Viaje al Irán de “Argo”

En los años 1980, la época en la que fui corresponsal en Beirut y Rabat, viajé con frecuencia a la República Islámica de Irán. Era muy difícil conseguir un visado de entrada, pero las autoridades de Teherán nunca me lo negaron por el simple hecho de que en mis informaciones sobre la guerra entre Irak e Irán siempre subrayaba que Sadam Husein había sido el agresor. Era una verdad que los medios occidentales tendían a ocultar.

El ambiente en Teherán era febril. La fea capital iraní era a la par escenario de una revolución de apenas pocos años de edad y una feroz guerra contra el vecino iraquí. Vivía el ayatolá Jomeini, su régimen era entonces popular entre las masas shiíes y todos los viernes se desarrollaban gigantescas manifestaciones de hombres barbudos y mujeres enlutadas que gritaban contra Sadam y contra América. Nadie parecía echar de menos a un Sha tiránico y cleptócrata.

Vi Argo hace unas semanas. Me gustó. No tanto como para concederle el Oscar a la mejor película que acaba de ganar, pero sí lo suficiente como para recomendarla vivamente a todos aquellos a los que les gusta el cine basado en hechos reales políticos y/o de espionaje. Es un buen thriller.

De la película dirigida e interpretada por Ben Affleck, lo que más me convenció fue el realismo casi documental de su ambientación en el Irán de los primeros años del jomeinismo. El paisaje urbano y humano del filme me devolvió de inmediato a mis viajes de entonces a Teherán. Pero aún más lo hizo la narración de lo difícil que era salir de allí.

Si conseguir un visado de entrada a Teherán era muy complicado, aún lo era más abandonar la ciudad por el aeropuerto de Mehrabad. Por razones de guerra, los aviones despegaban solo a primeras horas de la madrugada, y para acceder a ellos había que superar tres controles de identidad y otros tantos registros del viajero y su equipaje. El último, el de los pasdaranes, era, como bien cuenta Argo, el más angustioso.

La guardia pretoriana del jomeinismo velaba no sólo por cuestiones políticas y de seguridad, sino por cosas como que nadie saliera de allí con más dólares de los que había declarado al entrar o con algún recuerdo del país que pudiera ser considerado una antigüedad. Una vez me retuvieron durante horas por pretender sacar una hermosa miniatura que me había regalado un amigo. Era una noche de Ashura y la música del luto shií que atronaba la sala de interrogatorios de los pasdaranes reforzaba la impresión de pesadilla.

Argo recrea la historia de cómo en 1980 la CIA, con ayuda canadiense, logró sacar de Irán a un grupo de estadounidenses que habían escapado al asalto y secuestro de su embajada en Teherán. Buena parte de su argumento es histórico, como ha señalado Vincent Dowd en un reportaje para la BBC (Argo: The true story behind Ben Affleck’s Globe-winning film).

No obstante, Argo es una película y algunos de sus componentes son fantasiosos o muy fantasiosos. Uno de ellos es cierta santificación del principal servicio de espionaje exterior estadounidense. En una reciente reseña del libro The CIA in Hollywood, Tom Hayden ha denunciado la tendencia a la glamourización de esta agencia en Argo y otros filmes recientes. “La CIA”, escribe, “está colocando imágenes positivas sobre ella misma, es decir, propaganda, en nuestros modos más populares de entretenimiento”.

       A Jimmy Carter, el presidente de Estados Unidos que terminó pagando los platos rotos del secuestro de su embajada en Teherán, le ha gustado Argo. Como película, como entrenamiento, ha precisado. Sin embargo, le pone peros a la completa exactitud de su guion. “En mi opinión, el verdadero héroe fue Ken Taylor, el embajador canadiense que orquestó todo el proceso”, ha precisado en unas declaraciones recogidas por The New Yorker.

Pero, claro, resulta difícil que Hollywood dedique una película, y encima le dé el Oscar, a una historia protagonizada por un diplomático canadiense. Así que anoche fue la versión con heroísmo sobredimensionado de la CIA la que triunfó en Los Angeles.