Periodismo y novela negra

Truman Capote, entre los actores que interpretaron a los asesinos de Kansas en la película “A sangre fría”, basada en su libro. Revista “Life” del 12 de mayo de 1967

Este sábado, 7 de octubre, estaré en Granada Noir, el festival andaluz consagrado al género de Hammett, Chandler y Ellroy, de Vázquez  Montalbán, Juan Madrid y Alexis Ravelo. Hablaré de la relación entre el periodismo y la novela negra, mis dos pasiones literarias.

    Permítanme hacer una confesión preliminar. Algunos de los periodistas de mi generación nos incorporamos al oficio influidos por lo que hacían en los años 1960 y 1970 autores norteamericanos como Tom Wolfe, Gay Talese, Hunter Thompson, Truman Capote y Norman Mailer. Los tres primeros eran periodistas que publicaban unos reportajes que, de tan bien escritos, podían leerse como relatos intemporales; los dos últimos, novelistas que también publicaban libros basados en hechos reales del nivel de A sangre fría y La canción del verdugo. El periodismo escrito, además de informar, podía ser ejercido como un género literario, una forma de contar de modo entretenido historias de no ficción. Es natural que mi generación terminara pergeñando novelas. Juan Madrid, Maruja Torres y Arturo Pérez Reverte lo hicieron relativamente pronto, otros tardamos un poco más.

A la hora de escoger un género de ficción, el noir es particularmente interesante para un periodista. Tal y como yo la concibo, la novela negra es la novela realista contemporánea, la que mejor destripa la corrupción, la injusticia y la violencia del mundo urbano y capitalista. En cierto modo, pasar del periodismo a la novela negra es tan solo pasar de contar historias verdaderas a contar historias verosímiles. Las primeras tienen que ser demostrables con testimonios y documentos, las segundas solo tienen que resultar creíbles.

Desde James M. Cain a Stieg Larsson, pasando por Osvaldo Soriano, Vázquez Montalbán y Juan Madrid en lengua castellana, muchos de los grandes del noir fueron periodistas. Varios simultanearon –o simultanean- ambos géneros, sin ver en ello la menor contradicción. El lector, que nunca es gilipollas, sabe distinguir cuando se le propone una u otra cosa, el código de la verdad o el de la verosimilitud.

El autor presentando “Limones negros” en el festival Granada Noir el 7 de octubre de 2017. Foto: Laura Muñoz

Es posible que la creciente dificultad para contar en los periódicos impresos tradicionales historias verdaderas que incomoden a banqueros, empresarios y gobernantes –los amos de esos medios-, haya acentuado la necesidad de hacerlo bajo la coartada de la ficción. Ya saben, aquello de que cualquier banquero que pueda aparecer en esta novela no tiene nada que ver con ninguno de carne y hueso; aquello de que cualquier parecido de loshechos aquí relatados con la realidad es pura coincidencia. Aunque el lector, que no solo no es gilipollas sino que es bastante listo, no tarda en identificar al banquero golfo que termina suicidándose en una partida de caza.

La censura –y vivimos tiempos de censura en los grandes medios- nos empuja a los periodistas a recurrir hoy más que nunca a la coartada de la ficción para sacar a la luz cosas que sabemos que son ciertas.

Este artículo fue publicado tal y como aquí aparece en Cartelera Turia (Valencia) el 6 de octubre de 2017.

 

 

Anuncios

Cadáver, libreta y bolígrafo

Honduras_German-Andino-LibrosKO-Nota-Roja2

Ilustración de German Andino en “Novato en nota roja” (Libros del K.O.)

¿Quién dijo que los españoles no podían hacer periodismo como los americanos? Me refiero al periodismo, por ejemplo, de Michael Herr: escrito, muy bien escrito, desde el lugar de los hechos; sin casarse con nadie, salvo con las víctimas; vibrante como la cuerda de un violín.

Alberto Arce lo ha hecho. Su Novato en nota roja, recién publicado por Libros del K.O., es un libro periodístico de primera.

Honduras, el escenario de las crónicas de Arce, hace mucho tiempo que tocó fondo, pero aun sigue cavando en dirección al centro de la Tierra. Cada día 20 personas mueren asesinadas en el pequeño país centroamericano, o sea, 600 al mes, más de 7.000 al año.

Novato_Nota_Roja-Alberto-Arce-LibrosKOViví eso en el Beirut de los años 1980. Como allí, la guerra es febril y laberíntica en Honduras, de todos contra todos: pandilleros de las maras, narcotraficantes, grupos de choque policiales, la CIA y la DEA estadounidenses, militares organizados en escuadrones de la muerte… Como allí, la corrupción es el aceite de una país desquiciado. Como allí, hay muchísima buena gente, la golpeada por todos y cada uno de los malos. Esa gente no piensa más que en irse.

Arce fue el único corresponsal extranjero en Tegucigalpa entre 2012 y 2014. En esa “ciudad derrotada”, como él la denomina, trabajó para la agencia norteamericana Associated Press Se sintió como si estuviera en Irak, sólo que a nadie en el mundo le importaba Honduras.

Nota roja es como llaman en algunos países latinoamericanos a la crónica de sucesos. El libro de Arce es una antología de los que cubrió en Honduras. Si el es tan bueno es porque el lector siente que el autor estuvo allí, escribe muy bien y exuda empatía.

Honduras_German-Andino-LibrosKO-Nota-Roja3

Ilustración de German Andino en “Novato en nota roja” (Libros del K.O.)

Arce arranca con el relato de cómo unos pandilleros asesinaron a dos conductores de autobuses de San Pedro Sula que no les habían pagado la extorsión habitual de diez dólares por vehículo y semana. Contemplando los cadáveres, el reportero sabe que nadie va a investigar ese crimen. Y reflexiona: “Nunca entenderé por qué casi siempre los cadáveres pierden uno o los dos zapatos al morir”.

Arce viaja a la Costa de los Mosquitos y cuenta la batalla por las pistas de aterrizaje de las avionetas que transportan cocaína entre la Colombia y Venezuela productoras y el Estados Unidos consumidor.

Tras el golpe de Estado que en 2009 derrocó al presidente Zelaya con el pretexto de que era “chavista”, la gran mayoría de la cocaína que llega a Estados Unidos pasa por Honduras. Se ha convertido, escribe Arce, en “un país mula”.

Arce reconstruye en la Costa de los Mosquitos cómo agentes de la DEA tirotean desde un helicóptero a los inocentes ocupantes de una barquichuela a los que toman por narcotraficantes. Bajas colaterales.

En la jefatura de Policía de Tegucigalpa, es testigo de cómo unos empresarios le pasan un buen fajo de lempiras a los funcionarios. “Está usted entre hombres de fe”, le dice un subcomisionado. “Aquí todo es recto y trabajamos en nombre del Señor”.

También se ve con el Tigre Bonilla, el director general de la Policía. El general lamenta no poder encontrar la biografía de Fouché escrita por Stefan Zweig que está buscado. Luego le suelta al periodista: “Si alguien entrase por esa puerta, yo saltaría por encima de la mesa con mi pistola antes de que usted se diese cuenta de que está paralizado por el susto”.

Arce va al penal de Comayagua. Allí acaban de morir más de 380 reos cubiertos de tatuajes. Una colilla ha provocado un incendio en un colchón que se ha extendido como una mancha de aceite. “Los guardias”, cuenta, “dispararon al aire durante varios minutos, pensando que se estaba produciendo una fuga masiva. Luego huyeron”.

El reportero entrevista al preso que hacía de enfermero y que salvó muchas vidas al abrir la puerta de la galería en llamas. El presidente Porfirio Lobo nunca firmó el indulto que le prometió.

Arce imaginaba un Tegucigalpa en blanco y negro en los tiempos muertos de los atascos. Las ilustraciones de Germán Andino pintan ese Tegucigalpa en este libro.

Bajo el título Misrata Calling (Libros del K.O.), Arce ya había relatado su experiencia en la Libia de la rebelión contra Gadafi. Se define como un “reportero al que le gusta el barro y la lava”. Es un duro, pero no sería un buen periodista si no tuviera corazón. Cada vez que alguien le autoriza a utilizar su nombre para denunciar una tropelía, se le queda mal cuerpo. “Si le pasase algo, me culparía. Su miedo es el mío”.

Honduras es ese país donde los políticos en campaña regalan ataúdes a los pobres. Pueden necesitarlos muy pronto.

En Honduras ocurren escenas como ésta: “Un borracho que da tumbos por la calle se detiene y descubre, sorprendido, que la Mona Lisa empuña una pistola de color rosa. Levanta las manos y comienza a hablar con ella como lo haría con un policía: ´Yo no he hecho nada, yo no he hecho nada´.”

El caso Hildegart

Fue el asunto criminal más apasionante en la breve vida de la II República Española. Lo tenía todo: un parricidio a sangre fría, una víctima joven y prometedora, un verdugo altanero y detestable y el telón de fondo de las causas más progresistas de la época. El asesinato de Hildegart Rodríguez ocurrió en su casa, en la esquina de la madrileña calle Galileo con Fernández de los Ríos, no lejos de donde escribo, pero no es por eso por lo que lo recuerdo ahora. Si lo hago es porque la editorial La Linterna Sorda acaba de reeditar una de las obras claves sobre el caso. Se llama Aurora de sangre. Vida y muerte de Hildegart y la escribió Eduardo de Guzmán, el periodista que mejor cubrió el suceso.

Aurora Rodríguez Carballeira mató a su hija única, Hildegart, de 18 años, a primeras horas de la mañana del 9 de junio de 1933. Entró en el dormitorio de la muchacha y le disparó cuatro tiros a bocajarro con un pequeño revólver Velo-Dog. A continuación, salió a la calle, consultó qué hacer con un diputado amigo suyo y no tardó en entregarse en el juzgado de guardia. Declaró haber cometido el crimen para impedir que su hija, la obra maestra de su vida, se le escapara de las manos.

He escuchado esta historia desde niño. José Valenzuela Moreno, un hermano de mi padre, fue el fogoso fiscal del juicio celebrado en la primavera de 1934 en el que un jurado popular condenó a Aurora a 26 años de reclusión. Mi tío escribió un libro sobre el caso: Un informe forense. El asesinato de la Hildegart visto por el fiscal de la causa (Madrid, Editorial Mar i Cel, 1934). Los españoles estaban tan interesados en aquella tragedia que las crónicas de la vista oral arrebataron las portadas durante días a los muchos líos políticos y sociales de la España de aquel entonces.

En realidad, el caso Hildegart también era político. La derecha responsabilizaba del parricidio a las ideas socialistas, anarquistas y feministas. En la izquierda, socialistas y anarquistas se disputaban a la víctima –era de los nuestros- y condenaban a Aurora.

Eduardo de Guzmán, un periodista libertario que conocía a la madre y la hija, cubrió el asunto para el diario La Tierra. En 1973 se publicaría por primera vez su libro Aurora de sangre, reeditado ahora por La Linterna Sorda. Fernando Fernán-Gómez dirigiría una película inspirada en esa obra. Interpretada por Amparo Soler Leal y Carmen Roldán, Mi hija Hildegart se estrenaría en 1977.

La tragedia comenzó 18 años antes del asesinato de la calle Galileo. Aurora Rodríguez quería moldear una “mujer perfecta”, una mujer culta y revolucionaria que no dependiera ni económica ni sentimentalmente de ningún hombre. En primer lugar, escogió un “colaborador fisiológico” para quedarse embarazada, un padre que no pudiera reclamar su descendencia (al parecer, un cura gallego). Luego, le dio a Hildegart una educación que pocas mujeres de su época poseían: la muchacha ya había terminado la carrera de Derecho a los 17 años y hablaba varios idiomas. Y desde su adolescencia, la impulsó a escribir sobre las causas más avanzadas del momento.

Hildegart se convirtió en la “niña prodigio” de la izquierda española. Publicó artículos y libros a favor de la justicia social, la igualdad de derechos de las mujeres y la revolución sexual. Dio conferencias sobre esos temas en ateneos y casas del pueblo. Militó en el PSOE y la UGT, pero, desencantada por las traiciones socialistas a sus propios principios, fue evolucionando hacia posiciones federalistas y libertarias.

Cuando Hildegart, a los 18 años, quiso emanciparse de una tutela de su madre que percibía crecientemente como tiránica, Aurora le pegó cuatro tiros. Aún persiste el misterio de cuál fue el desencadenante del parricidio. ¿Estaba iniciando Hildegart una relación sentimental con un hombre? ¿Había expresado su deseo de vivir fuera del domicilio materno? ¿Tenían divergencias las dos mujeres en materia política?

Al término de su juicio, Aurora dijo: “Dentro de las normas espirituales al uso, considero lógica la sentencia. Lo que más celebro de ella es que se me haya reconocido la lucidez, la responsabilidad de mis actos. Yo no soy ni esa mujer perversa y desnaturalizada de la que hablaba el fiscal, ni esa paranoica a la se refirió el defensor. Me considero, al modo de Hipólito Taine, un espíritu superior, no tanto por mi grandeza intrínseca y positiva, como por la pequeñez y ruindad de los seres que me rodean” (Guillermo Rendueles, Manuscrito encontrado en Cienpozuelos. Análisis de la historia clínica de Aurora Rodríguez, La Piqueta, Madrid, 1989).

La libertad es el tema de esta tragedia. Aurora Rodríguez quería la liberación de las mujeres; Hildegart, también, pero comenzando por su emancipación de una madre autoritaria y egocéntrica. Aurora, el Pigmalión femenino que había soñado con crear una mujer libre, se había convertido en un monstruo. Tanto que terminó matando a su criatura cuando sintió que se le iba de la manos.

Aurora estuvo recluida en el psiquiátrico de Ciempozuelos las dos décadas que siguieron a la Guerra Civil. Allí murió en 1955.

 

¿Justicia igual para todos? No nos hagan reír

Txetxo Yoldi. Foto: Moeh Atitar.

A primeras horas de una mañana de abril, Leandro, el conserje de un inmueble del Paseo de Recoletos, encuentra el cadáver de un hombre en el patio de luces, cerca de una estatua de Séneca. En el mármol del suelo se ha formado un charco de sangre.

El cadáver es identificado sin tardanza: es el de Ildefonso Cortázar, un abogado de postín que lleva los asuntos de Kunghsholm, una multinacional sueca que desembarca en el floreciente mercado inmobiliario español. Cortázar -¿suicidio o asesinato?- ha caído desde la ventana abierta de la sala de juntas de Kungsholm, en el quinto piso.

Estamos en el Madrid de 1991. Gobierna Felipe González, los fastos del Quinto Centenario están a punto de llegar, el dinero corre en abundancia y la Biutiful, los empresarios que cierran negocios multimillonarios en lo que tardan en zamparse unos langostinos, son el modelo de éxito propuesto a la ciudadanía. El Gobierno socialista se jacta de que España es el país del mundo donde se hacen fortunas más rápidamente; basta con saber manejarse en el mundo de los pelotazos, las recalificaciones, las facturas falsas, el fraude fiscal y otras picardías de cuello blanco. Los españoles lo consienten porque las migajas del festín son abundantes y les llegan a muchos de ellos. Pero la ilusión colectiva se marchitará pronto, cuando venga una crisis económica y comiencen a aflorar apestosos casos de corrupción política y empresarial.

       Así arranca El enigma Kungsholm, la primera novela del periodista Txetxo Yoldi, que este mes llega a las librerías de la mano de la Editorial Mong. Yoldi la define como un thriller judicial y cuenta que está inspirada en un suceso que él cubrió a comienzos de los años 1990, el caso Reimhold. Sus investigaciones, precisa, nunca fueron publicadas en El País, el diario para el que trabajaba.

En la novela, Paz Guerra, una joven reportera de investigación del imaginario diario La Crónica, intenta descifrar el enigma. No lo tiene fácil: el abogado fallecido estaba en todas las salsas de los negocios madrileños y nadie quiere que éstas sean escrutadas. Cortázar hasta se sentaba en el consejo de administración de un banco junto a Fermín Fernández Román, el consejero delegado de La Crónica.

Los problemas de Paz Guerra empiezan en casa, como puede imaginar cualquiera que haya trabajado en “un diario de referencia”, uno de esos en los banqueros y los empresarios son sagrados y el fuego crítico debe concentrarse en los árabes, los sindicalistas y los chorizos de poca monta. Pero la investigación en la que se empeña la reportera la lleva a un mundo de poderosos: banqueros de rapiña, constructores que sueñan con no dejar un hueco de España sin su ladrillo, su cemento y su hormigón, políticos encantados de codearse con la Biutiful y directivos de periódicos que navegan entre dos aguas, pero que, a la hora de la verdad, saben que el amarre más seguro está en Marbella o Palma de Mallorca.

Así que Paz Guerra va avanzando en sus pesquisas, pero, mira por donde, sus jefes no acaban de verlo; creen que su trabajo no está aún maduro, que le faltan elementos, que habría que darle otra vuelta, que necesita un hervor más… En fin, que no lo van a publicar.

Yoldi es un maestro de la información judicial, en la que ha trabajado durante lustros. A él se debe, entre otras exclusivas, la caída de Carlos Dívar, aquel magistrado santurrón y golferas que presidía el Tribunal Supremo. Los jueces, fiscales, abogados, policías y forenses de su novela son muy creibles, como también lo es el olor a desinfectante y legajos polvorientos de sus juzgados. Y, por supuesto, sus periodistas, desde el reportero Kiko Merino, que acosa a las becarias y se apropia de noticias ajenas, hasta el director, Antonio Angulo Romasanta, pasando por el jefe directo de Paz Guerra, el cuarentón Agustín Cantero. Cantero es un funcionario del periodismo: trabaja en La Crónica desde su primer día y ha ido ascendiendo gracias a que pasa muchas horas en la redacción, no tiene una sola idea nueva y cumple a rajatabla las instrucciones de sus amos. Intenta superar su falta de autoridad profesional con abundancia de gritos y tacos.

La burbuja española no tardaría en inflarse de nuevo. Con la llegada de Aznar a La Moncloa y un nuevo ciclo mundial de vacas gordas, vendrían las privatizaciones de empresas públicas rentables, la conversión de todo el suelo patrio en solar edificable, el capitalismo de amiguetes y la exaltación de esos liberales de mamandurria que hacen fortunas con los impuestos de los trabajadores. De esos polvos vendrían los lodos actuales: la gravedad de la crisis y los nuevos escándalos de corrupción.

Pero las semejanzas no se quedan ahí, convenimos Txetxo y yo en una conversación telefónica. Hoy como ayer, los corruptos suelen terminar inclinando la balanza de la Justicia a su favor. Tienen recursos económicos para sobornar a funcionarios, para pagarse buenos abogados que encuentren el más mínimo defecto de forma en sus sumarios, para retrasarlos hasta el fin de los tiempos, para marear la perdiz en suma. Así logran absoluciones, anulaciones por una coma mal colocada, cierres con impunidad por prescripción y, si es menester, indultos. ¿Justicia igual para todos? No nos hagan reír.

De El Caso a Fiat Lux

Los sucesos ocupan hoy espacios muy destacados en los informativos y los magazines de los canales de televisión españoles, pero, en general, el género negro periodístico exhibe ahí sus peores defectos: morbo, tremendismo, impiedad, intoxicaciones interesadas, indiferencia por el contexto… La cobertura televisiva del caso Asunta lo ha ilustrado de modo penoso en las últimas semanas.

Eso me hace añorar aún más la ausencia –o la escasez- en España de una buena crónica negra escrita, un ejercicio tanto de investigación como narrativo que practican de modo admirable Alejandro Almazán y Marcela Turati en México, la hispano-guatemalteca Alejandra Gutiérrez Valdizán, el equipo de Sala Negra del diario salvadoreño El Faro, los cronistas asociados en Cosecha Roja y muchos otros reporteros en distintos países de América Latina.

No voy a discutir –sería ridículo- que el lenguaje audiovisual del cine y la televisión puede ser excelente para contar los crímenes y sus causas y consecuencias, pero el lenguaje escrito tiene las mismas o más posibilidades. Por citar dos ejemplos harto conocidos, Truman Capote, con A sangre fría, y Gabriel García Márquez, con Relato de un náufrago, nos legaron ejemplos imperecederos de sucesos reales tan bien contados que se leen años después con la febrilidad que provoca una gran novela de ficción.

En el marco del festival Getafe Negro, invitados por David Barba y Lorenzo Silva, un grupo de periodistas vamos a reunirnos en la tarde del viernes 25 de octubre para conversar sobre la evolución en España del periodismo escrito de sucesos desde los tiempos del semanario El Caso hasta el reciente nacimiento de la revista Fiat Lux.

Sobre El Caso no se me ocurre ahora nada mejor que decir que lo que he publicado en el número de octubre de tintaLibre al evocar los tiempos en que coincidía con Juan Madrid cubriendo crímenes, él para Cambio 16, servidor para El País. Ahí va:

“Los cronistas de sucesos de la Transición y la Movida solíamos mencionar con cierto cariño al medio específicamente dedicado al género durante el franquismo, el semanario El Caso fundado por Eugenio Suárez. Era sesgado, sensacionalista, truculento, todo lo que ustedes quieran, pero también era muy auténtico. Esquivando como podía la censura gubernativa y eclesiástica, el llamado diario de las porteras sacó a la luz semana tras semana la persistencia del delito común en la supuestamente apacible España del franquismo: los asesinatos de Jarabo, la matanza de los Galindos, las estanqueras de Sevilla, el cadáver aparecido en un baúl, el misterio de la mano cortada, las peripecias de El Lute, la abundancia de timos del tocomocho, la estampita y el nazareno… Sus historias dibujaban una España oscura, cateta, sórdida, pícara y violenta, que, desde luego, no era la que deseaba presentar oficialmente el régimen.»

Sobre Fiat Lux, que llegó por primera vez a los quioscos y librerías a comienzos de este mes de octubre, tengo que felicitarme por dos elecciones estratégicas. La primera, publicarla a la par en versión impresa y en versión digital; no hay ninguna razón seria para que los periodistas dejemos de practicar nuestro oficio por tierra, mar y aire, en todos los soportes a nuestro alcance. La segunda, aunar en la revista las dos ramas, ficción y no ficción, del género negro.

Fui uno de los adictos a la breve existencia de Gimlet, la revista de ficción noir que alumbró Vázquez Montalbán a comienzos de los años 1980. El que Fiat Lux añada el buen periodismo de sucesos al menú de aquel precedente, suena prometedor.

La mejor historia jamás contada sobre el tráfico de cocaína

No sé de nadie que yo haya conocido personalmente y haya enfermado, enloquecido gravemente o, menos aún, muerto a causa del consumo de marihuana… y eso que he tratado a cientos de fumadores de cannabis en cuatro continentes. Hasta yo mismo he inhalado alguna que otra vez hierba o hachís rifeño, libanés, afgano y jamaicano, y, bueno, aquí estoy, más o menos cascado, más o menos zumbado, pero habiendo acudido todos los días al trabajo a lo largo de más de 35 años. Aunque se gasten, que se los gastan, decenas de millones de dólares en estudios para probar –infructuosamente, por cierto– las maldades de la marihuana, no me van a convencer. Estoy firmemente persuadido de que muchos más peligrosos son el tabaco, el alcohol, las armas de fuego, las centrales nucleares y los recortes sociales.

Sí puedo, en cambio, citar algunos nombres de gente que he conocido personalmente y que murieron por su adicción a la heroína. De sobredosis, en atracos que terminaron a tiros o por enfermedades como la hepatitis o el sida vinculadas al uso no higiénico de las agujas. Desde hace lustros sé positivamente que el caballo ata y mata: no porque lo digan los que mandan, sino porque lo he visto con mis propios ojos.

Lo de la cocaína es más complicado. En España, mi generación la conoció en los años 1980 y 1990, una época en que empezaron a valorarse extraordinariamente cosas como la velocidad, la hiperactividad, el éxito profesional y económico a toda costa, el sexo salvaje, el individualismo a ultranza, el consumismo y exhibicionismo de productos de lujo, en fin, mucho de aquello que terminó llevándonos al precipicio. El perico, ciertamente, parecía la droga más adecuada para ese modelo de vida: daba confianza, daba aceleración, daba resistencia; era una chispa que encendía fácilmente la hoguera de las vanidades.

Publicado en 1976 en Estados Unidos, traducido al castellano por Anagrama en 1981, reeditado ahora por Capitán Swing, Ciego de nieve (Snowblind: A brief career in the cocaine trade), de Robert Sabbag, es uno de los libros periodísticos más entretenidos que he leído a lo largo de mi vida, si no el más. Parece una novela, pero no lo es: es un largo reportaje, uno de los mejores realizados en aquellos tiempos del Nuevo Periodismo estadounidense.

Aunque parezca mentira, las divertidas artimañas de Zachary Swan para meter kilos de cocaína colombiana en Nueva York fueron reales. Era un traficante real, suministraba perico a un puñado de ricos y famosos de la Gran Manzana en el ecuador de los años 1960 y 1970 y terminó siendo detenido y encarcelado. Tras su caída, Zachary Swan le contó sus andanzas al periodista Robert Sabbag con todo lujo de detalles, y esté nos la contó a nosotros comme il faut: como una historia, como el pedazo de historia que era. Lo hizo, además, con una prosa trepidante, mordaz y diáfana.

Zachary Swan era un tipo cool –elegante, ingenioso, divertido, generoso– y se ganaba bien la vida como freelancer –actuaba por su cuenta y riesgo; no formaba parte de ningún cartel, mafia o cualquier otro tipo de organización; trabajaba con kilos, no con toneladas–. En cierto modo, Zachary Swan, el protagonista de carne y hueso del libro periodístico de Robert Sabbag, fue un precursor de los personajes de ficción de Los Reyes de lo Cool, la reciente novela de Don Winslow sobre Ben y Chon, dos cultivadores independientes de marihuana del sur de California.

No le voy a reventar la lectura de Ciego de Nieve a quien no conozca el libro, pero créanme cuando les digo que los trucos de Zachary Swan para introducir cocaína en Nueva York eran muy, muy ingeniosos. En ningún caso utilizaba la violencia.

Pablo Escobar

Probablemente la detención de Zachary Swan marcó el fin de una época. A partir de entonces, el tráfico de cocaína entre Colombia y otros países productores y Estados Unidos y otros países consumidores fue quedando en manos de organizaciones delictivas crecientemente sofisticadas y violentas. El mundo no tardaría en oír hablar de personajes tan novelescos y controvertidos como Pablo Escobar; Colombia se sumiría en las luchas de los carteles entre sí y con el Estado, y Estados Unidos y Europa se gastarían fortunas en el vano intento de ponerle puertas al narcotráfico a gran escala de cocaína. En una entrevista al diario digital mexicano sinembargo.mx, el propio Robert Sabbag hablaría en 2011 del “fracaso” de las políticas de prohibición y represión.

Entretanto, a alguna de la gente que yo conocía y consumía regularmente cocaína se le fue yendo la olla, se le fue disparando la paranoia y la agresividad, se le fue agudizando la insensibilidad y el extremismo, se le fueron perdiendo neuronas y conexiones neuronales. Así que, niños y niñas, sí, la cocaína termina jodiéndote.

 

 

¿Enemigos del Estado?

En un tuit del jueves 11 de julio, Maruja Torres escribía refiriéndose irónicamente a Barack Obama: “Éste merece ser blanco”. Sí, a tenor, entre otras cosas, de la saña con la que dirige la búsqueda y captura de Edward Snowden, Obama es tan “blanco” como George W. Bush, aunque, eso sí, mucho más listo.

El primer presidente afroamericano de Estados Unidos prosigue la llamada “Guerra contra el terror”, pero utilizando el secreto y las nuevas tecnologías allí donde su predecesor prefería el escándalo público y la política de la cañonera. En Crónica Negra ya he escrito que Obama es el primer comandante en jefe de las ciberguerras estadounidenses del siglo XXI: está llevando a niveles masivos el uso de drones para asesinar a presuntos terroristas, de virus cibernéticos para sabotear a rivales potenciales y del espionaje de las conversaciones telefónicas y el acceso a Internet para saber lo que hacemos todos y cada uno de nosotros. Ahora le tomo prestada una fórmula a mi compañera Elena Reina: Obama es una especie de Bush 2.0.

No nos engañemos: hay que ser “blanco” para ocupar la Casa Blanca. Wall Street y el complejo militar-industrial que denunciaba el mismísimo Eisenhower no permitirían otra cosa. Colin Powell o Barack Obama jamás habrían llegado tan lejos si su alma no hubiera sido bastante más pálida que la piel de su rostro. Lo demás es una cuestión de matices –más o menos progresista, más o menos conservador– en derechos civiles, sanidad, ingresos fiscales y gasto público, agresividad en la acción exterior. No negaré la importancia de esos matices en la vida de millones de personas, lo que quiero subrayar aquí y hoy es que, al lidiar con el dinero y las armas, hasta el denominado “hombre más poderoso del planeta” se debe a “intereses superiores”.

A raíz del caso Snowden, me he acordado de una película que vi en Washington cuando vivía allí, en la segunda mitad de los años 1990. Se llama Enemy of the State (“Enemigo público” en España) y la protagoniza el actor negro Will Smith. Es un trepidante thriller que cuenta cómo un abogado que descubre por casualidad un asesinato cometido por gente del NSA (National Security Agency) es perseguido implacablemente por los autores del crimen. Quieren matarle, claro.

El thriller literario y cinematográfico suele anticipar lo que será titular de periódicos y telediarios años después. En el caso de Enemy of the State, su novedad estribaba en que, tres lustros antes del caso Snowden, desvelaba cómo los servicios de inteligencia pueden localizarnos a cualquiera de nosotros en cualquier lugar y momento a través del uso que hagamos de nuestros móviles, conexiones a Internet, navegadores GPS en automóviles y tarjetas de crédito. Por supuesto, el personaje interpretado por Will Smith era estigmatizado oficialmente como “una peligrosa amenaza para la seguridad nacional”, el cuento con el que gobernantes y servicios policiales y de espionaje consiguen la aquiescencia de la mayoría para seguir construyendo el 1984 orwelliano.

Con 58 años en el planeta y 35 en el oficio, estoy bastante curado de espantos, y, sin embargo, me escandaliza estos días ver como gente que dice llamarse “periodista” adopta con fervor el punto de vista del Estado norteamericano en relación al caso Snowden. No puedo estar más de acuerdo con lo que, a propósito de los Snowden, Manning, Wikileaks y compañía, acaba de escribir en The Guardian Jeff Jarvis, profesor de periodismo de la City University of New York. En un artículo titulado Who is a journalist?, que contiene además una interesantísima reflexión sobre la democratización del oficio en estos tiempos de Internet y redes sociales, Jarvis sostiene que los mencionados whistleblowers son, en todo caso, “culpables” de actos de periodismo; en ningún caso de actos de “traición a la patria” o “espionaje para potencias extranjeras”.

“¿Qué diablos es el periodismo?”, se pregunta Jarvis. Él mismo da la respuesta: “Es un servicio cuya misión es tener informado al público. (…) Cualquier cosa fiable que sirva al objetivo de tener una comunidad informada es periodismo. (…) El verdadero periodista debería desear que cualquiera se sume a la tarea”. Los Manning, WikiLeaks, Snowden y Greenwald, concluye el profesor neoyorquino han realizado “actos de periodismo”, actos de servicio en provecho de una comunidad mejor informada.

¿Enemigos del Estado? En todo caso, del Estado con vocación totalitaria.