Oficina de leyendas

Fotograma de “Le Bureau des légendes”

La sed de los espías es insaciable. Cuando se hayan bebido toda el agua potable del planeta -y también todos sus demás líquidos, alcohólicos y no alcohólicos-, desalinizarán los océanos para poder seguir bebiendo. Su coartada es teóricamente impecable: nos espían a todos por nuestro propio bien, para proteger nuestra seguridad, la individual y la colectiva. Todos somos niños pequeños que necesitamos estar permanente vigilados por padres o tutores que no hemos podido escoger.

No es de extrañar que, por órdenes del Gobierno o por iniciativa propia, el entonces llamado CESID -hoy CNI- escuchara y grabara las conversaciones telefónicas de Juan Carlos I, el mismísimo jefe del Estado al que ese organismo decía servir. Nunca se sabe que sabrosas confidencias –amoríos, negocios, filias, fobias- pueden caer en el saco. Nunca se sabe cuándo esas confidencias pueden resultarles útiles a alguien –el Gobierno, los mismos espías, algún banquero o empresario, algún aliado extranjero- para hacer algún chantaje. Tú guárdalo por si acaso.

Hemos escuchado estos días algunos fragmentos de las conversaciones de Juan Carlos I que fueron interceptadas en 1990 por el CESID y hemos confirmado así que el anterior monarca, amén de campechano, era un mujeriego impenitente. Pero la pregunta que surge de inmediato es quién y para qué utilizaría en su momento esa información. Seguro que no fue tan solo para bromear con el jefe de Estado sobre lo feliz que le hacía tal o cual dama.

Hace dos o tres años también supimos que los espías norteamericanos de la CIA y la NSA interceptan a placer las conversaciones telefónicas y la actividad en Internet de miles de políticos, empresarios, periodistas, científicos y activistas de todo el planeta. Gente toda ella poco sospechosa de pertenecer a ISIS, Al Qaeda u organizaciones diabólicas semejantes. ¿Rompió por ello Alemania, Francia o algún otro de los damnificados sus relaciones diplomáticas con Estados Unidos? En absoluto. Las protestas fueron tan tímidas que ni se escucharon. Y, por supuesto, no faltaron cretinos para salir en las teles y decir que ese espionaje masivo es normal y hasta saludable -es por nuestra seguridad- y que si uno no tiene nada malo que ocultar no debe enfadarse porque violen su privacidad sin su consentimiento.

En realidad, los espías se espían hasta a sí mismos. Y no me estoy refiriendo al lógico seguimiento de la actividad de los servicios rivales. Lo que estoy diciendo es que los servicios de inteligencia también escrutan subrepticiamente a sus propios agentes. ¿Qué hacen en sus ratos libres? ¿A quién ven? ¿Con quién se divierten o se acuestan? ¿Cabe alguna posibilidad de que sean topos del enemigo o desarrollen una agenda propia? En las cloacas ninguna lealtad está garantizada.

El actor Mathieu Kassovitz interpreta al agente Debailly

Lo cuenta de modo excelente la serie televisiva francesa Le Bureau des légendes. Que yo sepa, esa serie no se emite en España, lo que es una pena para los aficionados a las ficciones sobre espías. Unas ficciones que esos aficionados saben o intuyen  –y así lo confirma el maestro Le Carré- que en muchas ocasiones son lo más aproximado a un reportaje periodístico que puede hacerse sobre ese submundo.

Producida por el Canal + francés, Le Bureau des légendes pertenece a la categoría de ficción realista, creíble, verosímil. Ofrece una extraordinaria cantidad de información sobre el funcionamiento de la DGSE (Direction Générale de la Sécurité Extérieure), el principal servicio de inteligencia francés. Lo hace a través de las andanzas de un agente llamado Guillaume Debailly, que, tras una estancia en el Damasco en guerra,  debe encargarse de la desaparición de uno de sus compañeros en Argelia. A partir de ahí la serie nos cuenta la formación de los agentes clandestinos, el control permanente al que están sometidos, los trucos de los servicios de inteligencia para utilizar como tapaderas otros servicios más “amistosos” del Estado y la cantidad enorme de información que  pueden obtener a través de los teléfonos y de Internet.

Guillaume Debailly no es un superhéroe como los mucho menos verosímiles James Bond o Jason Bourne. Sus principales recursos no son su capacidad para seducir bellezas o  combatir con las manos desnudas, una Walther PPK o algún gadget de laboratorio. Su principal arma es su capacidad para construir un personaje falso y hacerlo creíble ante los ojos de aquellos que bien podríamos llamar sus víctimas. Su arte para vivir bajo diversas identidades a la vez.

El hombre de las mil caras es el título de la película española sobre nuestro más célebre espía contemporáneo, Francisco Paesa. Una buena película y un buen título.

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Limones negros: “Se irán de rositas”

uco-guardia-civil“Se irán de rositas”, le dice Sepúlveda a la capitana Lola Martín en una de las escenas de la novela  Limones negros. A Lola Martín, de la UCO -la unidad de la Guardia Civil especializada en la lucha contra los grandes delitos- le cuesta compartir el escepticismo de Sepúlveda. Es veinte años más joven y cree que, aunque sea a trancas y barrancas, los malos siempre terminan pagando por sus crímenes. Si no lo creyera, no trabajaría donde trabaja.

Sepúlveda, profesor del Instituto Cervantes de Tánger, está ayudando a la guardia civil en el rastreo de las huellas dejadas en la ciudad marroquí por los negocios sucios de un prominente banquero madrileño. Le ayuda porque ella ha sabido mover los resortes adecuados: su hastío por la corrupción que infecta España y su vanidad de buen conocedor de los bajos fondos tangerinos. Pero en ningún momento cree que los grandes tenores del saqueo del dinero público –los auténticos, los ricos y poderosos- vayan a terminar entrando en prisión. Los sumarios se eternizarán o traspapelarán; los delitos irán prescribiendo; cualquier fallo formal en las investigaciones policiales y judiciales será explotado a fondo por abogados perspicaces y carísimos… A lo sumo, serán castigados sus segundos espadas.

En esta obra de ficción, Sepúlveda le suelta a la capitana: “Lola, lamento tener que decírtelo, pero creo que hacéis el trabajo de Sísifo. Cada vez que conseguís llevar la piedra a lo alto de la montaña, vuelve a caer abajo.” Y ella le responde que esa actitud no lleva a ninguna parte, que habrá que intentarlo, que probablemente algunos terminarán pagando. Los dos, el profesor y la guardia civil, tienen razón. Hay verdades que no son contradictorias entre sí.

rodrigo-rato   He estado ultimando estos días con los amigos de la editorial Anantes el envío a la imprenta de Limones negros, mi segunda novela tangerina. Las noticias que leía en mi teléfono me confirmaban la conclusión a la que llegué al publicar la primera: ninguna ficción puede igualar la realidad de los casos de corrupción en la España actual. La realidad del obsceno esperpento español es novelescamente casi inverosímil.

A un fiscal de Murcia le roban en su casa el ordenador con el que trabaja en un caso de corrupción. A su jefe le destituyen por atreverse a investigar al cacique local. El cuñado del rey es condenado a seis años de cárcel, pero le dejan regresar a Suiza sin tan siquiera exigirle una fianza. Su esposa, hija y hermana de reyes, se libra de cualquier mancha penal porque asegura que no se enteraba de lo que firmaba. Los sinvergüenzas que llevaron a la ruina a la caja de ahorros madrileña, aunque sentenciados a prisión, siguen durmiendo en sus mansiones…

LN

Este es el país en que un político esconde un millón de euros en la casa de su suegro y, cuando es descubierto, afirma que lo ha dejado allí un fontanero o un empleado de Ikea. El país en que el presidente del Gobierno envía SMS cariñosos a un notorio tahúr. El país en que jueces activos en la lucha contra la corrupción son expulsados de su carrera porque, al parecer, han cometido errores técnicos en su instrucción. El país en que los denunciantes del saqueo de las arcas públicas malviven amedrentados, mientras los ladrones se jactan de su inocencia ante los medios que ellos o sus amigos controlan. Y también el país en que unos chavales duermen preventivamente entre rejas por una función de títeres.

¿Justicia igual para todos? ¿El imperio de la ley? Bla, bla, bla. Palabrería de gente que sabe que al final quedará impune, y de sus bien pagados propagandistas. O de esos tontos que, aunque llueva, caminan por la calle sin paraguas por que la tele dice que luce un  sol radiante.

Limones negros será publicado este mes de abril de 2017 por la editorial Anantes.

Cine neoquinqui

Galería de personajes de la película “Criando ratas”

Estallada la embriagadora burbuja de la prosperidad, España vuelve a sufrir niveles de paro, pobreza y desigualdad que recuerdan a la segunda mitad de los años Setenta y el comienzo de los Ochenta del pasado siglo. ¿Tendrá esto algo que ver con el hecho de que un largometraje como Criando ratas nos parezca tan verosímil? Carlos Salado ha filmado con cruel hiperrealismo los actuales suburbios de Alicante en esta película, presentada el 28 de noviembre en la Casa Encendida de Madrid. El resultado es desolador: un paisaje de bloques de ladrillo visto, decorado con grafitis delirantes y poblado por una juventud sin otros horizontes que la droga, la prostitución y la violencia.

 Criando ratas nos devuelve a los ambientes urbanos marginales de aquellos filmes rodados hace siete u ocho lustros por Carlos Saura, Eloy de la Iglesia y José Antonio de la Loma, solo que ahora los chavales locales deben enfrentarse en sus territorios a la competencia de las bandas de gorilas forzudos y tatuados procedentes del Este de Europa. Salado –guionista y director del filme- y Rubén Fernández –su productor- hacen bien en calificar esta obra de cine neoquinqui.

Ahora, es cierto, no se padece la “inseguridad ciudadana” de aquellos tiempos de la Transición, cuando la proliferación de atracos a transeúntes, pequeños comercios, sucursales bancarias y gasolineras arrancaba en las derechas la afirmación de que con Franco se vivía mejor; ni tampoco muere cada día un joven por sobredosis de heroína. Quizá es que las colosales medidas de seguridad adoptadas desde entonces disuadan a potenciales delincuentes juveniles de actuar en el centro de las ciudades, quizá es que, como ocurre en los barrios negros de Estados Unidos, los marginados se maten entre ellos. El asunto merece una reflexión aparte.

En todo caso, la realidad de los arrabales vuelve a estallarnos en la cara en Criando ratas. La película de Salado nos presenta esa realidad con un guion de ficción y actores no profesionales y paisajes naturales que le dan la autenticidad de un documental. El personaje de El Cristo, encarnado por Ramón Guerrero, dispone de un día para pagar una deuda por drogas y ese día va a ser el de su penúltimo descenso a los infiernos. Salado es inmisericorde a la hora de detallarnos esa jornada. Lo hace de un modo coral: a través de las andanzas de El Cristo y otros chicos y chicas del barrio.

“Navajeros”, de Eloy de la Iglesia (1980)

La rumba que arranca la película (“Pasa el canutito”) y la primera conversación en un bar del principal protagonista (“El futuro que llevas tú es muy corto”, le dice el camarero) vinculan sin rodeos esta historia con aquellas de los tiempos de los asaltos a punta de navaja o  escopeta de cañones recortados protagonizados por El Vaquilla, El Jaro, El Torete, El Pirri y otros chavales que querían ganar dinero rápidamente y quemar la vida aun más deprisa. La técnica y el lenguaje empleados por Salado son, sin embargo, contemporáneos, parientes de esas series televisivas norteamericanas tan buenas como negras. Salado, que define su trabajo como “cine de guerrillas”, tiene madera.

Criando ratas ha ido gestándose a lo largo de los últimos seis años y ha sido financiada con precariedad y total independencia por sus dos autores. La mayoría de sus peripecias de la película les han sido relatadas a Salado por vecinos de los barrios alicantinos de Colonia Requena, Virgen del Remedio, Mil Viviendas, Rabasa o San Agustín. Tienen la veracidad de aquello que la gente vive pero no sale en los periódicos o los telediarios. Por ejemplo, el ingreso en prisión del propio Ramón Guerrero durante la gestación de la película.

Si retrocedemos tres o cuatro décadas en lo socioeconómico, si la Policía recibe de nuevo licencia gubernamental para repartir hostias a diestro y siniestro, si la Prensa hegemónica es tan complaciente con lo existente como el Arriba del pasado, quizá sea normal que también vuelva el cine quinqui. ¿Qué más da que el coche fetiche sea ahora un Audi y no un Seat 124 o 1430?

Una primera versión de este texto fue publicada en Cartelera Turia el 2 de diciembre de 2016

Cuba, hormigas en la boca

Before-Castro-5Federico García Lorca fue muy feliz durante los cuatro meses de 1930 que pasó en Cuba, quizá jamás conociera una dicha semejante en su tristemente breve existencia. Tan es así que dejó dicho: “Si me pierdo, que me busquen en La Habana”.

Miguel Barroso sitúa su novela Amanecer con hormigas en la boca en la estela de esta sentencia del poeta granadino. Recién liberado de una cárcel franquista, donde ha purgado una condena por enfrentarse a la dictadura con las armas en la mano, Martín Losada viaja a la capital cubana en busca de un amigo y de un botín. El amigo, Albert Dalmau, escapó a la operación policial en la que Losada fue capturado y desde entonces anda en paradero desconocido. Pero Losada cree que puede encontrarle en La Habana: a Dalmau le gustaba repetir la frase de García Lorca.

Amanecer con hormigas en la bocaAmanecer con hormigas en la boca acaba de ser reeditada por Literatura Random House, diecisiete años después de su primera publicación en Debate. Que yo conozca, es una de las pocas novelas negras españolas contemporáneas ambientadas en Cuba. Y el que Barroso sea mi amigo no debería impedirme decir que es una de las novelas negras españolas mejor escritas. Queda, pues, dicho.

Las noticias de Cuba llenan estos días páginas y minutos en los diarios y los telediarios. Es extraordinario que una isla muchos menos grande que Australia, no demasiado rica en recursos naturales y poblada por apenas doce millones de personas despierte tanto interés. No solo en España -lo natural dados nuestros vínculos históricos, culturales y humanos-, sino en todo el planeta. Y también resulta sorprendente que Cuba sea una potencia médica, musical y artística muy superior a su demografía y su economía.

El castrismo puede explicar parte de este interés y esta potencia. Durante más de medio siglo ha interpretado universalmente el mito del David que planta cara valientemente al Goliat estadounidense. Sin los componentes de patriotismo cubano, orgullo latinoamericano y antiimperialismo global, no se entienden ni la popularidad de este régimen entre buena parte de su población ni las simpatías que aún despierta fuera de sus fronteras. Que el castrismo no haya sido nunca democrático y haya impuesto en la isla un desastroso sistema productivo es algo que hemos leído y escuchado lo suficiente desde que muriera Fidel Castro el pasado sábado.

Pero Cuba ya resultaba atractiva antes de Castro, ya era uno de esos lugares que encarna sueños cálidos, húmedos y salados. También era uno de los países más vibrantes al sur de Estados Unidos. Y un territorio fértil para la literatura policíaca y de espionaje. Lo demostró Graham Greene con su Nuestro hombre en La Habana.

Regimen Batista

Represión y gansterismo en la Cuba de Batista

Justo en los caóticos últimos días del régimen de Batista sitúa Barroso su novela. Su documentada reconstrucción de aquel período de sexo desenfrenado, música celestial, casinos mafiosos y represión brutal es motivo suficiente para leerla. En el gallinero de voces que ahora pontifican sobre las luces y sombras de Fidel Castro cabe lamentar la ausencia de información sobre las luces y sombras de Batista.

Barroso es uno de los españoles que mejor conoce Cuba, donde pasa largas temporadas desde los Ochenta. No ha escrito, sin embargo, una novela cuyo único interés sea la recreación de un determinado lugar en un determinado momento. Ha hecho asimismo una interesante aportación a esa estirpe del género negro que tiene la amistad  -y la traición a la amistad- como historia, la de El largo adiós de Chandler. Una aportación con música de bolero, sabor de daiquiri y perfume de corrupción.

Robots asesinos

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Mercenario de BlackWater en la guerra de Irak

Los ingresos por la exportación de armas llegan a superar en España los del vino y el aceite de oliva juntos. Esta es una de las cosas que contó Rodrigo Palacios en la presentación de su novela Motivos para matar, el viernes por la noche en la librería madrileña Lé. Este thriller, publicado por Edhasa en su colección Polar, tiene como protagonista no a una persona, sino a una empresa imaginaria llamada Defensiva, dedicada a la fabricación de productos letales de alta tecnología y al suministro de eso que antes llamábamos mercenarios y ahora se considera más presentable si se usa el eufemismo de seguridad privada.

       Defensiva sostiene relaciones de competencia y compadreo con otras grandes empresas españolas –de su sector y otros de los denominados estratégicos-, y todas ellas, dice el narrador de la novela, son “el verdadero dueño del país”, “los que manejan la marioneta”. La marioneta –ustedes lo habrán anticipado- son los políticos de los grandes partidos y los medios de comunicación tradicionales.

motivosparamatar-689x1024   Motivos para matar tiene momentos muy interesantes sobre las relaciones entre el poder económico y los gobernantes. En un encuentro entre tres empresarios, Fermín Mesado, el presidente de Defensiva, les pide a los otros dos que aceleren el nombramiento de un nuevo ministro de Defensa favorable a sus intereses. Este es un instante de esa conversación:

“-No veo por qué no podéis –se quejó Mesado.

-No te estamos diciendo que no podamos, Fermín –se adelantó Hernán-. Te estamos diciendo que no se hace así de rápido. Hay que seguir unos pasos”.

Más adelante, hablando de Arguimbau, exministro de Defensa, el narrador hace esta reflexión: “La política sincera era la que se peleaba por esquivar las influencias del poder. Esa permanente presión de la que es casi imposible escapar. Sobre todo en este país”.

Rodrigo Palacios, ingeniero de formación, ofrece en esta novela un interesantísimo vistazo al universo de la guerra en el siglo XXI. Como ya comenzó a ocurrir con la invasión estadounidense de Irak -recuérdese al “contratista” BlackWater-, las empresas de “seguridad privada” irán reemplazando a los ejércitos nacionales en las batallas en el exterior. “El cuento del patriotismo es muy bonito, pero está pensado para que el soldado raso no dude a la hora de saltar desde una trinchera”, dice en un momento dado Fermín Mesado. Y ahora ya no es demasiado útil emplear soldados y trincheras, es mucho más eficaz utilizar el espionaje y el sabotaje cibernéticos, la robótica y la realidad virtual y, por qué no, hasta humanoides.

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La guerra en un futuro no muy lejano

Carlos Migala y los monstruos de alta tecnología que crea para Defensiva acercan esta novela en algunas de sus escenas al universo de pesadilla de Blade Runner, la película y la novela de Philip K. Dick en que se inspiró. Ese futuro ya está aquí, aunque los medios hablen poco o nada de ello y prefieran distraer a la parroquia con navajeos politiqueros o querellas de alcoba.

Rodrigo Palacios apunta buenas maneras de escritor, que deberá seguir puliendo como exigía Hemingway. Entretanto, Motivos para matar se hace cada vez más entretenida a medida que se avanza en su lectura y va ofreciendo un buen puñado de fogonazos sobre la realidad de España y el mundo. Si algo hace interesante al género negro es que puede contar mejor que el periodismo lo que pasa hoy y lo que pasará mañana.

Precisamente, el periodismo, a través del personaje de Irene Rojo, es otro de los vectores de esta obra. Irene Rojo es un modelo muy habitual de periodista, uno de esos a los que lo único que les importa es su carrera porque en sus vidas no hay nada más. Y las observaciones del narrador sobre el actual delirio mediático son muy acertadas. Les adelanto esta:

“¿Quién está seguro de algo en estos tiempos? Si ya antes los periódicos salían llenos de mentiras, hoy día se contaban sin siquiera ir escritas sobre papel. Imperaba lo digital. Las pantallas. Las mismas patrañas con vida más efímera. Antes era reliquia el periódico de ayer, ahora las caducidades se medían en minutos, las noticias volaban y se consumían. Cambiaban más rápido que la realidad”.

Habana Noir

La Habana, verano de 2016

La Habana, verano de 2016

Jorge Perugorría se embucha un trago de ron (Havana Club blanco y añejo de un trienio), introduce otro cigarrillo H. Upmann en la boquilla y dice: “Soñaba desde hacía quince años con interpretar a Mario Conde y ahora lo he conseguido”. Suelta una gran carcajada y añade: “Estoy de acuerdo con Padura: ahora es cuando mejor puedo interpretar a su personaje, ahora ya estoy lo suficientemente pasado por la carretera de la vida”.

Tomo mi vaso, le muestro que está vacío, él lo rellena de ron, le añade dos cubitos de hielo y brindamos. El entrechocar de los vidrios despierta al perrazo –un San Bernardo- que dormita bajo la mesa en la que conversamos. El perrazo alza levemente la cabeza, con una oreja bien enhiesta, comprueba que no ocurre nada especial y reemprende la siesta.

Este primer tramo del verano de 2016 está siendo en La Habana aún más caluroso y húmedo que de costumbre. Esta misma mañana, Radio Reloj ha informado de que se están batiendo todos los récords de altas temperaturas desde que existen registros. El bochorno se traduce a media tarde en una acumulación de nubarrones foscos que descargan un tremendo aguacero y no tardan en irse a otra parte con su música de truenos apocalípticos.

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Jorge Perugorría explicando el personaje Mario Conde, de las novelas policíacas de Leonardo Padura

Pero eso llegará dentro de un rato, porque ahora aún estamos en la sobremesa del almuerzo y el cielo está despejado sobre esta localidad marinera próxima a La Habana donde vive Perugorría. He ido a verle para hablar de la adaptación cinematográfica –un largometraje para la gran pantalla y seis capítulos de una serie televisiva- que ha hecho el director español Félix Viscarret de Cuatro Estaciones, las primera cuatro entregas de las aventuras del teniente de Policía Mario Conde escritas por Leonardo Padura. El rodaje se hizo en la primera parte del año en La Habana –exteriores- y en Canarias –interiores en una antigua fábrica de tabaco-, y el resultado está listo para ser presentado a la crítica y el público. Se hará oficialmente el próximo septiembre en el Festival de Cine de San Sebastián.

Hace un par de días, ya estuve conversando sobre esto con Mario (Mayito) Guerra, el actor cubano que encarna en la película y la serie al personaje de Candito el Rojo, el amigo pícaro del teniente Conde. Lo hicimos tomando mojitos en el patio arbolado de Espacios, uno de los locales de copas de moda en La Habana. Estaba muy contento por haber dado vida a Candito, con el que él -actor “empírico”, dice, para señalar que es autodidacta, que no hizo estudios de arte dramático, que empezó de utilero en la tramoya de un teatro- siente tener semejanzas. “Candito”, explicó, “es un tipo de bien en la frontera de la legalidad, como tanta gente en este país. Sobrevive con sus bisnis, con sus trapicheos de poca monta, con cualquier mierda, y tiene una relación ambivalente con Mario Conde. El policía es un viejo amigo y Candito quiere ayudarle en sus investigaciones, pero su código ético le hace muy difícil darle de buenas a primeras la información que le pide”.

No he podido, en cambio, hablar con Padura, porque anda por España. Pero ustedes ya saben que él ha sido el introductor en Cuba de la ausencia de maniqueísmo, los matices de gris y el trasfondo social que precisa el género negro. Hasta entonces, y durante décadas, la ficción policial cubana estaba monopolizada por los productos literarios, televisivos y cinematográficos patrocinados por el Ministerio del Interior, donde todos los policías eran honestos trabajadores y todos los delincuentes, agentes de la contrarrevolución, y donde los malos siempre intentaban escaparse en carros o lanchas de fabricación estadounidense.

El almendrón que me lleva por La Habana, un Chevrolet de 1949, también es de fabricación estadounidense, aunque de mantenimiento artesanal genuinamente cubano. Luce un banderín azulgrana del Barça colgando del espejo retrovisor; la afición al fútbol es una de las novedades que estoy detectando en Cuba en relación a mis viajes de hace tres o cuatro lustros. Otras son la menor presencia de retórica oficialista, la existencia de una oferta de aceptables restaurantes, bares de copas y centros culturales privados –estupenda La Fábrica- y, sobre todo, el nacimiento de la esperanza de que el deshielo con Estados Unidos pueda mejorar la estrechez de la vida material de la mayoría de la gente.

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Improvisada velada musical en el restaurante Santy, La Habana, verano de 2016

Nadie, sin embargo, expresa el deseo de que Cuba vuelva a convertirse en un apéndice colonial de Estados Unidos. La bienvenida a los turistas y las inversiones norteamericanos suele ir acompañada de la proclamación de la voluntad de preservar la dignidad y la soberanía de la isla y del añadido de que una activa presencia española y europea en la isla podría contribuir a ello. No otra cosa me transmiten Perugorría y Guerra cuando hablamos de la adaptación al cine de la obra de Padura.

Perugorría es un tipo muy simpático. Habla a grandes voces, suelta constantes carcajadas, se declara contrario a lo que llama “persecución del tabaco”, rellena con generosidad los vasos de ron y te hace sentir que eres su amigo desde el momento mismo en que te estrecha la mano. Hoy lleva una camiseta azul con el rostro estampado de Jack Nicholson en Alguien voló sobre el nido del cuco.

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Perugorría y Valenzuela, La Habana, Junio de 2016

Tiene muy claro el personaje que interpreta en la película y la serie dirigida por Viscarret. “Mario Conde”, dice, “viene de vuelta, es un nostálgico de mierda. Tiene nostalgia de esa Cuba que se pretendió construir y que nunca fue; siente la frustración de que el país con el que soñamos era inviable. Pero eso”, añade, “no le impide asumir con dignidad su presente. Pese a su fracaso político e intelectual, mantiene unos valores humanos cojonudos. Esos valores a los que no renuncia, pese a saber que son difíciles o casi imposibles de aplicar, son los humanistas. Mario Conde es agridulce, un héroe y un antihéroe, un perdedor con dignidad. Aunque esté en la pobreza nunca pactará con el mal”.

Perugorría dice maravillas de la profesionalidad de Viscarret y el equipo español, que, afirma, han sabido introducir el lenguaje de las series televisivas en esta adaptación de la tetralogía de Padura. Una adaptación de la que ya se ha enamorado Hollywood, que planea un remake en inglés con Antonio Banderas o Benicio del Toro en el papel de Mario Conde, ese teniente de Policía que, en un momento dado, puede soltarle a una muchacha: “¿Tú sabes cuál mi problema? Que casi siempre hago lo que no quiero hacer y casi nunca hago lo que quiero hacer”.

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El actor Mario Guerra hablando de Candito el Rojo

Este verano, en la sauna habanera huele a desinfectante, ron, sudor y sexo, se habla largo y tendido de las recientes visitas de Obama y los Rolling Stones, se sueña con un futuro mejor mientras se sigue luchando por sobrevivir, los flamboyanes ponen el rojo y casi todo el mundo esconde algo. Pero, sobre todo, uno no para de reírse. “El choteo sobre nosotros mismos es lo que nos destruye y nos salva”, dice Mayito Guerra. Como anuncia el tráiler de las Cuatro estaciones, el noir nunca ha sido tan colorido como cuando transcurre en La Habana.

Una primera versión de este artículo fue publicada en la revista Fiat Lux el 5 de julio de 2016

Un país en B

No por menos repetido deja de ser cierto: Rajoy y los suyos ya serían hoy pasado en bastantes de las democracias situadas al norte de los Pirineos, un pasado tan bochornoso como el de Nixon y Watergate para Estados Unidos. Pero nos perdimos la reforma protestante, el siglo de las Luces, la revolución industrial y la caída de los fascismos en la II Guerra Mundial. No sólo geográficamente, también política y éticamente, seguimos al sur de los Pirineos, herederos de una tradición secular de autoritarismo, tolerancia con la corrupción y cultivo de la picaresca.

Acabo de ver B, la película sobre la declaración de Bárcenas ante el juez Ruz del 15 de julio de 2013. Conocía los principales contenidos de esa declaración, como la mayoría de ustedes, pero una cosa es haberlos leído o escuchado fragmentariamente y otra, asistir durante algo más de una hora a una exposición tan descarnada sobre cómo funciona la España de la política y los negocios. Aunque uno le tenga poca confianza al sistema, como es mi caso, la exposición de Bárcenas te deja patidifuso.

España es un buen ejemplo de que el pescado comienza a pudrirse por la cabeza. Lo que Bárcenas le contó ese día al juez Ruz fue cómo era de lo más normal que un empresario donase dinero en negro al PP para congraciarse con sus dirigentes en la perspectiva de presentes o futuras recalificaciones de terrenos, licencias de apertura o concesiones de obras y servicios públicos. Y cómo ese dinero era repartido en sobresueldos para esos dirigentes y en gastos extraordinarios del partido y sus campañas electorales. Todo, por supuesto, en sobres con billetes y sin declarar ni un céntimo a Hacienda.

Bárcenas es más un contable de la Mafia que un fabulador: su credibilidad, una vez que ha roto la ley de la omertá y colabora con la Justicia, es digna de ser tomada en consideración por el jurado. Cabe suponer que aún oculta cosas -aquellas que puedan incriminarle o poner en peligro a los suyos-, pero las cosas que revela son verosímiles y bastantes de ellas han sido confirmadas documentalmente por los investigadores.

Aún resulta más escalofriante la naturalidad con la que se expresa. Lo que está diciendo es que hay que ser un don nadie para desconocer que las cosas funcionan así, en despachos alfombrados y restaurantes con muchas estrellas, siempre con sonrisas, eufemismos y sobreentendidos, no cometiendo jamás la grosería de ser explícito, expresando el deseo de volver a verse pronto en una pista de esquí y póngame, entretanto, a los pies de su señora.

B tuvo una raquítica distribución en su estreno en salas comerciales, a comienzos de este otoño. Los periodistas de TVE tuvieron que dar batalla para conseguir que la cadena diera cuenta en sus informativos de la salida del largometraje. La mayoría de los otros grandes medios impresos y audiovisuales tampoco fue generosa en su cobertura: los papeles de Bárcenas incluyen los nombres de accionistas y anunciantes de postín. Ahora hay una movilización para que la película, aspirante a una docena de candidaturas a los premios Goya, pueda verse en la tele.

B fue primero una obra teatral; el navarro David Iludáin la llevó al cine consiguiendo algo de dinero de cineastas amigos y una campaña popular de crowfunding. Estrictamente basada en la declaración del 15 de julio de 2013, sin añadidos ni comentarios, se desarrolla en un único escenario, una sala estrecha y calurosa de la Audiencia Nacional, y no cuenta con otros personajes que los participantes en aquella ceremonia. El actor Pedro Casablanc encarna con brillantez el papel del tesorero, y Manuel Solo, el del magistrado.

Creía estar hastiado del caso Bárcenas hasta que he visto esta película. Es la magia del cine, su capacidad para anclarte en el asiento si está bien hecho. Y B, un documental interpretado por actores, está muy bien hecho. Ya cabe incluirlo en el cine negro español, cine negro de no ficción sobre delincuencia de cuello blanco.

Hasta puede aventurarse una respuesta a la pregunta que esta obra plantea en su subtítulo: “¿La verdad no cambia nada?”. Pues no, aquí la verdad no cambia nada o, en el mejor de los casos, cambia poco. Aquí somos muy de tradiciones, como rebuznan los defensores del Toro de la Vega. Aquí es probable que –solo o apoyado por quien dios, o sea el IBEX, manda- el PP vuelva a gobernar.