta de teléfono y me pegó. Después, me quedé con mi familia”. ¿Contra su voluntad? “Sí, claro”.

Nadya es miembro del grupo de punk feminista Pussy Riot. En agosto de 2012, fue condenada por un tribunal ruso a dos años de cárcel por “gamberrismo motivado por odio religioso”. Meses antes, las Pussy Riot habían interpretado una canción criticando a Putin en la moscovita Catedral del Cristo Salvador. El grupo entró en la iglesia ortodoxa, hizo la señal de la cruz y comenzó a tocar. Un minuto después fue detenido.

Amina escandalizó a los islamistas y salafistas tunecinos cuando, el 1 de marzo, colgó en su Facebook una foto en la que aparecía fumando, con el torso desnudo y convertido en un muro en el que se leía en árabe: “Mi cuerpo me pertenece, no representa el honor de nadie”. De inmediato, recibió amenazas por teléfono y a través de Facebook. “‘Vas a morir’, ‘Te vamos a echar ácido en la cara’, cosas así”.

Sus protestas por el juicio de Pussy Riot dieron a conocer internacionalmente a FEMEN (Фемен), un grupo feminista ucraniano nacido en 2008 y especializado en acciones topless para denunciar el machismo, la homofobia, la prostitución y la misoginia religiosa. En de agosto de 2012, activistas de FEMEN dirigidas por Inna Shevchenko destrozaron una cruz conmemorativa de las víctimas católicas de Stalin. A continuación, Shevchenko, con los pechos desnudos, adoptó la postura de Jesús crucificado. El escándalo en Ucrania fue mayúsculo.

De entre 18 y 20 años de edad, la mayoría universitarias, las activistas de FEMEN, con refuerzos crecientes de jóvenes de otros países, han protagonizado en los últimos meses protestas en topless ante autoridades religiosas cristianas, embajadas de países árabes gobernados por islamistas, mezquitas en ciudades europeas y cumbres internacionales de ricachones como la de Davos. En enero se desnudaron mostrando el eslogan In gays we trust (confiamos en los gays) en una plaza de San Pedro del Vaticano repleta a la hora en que Benedicto XVI rezaba el Ángelus. El 12 febrero, celebraron la dimisión de ese Papa con otra acción topless en la catedral parisina de Notre Dame.

En sus actuaciones, Nadya Tolokónnikova y las demás componentes de Pussy Riot se visten con coloristas ropas ceñidas y cubren sus rostros con pasamontañas. Es su forma de llamar la atención sobre su denuncia del autoritarismo de Putin.

El resurgir del cristianismo ortodoxo es uno de los componentes de la forma de gobierno de Putin. Otras son el patrioterismo, el control de los medios de comunicación y la manga ancha en materia de negocios para aquellos que comulguen con el sistema. A esto, Luke Harding, el corresponsal del Guardian que fue expulsado de Rusia en 2011, le ha bautizado en un libro como Mafia State.

Con el encarcelamiento de las Pussy Riot, Putin envía un mensaje claro y contundente sobre los límites de la libertad de expresión en la Rusia que este ex oficial del KGB dirige desde 1999. Amnistía Internacional considera presas de conciencia a Nadya y sus compañeras.

Amina Tyler se considera la pionera de FEMEN en Túnez. En su entrevista con la cadena francesa, lamenta que sus amigas quemaran una bandera con la profesión de fe musulmana ante la Gran Mezquita de París (“Estoy en contra. No insultaron a un tipo de musulmanes, los extremistas, sino a todos los musulmanes”), pero asegura que seguirá siendo una FEMEN “hasta los 80 años”.

El acoso de Amina por los islamistas y salafistas tunecinos (“debería ser azotada cien veces”; “merece ser lapidada hasta la muerte”) y luego su secuestro por sus propios familiares, ha desatado una ola de protestas con los pechos desnudos. Y no solo de militantes europeas de FEMEN en Kiev y París, sino también de mujeres árabes, algunas a rostro descubierto, otras tapado por miedo a las represalias. Se habla de yihad feminista en topless.

FEMEN justifica así sus métodos: “Es la única manera de ser escuchadas. Si sólo protestáramos con pancartas, nadie nos haría caso”.

Post Scriptum del 10 de abril: En los años 1960 y 1970, feministas en Francia, Estados Unidos y otros países quemaron sus sujetadores como símbolo de la igualdad de derechos que reclamaban para las mujeres. Cuatro décadas después, los progresos en ese terreno en el Occidente democrático han sido formidables, aunque aún se esté lejos de los mínimos aceptables. Ahora, en los años 2010, hay feministas que muestran sus pechos para expresar la idea de que sus cuerpos les pertenecen, en lo que también tienen más razón que un santo. Que buena parte de esas muchachas en topless sean eslavas y árabes es otro signo de que la justa causa de la igualdad de géneros sigue ganando terreno.