Lo hicieron por ti

Republicanos canarios encerrados en Gando por los franquistas

“-El caso es resistir –convino Juan.

-O sobrevivir –corrigió Agustín.

-Que es otra forma de resistir.”

Los milagros prohibidos, Alexis Ravelo.

Me irritan aquellos que para recomendar una determinada novela, película o serie televisiva pontifican que es “imprescindible” (ya no digamos cuando usan inadecuadamente el vocablo “imperdible”). Nada es “imprescindible” en esta vida, excepto unas cuantas cosas: algo de salud, amor y amistad, un techo y un puchero modestos, un mínimo de libertad y dignidad. Me limitaré, pues, a decir que si aún no la ha leído, Los milagros prohibidos, de Alexis Ravelo, puede resultarle una novela excelente para el equipaje de este verano. En mi opinión, una de las mejores de la cosecha en castellano en lo que llevamos de año.

El canario Ravelo es uno de los autores más sólidos de nuestra novela negra, y aquí mismo ya comenté su Las flores no sangran. Sin embargo, en Los milagros prohibidos (Siruela, 2017) cambia de tercio y cuenta una historia situada en el verano de 1936 en la isla canaria de La Palma. Una historia de lealtad en el comienzo de la Guerra Civil española.

La Guerra Civil produjo episodios que pueden inspirar centenares de libros y películas, como los han inspirado y siguen inspirando la II Guerra Mundial y el Holocausto. Sabemos, no obstante, que a la derecha carpetovetónica le fastidia el que nuestros creadores sitúen allí sus historias. Tiene que ver con su propio complejo de culpa en relación a ese conflicto fratricida y la larga dictadura militar que le siguió. La especie de posfranquismo que rige España ni asume ni condena con claridad sus orígenes, así que prefiere que nadie hable de ellos.

Pero mientras las historias estén bien contadas –eso es lo importante-, ni al lector ni al espectador le sobran las visitas a períodos particularmente dramáticos del pasado. Entre otras razones, como suele repetirse, para intentar evitar que se repitan. Pero también porque en esos momentos catastróficos los seres humanos llevan al máximo sus capacidades para la bellaquería o el heroísmo, para el amor o odio, materiales todos ellos altamente literarios.

Ocurrió que en el verano de 1936 la isla de La Palma siguió fiel a la II República y su recién elegido gobierno democrático, mientras el resto del archipiélago canario quedaba en manos de los golpistas de Franco. Los golpistas, claro, no tardaron en revolverse contra los palmeros leales y se inicio así en la isla una caza de rojos de estremecedora ferocidad. En ese contexto sitúa Ravelo a los protagonistas de su novela: el maestro de escuela Agustín Santos, obligado a vagar por los montes de La Palma con un revólver que no quiere usar; su esposa, Emilia, acosada entretanto por los falangistas en la capital de la isla; el insaciable Floro el Hurón, guía de las escuadras que dan caza a los republicanos huidos.

No es esta, insisto, una novela negra. Pero Ravelo le aplica todo lo que ha aprendido escribiendo novela negra: una prosa limpia y rica, unos personajes memorables, unos diálogos espléndidos y un montaje que deja sin aliento al lector. Ravelo sigue construyendo una inconfundible voz propia, una voz teñida de un acento canario que la emparenta con la gran narrativa latinoamericana. Tengo la impresión de que estamos ante un grande.

¿Sirvió para algo el heroísmo de aquellos palmeros que se echaron al monte para defender la legalidad democrática? La primera respuesta que viene a la cabeza es negativa. No, no sirvió para nada. La isla de La Palma, el archipiélago canario y toda España terminaron en manos de los golpistas, que prolongaron su dominio durante 40 años de franquismo y quizá lo hayan seguido prolongando durante los siguientes 40 años de una democracia manifiestamente mejorable. “España es ese país donde Dios está siempre del lado de los mediocres”, se lee en un momento dado en Los milagros prohibidos. 

Y sin embargo, hacia el final de la novela, el narrador cuenta que uno de sus personajes responde así a la pregunta: “Lo hicieron porque creían en la justicia, en la lucha contra la infamia, en un mundo mejor. Y una vez que estaba borracho, casi se le saltaron las lágrimas acordándose de ellos, y acabó diciéndome que, en realidad, lo hicieron por el futuro y por los demás. ´Lo hicieron por todos, Paquito. Lo hicieron por ti´.”

Una versión previa de este artículo fue publicada por el autor en Cartelera Turia (Valencia) el 12 de abril de 2017.

 

Justiciero animalista

He ido llegando a la conclusión de que a la humanidad terminará repugnándole comer carne de animales. No digo que vaya a ocurrir en un futuro inmediato, en cuestión de pocas décadas, pero es probable que suceda en, digamos, dos o tres siglos. ¿Quién hubiera pensado en el Estados Unidos de la Declaración de Independencia que un negro ocuparía el Despacho Oval? ¿Cómo habrían reaccionado los nobles ingleses o alemanes de la Edad Media si alguien les hubiera pronosticado que sus naciones serían algún día gobernadas por mujeres elegidas democráticamente? ¿Podrían haber imaginado los verdugos que su oficio desparecería en numerosos países civilizados a lo largo del siglo XX?

Aunque con graves retrocesos temporales, la humanidad no ha dejado de avanzar por el camino de la empatía, del ponerse en la piel del otro, desde los tiempos en que vivía en cavernas. Primero, lógicamente, aplicándose el cuento a sí misma: igualdad de razas, géneros y clases sociales. Pero, aunque esta tarea esté lejos de haber sido culminada, ya tenemos signos manifiestos de que tal sensibilidad puede extenderse a los animales. En la misma España, aumenta el número de veganos y vegetarianos, especialmente entre la juventud, y también aumenta la oposición a las barbaridades cometidas contra animales en nombre de tradiciones bárbaras.

Rafael García Maldonado maneja un gran tema en su novela Por un perro sin tumba (Anantes, 2017). ¿Y si aparece en  Málaga y su Costa del Sol un asesino en serie de motivaciones animalistas, un vengador de las crueldades cometidas contra perros, gatos, caballos o toros? El planteamiento no es solo original, sino también pertinente. ¿No hay un sentimiento de hartazgo ante la brutalidad con los animales en esas reacciones de alegría ante la muerte en el ruedo de un torero que se expresan en redes sociales? No estoy justificándolas, tan solo constatando que cada vez hay más gente indignada porque se llame cultura a la tortura y héroe al matarife, por muy vestido de oropeles que vaya.

La novela de García Maldonado arranca cuando el doctor Antonio Antúnez, superviviente de un síncope en un páramo de la Sierra de las Nieves, se angustia ante lo que haya podido ocurrirle a su perro, un labrador de ocho años y color negro, desaparecido en el incidente. Comienza a buscarlo, solicitando incluso la ayuda de Jack Safont, un inglés afincado en la Costa del Sol que se dedica a rescatar perros abandonados (“Mi mujer se encarga de buscar adoptantes en otros países a través de la página web que hemos hecho; si me perdona, bastante más civilizados que el suyo”). García Maldonado, que pertenece a los civilizados, se mete también en el pellejo del perro de Antonio Antúnez, antaño mimado y ahora perdido, hambriento y apedreado. Quizá termine siendo capturado por esa gentuza liderada por un tal Eneas que organiza en la zona  peleas clandestinas de canes.

Entretanto, el asesino va matando a maltratadores de animales. Matándoles con la misma ferocidad que ellos han aplicado a sus víctimas peludas: desmembrándolos, hirviéndolos en aceite, agujereándoles la barriga, enjaulándolos… Con técnicas, por cierto, que la Inquisición también aplicaba a humanos. Exurge, Domine, et Judicam Causam Tuam. Álzate, Señor, defiende tu causa.

Por un perro sin tumba está muy bien escrita, tiene diálogos vibrantes y describe con realismo la Málaga negra. El autor ha arriesgado con el uso de la narración en presente, más incómoda para el lector en relatos largos, y quizá ha querido meter demasiadas cosas en esta obra: desde la violencia machista hasta el tráfico de estupefacientes, pasando por la destrucción del paisaje mediterráneo y los trapicheos farmacéuticos. Quiero decir meterlas no como telón de fondo, sino en un plano de igualdad o casi igualdad con el tema principal. Pero este tema, el del justiciero que castiga a los que maltratan animales, termina imponiéndose.

Rafael García Maldonado

El inspector jefe Valcárcel y la inspectora Ana Zuloaga son los encargados de dar caza al justiciero, que, evidentemente, es un psicópata. Lo consigan o no, la novela deja claro que las víctimas de este asesino en serie no eran tan inocentes. El autor lo hace explícito a través del personaje de Antonio Antúnez: “¿Inocentes, Ana? Eres una inspectora brillante, pero no entiendo por qué no ves más allá de tus narices biempensantes. Puede que para ti y otra mucha gente sean inocentes, pero para otra, vaya si lo creo, sí eran culpables de algo. (…) A veces, lo queramos o no, la justicia no llega a casi ningún sitio, y es necesario que se haga con las armas de las que se disponga; no queda más remedio”.

Obra de protagonismo coral, con momentos de gran dureza, Por un perro sin tumba plantea la eterna pregunta de qué hay en tantos seres humanos que les hace disfrutar con el sufrimiento ajeno. El de sus congéneres y, si no pueden, el de los animales. El escritor malagueño no puede –nadie puede- dar una respuesta a esta cuestión, pero sí ofrece su propia visión del mundo. “El XVIII es mi siglo favorito, ¿sabe, padre? El Siglo de las Luces.” La frase es de Antonio Antúnez en una conversación con un cura a propósito de las parrilladas públicas que organizaba la Inquisición en estas tierras celtibéricas.

Vuelvo a mi reflexión inicial. Si en el futuro se termina considerando repugnante matar animales para comérselos, ¿cómo obtendrán los humanos las proteínas y demás? No lo sé, pero puedo imaginar que se obtendrán de vegetales o productos químicos. Puedo incluso imaginar que se fabricarán  alimentos veganos con deliciosos sabores artificiales. ¿Por qué no? Si el ser humano aplica las Luces termina resolviendo casi todo.

Oficina de leyendas

Fotograma de “Le Bureau des légendes”

La sed de los espías es insaciable. Cuando se hayan bebido toda el agua potable del planeta -y también todos sus demás líquidos, alcohólicos y no alcohólicos-, desalinizarán los océanos para poder seguir bebiendo. Su coartada es teóricamente impecable: nos espían a todos por nuestro propio bien, para proteger nuestra seguridad, la individual y la colectiva. Todos somos niños pequeños que necesitamos estar permanente vigilados por padres o tutores que no hemos podido escoger.

No es de extrañar que, por órdenes del Gobierno o por iniciativa propia, el entonces llamado CESID -hoy CNI- escuchara y grabara las conversaciones telefónicas de Juan Carlos I, el mismísimo jefe del Estado al que ese organismo decía servir. Nunca se sabe que sabrosas confidencias –amoríos, negocios, filias, fobias- pueden caer en el saco. Nunca se sabe cuándo esas confidencias pueden resultarles útiles a alguien –el Gobierno, los mismos espías, algún banquero o empresario, algún aliado extranjero- para hacer algún chantaje. Tú guárdalo por si acaso.

Hemos escuchado estos días algunos fragmentos de las conversaciones de Juan Carlos I que fueron interceptadas en 1990 por el CESID y hemos confirmado así que el anterior monarca, amén de campechano, era un mujeriego impenitente. Pero la pregunta que surge de inmediato es quién y para qué utilizaría en su momento esa información. Seguro que no fue tan solo para bromear con el jefe de Estado sobre lo feliz que le hacía tal o cual dama.

Hace dos o tres años también supimos que los espías norteamericanos de la CIA y la NSA interceptan a placer las conversaciones telefónicas y la actividad en Internet de miles de políticos, empresarios, periodistas, científicos y activistas de todo el planeta. Gente toda ella poco sospechosa de pertenecer a ISIS, Al Qaeda u organizaciones diabólicas semejantes. ¿Rompió por ello Alemania, Francia o algún otro de los damnificados sus relaciones diplomáticas con Estados Unidos? En absoluto. Las protestas fueron tan tímidas que ni se escucharon. Y, por supuesto, no faltaron cretinos para salir en las teles y decir que ese espionaje masivo es normal y hasta saludable -es por nuestra seguridad- y que si uno no tiene nada malo que ocultar no debe enfadarse porque violen su privacidad sin su consentimiento.

En realidad, los espías se espían hasta a sí mismos. Y no me estoy refiriendo al lógico seguimiento de la actividad de los servicios rivales. Lo que estoy diciendo es que los servicios de inteligencia también escrutan subrepticiamente a sus propios agentes. ¿Qué hacen en sus ratos libres? ¿A quién ven? ¿Con quién se divierten o se acuestan? ¿Cabe alguna posibilidad de que sean topos del enemigo o desarrollen una agenda propia? En las cloacas ninguna lealtad está garantizada.

El actor Mathieu Kassovitz interpreta al agente Debailly

Lo cuenta de modo excelente la serie televisiva francesa Le Bureau des légendes. Que yo sepa, esa serie no se emite en España, lo que es una pena para los aficionados a las ficciones sobre espías. Unas ficciones que esos aficionados saben o intuyen  –y así lo confirma el maestro Le Carré- que en muchas ocasiones son lo más aproximado a un reportaje periodístico que puede hacerse sobre ese submundo.

Producida por el Canal + francés, Le Bureau des légendes pertenece a la categoría de ficción realista, creíble, verosímil. Ofrece una extraordinaria cantidad de información sobre el funcionamiento de la DGSE (Direction Générale de la Sécurité Extérieure), el principal servicio de inteligencia francés. Lo hace a través de las andanzas de un agente llamado Guillaume Debailly, que, tras una estancia en el Damasco en guerra,  debe encargarse de la desaparición de uno de sus compañeros en Argelia. A partir de ahí la serie nos cuenta la formación de los agentes clandestinos, el control permanente al que están sometidos, los trucos de los servicios de inteligencia para utilizar como tapaderas otros servicios más “amistosos” del Estado y la cantidad enorme de información que  pueden obtener a través de los teléfonos y de Internet.

Guillaume Debailly no es un superhéroe como los mucho menos verosímiles James Bond o Jason Bourne. Sus principales recursos no son su capacidad para seducir bellezas o  combatir con las manos desnudas, una Walther PPK o algún gadget de laboratorio. Su principal arma es su capacidad para construir un personaje falso y hacerlo creíble ante los ojos de aquellos que bien podríamos llamar sus víctimas. Su arte para vivir bajo diversas identidades a la vez.

El hombre de las mil caras es el título de la película española sobre nuestro más célebre espía contemporáneo, Francisco Paesa. Una buena película y un buen título.

Cine neoquinqui

Galería de personajes de la película “Criando ratas”

Estallada la embriagadora burbuja de la prosperidad, España vuelve a sufrir niveles de paro, pobreza y desigualdad que recuerdan a la segunda mitad de los años Setenta y el comienzo de los Ochenta del pasado siglo. ¿Tendrá esto algo que ver con el hecho de que un largometraje como Criando ratas nos parezca tan verosímil? Carlos Salado ha filmado con cruel hiperrealismo los actuales suburbios de Alicante en esta película, presentada el 28 de noviembre en la Casa Encendida de Madrid. El resultado es desolador: un paisaje de bloques de ladrillo visto, decorado con grafitis delirantes y poblado por una juventud sin otros horizontes que la droga, la prostitución y la violencia.

 Criando ratas nos devuelve a los ambientes urbanos marginales de aquellos filmes rodados hace siete u ocho lustros por Carlos Saura, Eloy de la Iglesia y José Antonio de la Loma, solo que ahora los chavales locales deben enfrentarse en sus territorios a la competencia de las bandas de gorilas forzudos y tatuados procedentes del Este de Europa. Salado –guionista y director del filme- y Rubén Fernández –su productor- hacen bien en calificar esta obra de cine neoquinqui.

Ahora, es cierto, no se padece la “inseguridad ciudadana” de aquellos tiempos de la Transición, cuando la proliferación de atracos a transeúntes, pequeños comercios, sucursales bancarias y gasolineras arrancaba en las derechas la afirmación de que con Franco se vivía mejor; ni tampoco muere cada día un joven por sobredosis de heroína. Quizá es que las colosales medidas de seguridad adoptadas desde entonces disuadan a potenciales delincuentes juveniles de actuar en el centro de las ciudades, quizá es que, como ocurre en los barrios negros de Estados Unidos, los marginados se maten entre ellos. El asunto merece una reflexión aparte.

En todo caso, la realidad de los arrabales vuelve a estallarnos en la cara en Criando ratas. La película de Salado nos presenta esa realidad con un guion de ficción y actores no profesionales y paisajes naturales que le dan la autenticidad de un documental. El personaje de El Cristo, encarnado por Ramón Guerrero, dispone de un día para pagar una deuda por drogas y ese día va a ser el de su penúltimo descenso a los infiernos. Salado es inmisericorde a la hora de detallarnos esa jornada. Lo hace de un modo coral: a través de las andanzas de El Cristo y otros chicos y chicas del barrio.

“Navajeros”, de Eloy de la Iglesia (1980)

La rumba que arranca la película (“Pasa el canutito”) y la primera conversación en un bar del principal protagonista (“El futuro que llevas tú es muy corto”, le dice el camarero) vinculan sin rodeos esta historia con aquellas de los tiempos de los asaltos a punta de navaja o  escopeta de cañones recortados protagonizados por El Vaquilla, El Jaro, El Torete, El Pirri y otros chavales que querían ganar dinero rápidamente y quemar la vida aun más deprisa. La técnica y el lenguaje empleados por Salado son, sin embargo, contemporáneos, parientes de esas series televisivas norteamericanas tan buenas como negras. Salado, que define su trabajo como “cine de guerrillas”, tiene madera.

Criando ratas ha ido gestándose a lo largo de los últimos seis años y ha sido financiada con precariedad y total independencia por sus dos autores. La mayoría de sus peripecias de la película les han sido relatadas a Salado por vecinos de los barrios alicantinos de Colonia Requena, Virgen del Remedio, Mil Viviendas, Rabasa o San Agustín. Tienen la veracidad de aquello que la gente vive pero no sale en los periódicos o los telediarios. Por ejemplo, el ingreso en prisión del propio Ramón Guerrero durante la gestación de la película.

Si retrocedemos tres o cuatro décadas en lo socioeconómico, si la Policía recibe de nuevo licencia gubernamental para repartir hostias a diestro y siniestro, si la Prensa hegemónica es tan complaciente con lo existente como el Arriba del pasado, quizá sea normal que también vuelva el cine quinqui. ¿Qué más da que el coche fetiche sea ahora un Audi y no un Seat 124 o 1430?

Una primera versión de este texto fue publicada en Cartelera Turia el 2 de diciembre de 2016

Cuba, hormigas en la boca

Before-Castro-5Federico García Lorca fue muy feliz durante los cuatro meses de 1930 que pasó en Cuba, quizá jamás conociera una dicha semejante en su tristemente breve existencia. Tan es así que dejó dicho: “Si me pierdo, que me busquen en La Habana”.

Miguel Barroso sitúa su novela Amanecer con hormigas en la boca en la estela de esta sentencia del poeta granadino. Recién liberado de una cárcel franquista, donde ha purgado una condena por enfrentarse a la dictadura con las armas en la mano, Martín Losada viaja a la capital cubana en busca de un amigo y de un botín. El amigo, Albert Dalmau, escapó a la operación policial en la que Losada fue capturado y desde entonces anda en paradero desconocido. Pero Losada cree que puede encontrarle en La Habana: a Dalmau le gustaba repetir la frase de García Lorca.

Amanecer con hormigas en la bocaAmanecer con hormigas en la boca acaba de ser reeditada por Literatura Random House, diecisiete años después de su primera publicación en Debate. Que yo conozca, es una de las pocas novelas negras españolas contemporáneas ambientadas en Cuba. Y el que Barroso sea mi amigo no debería impedirme decir que es una de las novelas negras españolas mejor escritas. Queda, pues, dicho.

Las noticias de Cuba llenan estos días páginas y minutos en los diarios y los telediarios. Es extraordinario que una isla muchos menos grande que Australia, no demasiado rica en recursos naturales y poblada por apenas doce millones de personas despierte tanto interés. No solo en España -lo natural dados nuestros vínculos históricos, culturales y humanos-, sino en todo el planeta. Y también resulta sorprendente que Cuba sea una potencia médica, musical y artística muy superior a su demografía y su economía.

El castrismo puede explicar parte de este interés y esta potencia. Durante más de medio siglo ha interpretado universalmente el mito del David que planta cara valientemente al Goliat estadounidense. Sin los componentes de patriotismo cubano, orgullo latinoamericano y antiimperialismo global, no se entienden ni la popularidad de este régimen entre buena parte de su población ni las simpatías que aún despierta fuera de sus fronteras. Que el castrismo no haya sido nunca democrático y haya impuesto en la isla un desastroso sistema productivo es algo que hemos leído y escuchado lo suficiente desde que muriera Fidel Castro el pasado sábado.

Pero Cuba ya resultaba atractiva antes de Castro, ya era uno de esos lugares que encarna sueños cálidos, húmedos y salados. También era uno de los países más vibrantes al sur de Estados Unidos. Y un territorio fértil para la literatura policíaca y de espionaje. Lo demostró Graham Greene con su Nuestro hombre en La Habana.

Regimen Batista

Represión y gansterismo en la Cuba de Batista

Justo en los caóticos últimos días del régimen de Batista sitúa Barroso su novela. Su documentada reconstrucción de aquel período de sexo desenfrenado, música celestial, casinos mafiosos y represión brutal es motivo suficiente para leerla. En el gallinero de voces que ahora pontifican sobre las luces y sombras de Fidel Castro cabe lamentar la ausencia de información sobre las luces y sombras de Batista.

Barroso es uno de los españoles que mejor conoce Cuba, donde pasa largas temporadas desde los Ochenta. No ha escrito, sin embargo, una novela cuyo único interés sea la recreación de un determinado lugar en un determinado momento. Ha hecho asimismo una interesante aportación a esa estirpe del género negro que tiene la amistad  -y la traición a la amistad- como historia, la de El largo adiós de Chandler. Una aportación con música de bolero, sabor de daiquiri y perfume de corrupción.

Habana Noir

La Habana, verano de 2016

La Habana, verano de 2016

Jorge Perugorría se embucha un trago de ron (Havana Club blanco y añejo de un trienio), introduce otro cigarrillo H. Upmann en la boquilla y dice: “Soñaba desde hacía quince años con interpretar a Mario Conde y ahora lo he conseguido”. Suelta una gran carcajada y añade: “Estoy de acuerdo con Padura: ahora es cuando mejor puedo interpretar a su personaje, ahora ya estoy lo suficientemente pasado por la carretera de la vida”.

Tomo mi vaso, le muestro que está vacío, él lo rellena de ron, le añade dos cubitos de hielo y brindamos. El entrechocar de los vidrios despierta al perrazo –un San Bernardo- que dormita bajo la mesa en la que conversamos. El perrazo alza levemente la cabeza, con una oreja bien enhiesta, comprueba que no ocurre nada especial y reemprende la siesta.

Este primer tramo del verano de 2016 está siendo en La Habana aún más caluroso y húmedo que de costumbre. Esta misma mañana, Radio Reloj ha informado de que se están batiendo todos los récords de altas temperaturas desde que existen registros. El bochorno se traduce a media tarde en una acumulación de nubarrones foscos que descargan un tremendo aguacero y no tardan en irse a otra parte con su música de truenos apocalípticos.

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Jorge Perugorría explicando el personaje Mario Conde, de las novelas policíacas de Leonardo Padura

Pero eso llegará dentro de un rato, porque ahora aún estamos en la sobremesa del almuerzo y el cielo está despejado sobre esta localidad marinera próxima a La Habana donde vive Perugorría. He ido a verle para hablar de la adaptación cinematográfica –un largometraje para la gran pantalla y seis capítulos de una serie televisiva- que ha hecho el director español Félix Viscarret de Cuatro Estaciones, las primera cuatro entregas de las aventuras del teniente de Policía Mario Conde escritas por Leonardo Padura. El rodaje se hizo en la primera parte del año en La Habana –exteriores- y en Canarias –interiores en una antigua fábrica de tabaco-, y el resultado está listo para ser presentado a la crítica y el público. Se hará oficialmente el próximo septiembre en el Festival de Cine de San Sebastián.

Hace un par de días, ya estuve conversando sobre esto con Mario (Mayito) Guerra, el actor cubano que encarna en la película y la serie al personaje de Candito el Rojo, el amigo pícaro del teniente Conde. Lo hicimos tomando mojitos en el patio arbolado de Espacios, uno de los locales de copas de moda en La Habana. Estaba muy contento por haber dado vida a Candito, con el que él -actor “empírico”, dice, para señalar que es autodidacta, que no hizo estudios de arte dramático, que empezó de utilero en la tramoya de un teatro- siente tener semejanzas. “Candito”, explicó, “es un tipo de bien en la frontera de la legalidad, como tanta gente en este país. Sobrevive con sus bisnis, con sus trapicheos de poca monta, con cualquier mierda, y tiene una relación ambivalente con Mario Conde. El policía es un viejo amigo y Candito quiere ayudarle en sus investigaciones, pero su código ético le hace muy difícil darle de buenas a primeras la información que le pide”.

No he podido, en cambio, hablar con Padura, porque anda por España. Pero ustedes ya saben que él ha sido el introductor en Cuba de la ausencia de maniqueísmo, los matices de gris y el trasfondo social que precisa el género negro. Hasta entonces, y durante décadas, la ficción policial cubana estaba monopolizada por los productos literarios, televisivos y cinematográficos patrocinados por el Ministerio del Interior, donde todos los policías eran honestos trabajadores y todos los delincuentes, agentes de la contrarrevolución, y donde los malos siempre intentaban escaparse en carros o lanchas de fabricación estadounidense.

El almendrón que me lleva por La Habana, un Chevrolet de 1949, también es de fabricación estadounidense, aunque de mantenimiento artesanal genuinamente cubano. Luce un banderín azulgrana del Barça colgando del espejo retrovisor; la afición al fútbol es una de las novedades que estoy detectando en Cuba en relación a mis viajes de hace tres o cuatro lustros. Otras son la menor presencia de retórica oficialista, la existencia de una oferta de aceptables restaurantes, bares de copas y centros culturales privados –estupenda La Fábrica- y, sobre todo, el nacimiento de la esperanza de que el deshielo con Estados Unidos pueda mejorar la estrechez de la vida material de la mayoría de la gente.

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Improvisada velada musical en el restaurante Santy, La Habana, verano de 2016

Nadie, sin embargo, expresa el deseo de que Cuba vuelva a convertirse en un apéndice colonial de Estados Unidos. La bienvenida a los turistas y las inversiones norteamericanos suele ir acompañada de la proclamación de la voluntad de preservar la dignidad y la soberanía de la isla y del añadido de que una activa presencia española y europea en la isla podría contribuir a ello. No otra cosa me transmiten Perugorría y Guerra cuando hablamos de la adaptación al cine de la obra de Padura.

Perugorría es un tipo muy simpático. Habla a grandes voces, suelta constantes carcajadas, se declara contrario a lo que llama “persecución del tabaco”, rellena con generosidad los vasos de ron y te hace sentir que eres su amigo desde el momento mismo en que te estrecha la mano. Hoy lleva una camiseta azul con el rostro estampado de Jack Nicholson en Alguien voló sobre el nido del cuco.

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Perugorría y Valenzuela, La Habana, Junio de 2016

Tiene muy claro el personaje que interpreta en la película y la serie dirigida por Viscarret. “Mario Conde”, dice, “viene de vuelta, es un nostálgico de mierda. Tiene nostalgia de esa Cuba que se pretendió construir y que nunca fue; siente la frustración de que el país con el que soñamos era inviable. Pero eso”, añade, “no le impide asumir con dignidad su presente. Pese a su fracaso político e intelectual, mantiene unos valores humanos cojonudos. Esos valores a los que no renuncia, pese a saber que son difíciles o casi imposibles de aplicar, son los humanistas. Mario Conde es agridulce, un héroe y un antihéroe, un perdedor con dignidad. Aunque esté en la pobreza nunca pactará con el mal”.

Perugorría dice maravillas de la profesionalidad de Viscarret y el equipo español, que, afirma, han sabido introducir el lenguaje de las series televisivas en esta adaptación de la tetralogía de Padura. Una adaptación de la que ya se ha enamorado Hollywood, que planea un remake en inglés con Antonio Banderas o Benicio del Toro en el papel de Mario Conde, ese teniente de Policía que, en un momento dado, puede soltarle a una muchacha: “¿Tú sabes cuál mi problema? Que casi siempre hago lo que no quiero hacer y casi nunca hago lo que quiero hacer”.

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El actor Mario Guerra hablando de Candito el Rojo

Este verano, en la sauna habanera huele a desinfectante, ron, sudor y sexo, se habla largo y tendido de las recientes visitas de Obama y los Rolling Stones, se sueña con un futuro mejor mientras se sigue luchando por sobrevivir, los flamboyanes ponen el rojo y casi todo el mundo esconde algo. Pero, sobre todo, uno no para de reírse. “El choteo sobre nosotros mismos es lo que nos destruye y nos salva”, dice Mayito Guerra. Como anuncia el tráiler de las Cuatro estaciones, el noir nunca ha sido tan colorido como cuando transcurre en La Habana.

Una primera versión de este artículo fue publicada en la revista Fiat Lux el 5 de julio de 2016

Un país en B

B_Película_2015No por menos repetido deja de ser cierto: Rajoy y los suyos ya serían hoy pasado en bastantes de las democracias situadas al norte de los Pirineos, un pasado tan bochornoso como el de Nixon y Watergate para Estados Unidos. Pero nos perdimos la reforma protestante, el siglo de las Luces, la revolución industrial y la caída de los fascismos en la II Guerra Mundial. No sólo geográficamente, también política y éticamente, seguimos al sur de los Pirineos, herederos de una tradición secular de autoritarismo, tolerancia con la corrupción y cultivo de la picaresca.

Acabo de ver B, la película sobre la declaración de Bárcenas ante el juez Ruz del 15 de julio de 2013. Conocía los principales contenidos de esa declaración, como la mayoría de ustedes, pero una cosa es haberlos leído o escuchado fragmentariamente y otra, asistir durante algo más de una hora a una exposición tan descarnada sobre cómo funciona la España de la política y los negocios. Aunque uno le tenga poca confianza al sistema, como es mi caso, la exposición de Bárcenas te deja patidifuso.

España es un buen ejemplo de que el pescado comienza a pudrirse por la cabeza. Lo que Bárcenas le contó ese día al juez Ruz fue cómo era de lo más normal que un empresario donase dinero en negro al PP para congraciarse con sus dirigentes en la perspectiva de presentes o futuras recalificaciones de terrenos, licencias de apertura o concesiones de obras y servicios públicos. Y cómo ese dinero era repartido en sobresueldos para esos dirigentes y en gastos extraordinarios del partido y sus campañas electorales. Todo, por supuesto, en sobres con billetes y sin declarar ni un céntimo a Hacienda.

Bárcenas es más un contable de la Mafia que un fabulador: su credibilidad, una vez que ha roto la ley de la omertá y colabora con la Justicia, es digna de ser tomada en consideración por el jurado. Cabe suponer que aún oculta cosas -aquellas que puedan incriminarle o poner en peligro a los suyos-, pero las cosas que revela son verosímiles y bastantes de ellas han sido confirmadas documentalmente por los investigadores.

Aún resulta más escalofriante la naturalidad con la que se expresa. Lo que está diciendo es que hay que ser un don nadie para desconocer que las cosas funcionan así, en despachos alfombrados y restaurantes con muchas estrellas, siempre con sonrisas, eufemismos y sobreentendidos, no cometiendo jamás la grosería de ser explícito, expresando el deseo de volver a verse pronto en una pista de esquí y póngame, entretanto, a los pies de su señora.

B tuvo una raquítica distribución en su estreno en salas comerciales, a comienzos de este otoño. Los periodistas de TVE tuvieron que dar batalla para conseguir que la cadena diera cuenta en sus informativos de la salida del largometraje. La mayoría de los otros grandes medios impresos y audiovisuales tampoco fue generosa en su cobertura: los papeles de Bárcenas incluyen los nombres de accionistas y anunciantes de postín. Ahora hay una movilización para que la película, aspirante a una docena de candidaturas a los premios Goya, pueda verse en la tele.

B fue primero una obra teatral; el navarro David Iludáin la llevó al cine consiguiendo algo de dinero de cineastas amigos y una campaña popular de crowfunding. Estrictamente basada en la declaración del 15 de julio de 2013, sin añadidos ni comentarios, se desarrolla en un único escenario, una sala estrecha y calurosa de la Audiencia Nacional, y no cuenta con otros personajes que los participantes en aquella ceremonia. El actor Pedro Casablanc encarna con brillantez el papel del tesorero, y Manuel Solo, el del magistrado.

Creía estar hastiado del caso Bárcenas hasta que he visto esta película. Es la magia del cine, su capacidad para anclarte en el asiento si está bien hecho. Y B, un documental interpretado por actores, está muy bien hecho. Ya cabe incluirlo en el cine negro español, cine negro de no ficción sobre delincuencia de cuello blanco.

Hasta puede aventurarse una respuesta a la pregunta que esta obra plantea en su subtítulo: “¿La verdad no cambia nada?”. Pues no, aquí la verdad no cambia nada o, en el mejor de los casos, cambia poco. Aquí somos muy de tradiciones, como rebuznan los defensores del Toro de la Vega. Aquí es probable que –solo o apoyado por quien dios, o sea el IBEX, manda- el PP vuelva a gobernar.