Los días de mercurio / Alexis Ravelo

Javier Valenzuela, 24/09/2022

Pedro, el protagonista de la última novela publicada de Alexis Ravelo, quiere conseguir dinero para escaparse de “este país de mierda, con sus uniformes grises, sus señoras con mantilla y rosario, sus cielos de mercurio en invierno y de fuego en verano”. Este país es una triste y pobretona España franquista que aún no ha terminado de salir de la posguerra, donde aún quedan unos cuantos maquis comunistas y anarquistas en algunas sierras y todavía no ha llegado el maná del desarrollismo. Pedro ha sido, precisamente, uno de esos últimos guerrilleros, pero ahora, absolutamente escéptico y amargado, ya solo pretende conseguir pasta y salir del país. A cualquier precio.

Los días de mercurio, Alexix Ravelo. Alrevés, 2022

            Publicada ahora por Alrevés, Los días de mercurio ya había conocido una primera edición hace una década en la editorial canaria Anroart. Pero como aquella entrega tuvo poca difusión fuera del archipiélago, su autor ha decidido darle una nueva oportunidad con la casa barcelonesa, y ha hecho muy bien. La lectura de Los días de mercurio, de las de un tirón, confirma que, Ravelo era un inmenso escritor desde el primer momento, ya antes de esas obras casi perfectas que son La estrategia del pequinés, Las flores no sangran, Los milagros prohibidos y Los nombres prestados. En mi opinión, el mejor escritor del género negro español de lo que llevamos de siglo y uno de los mejores en todos los géneros de la actual literatura en la lengua de Cervantes.

           Con su prosa, tersa y afilada como un bisturí, y su habilidad para mantener un ritmo trepidante, Ravelo te sumerge de inmediato en aquella España de los años 1940-1950 donde los derrotados rojos tenían que vivir sin levantar la cabeza, los homosexuales malvivían como ratas de alcantarilla y la violencia era el principal utensilio de las relaciones sociales. “Aquí”, dice Uribe, el cacique falangista de la anónima localidad peninsular donde se sitúa la acción, “no hay maricones. No hay maricones, ni comunistas ni anarquistas ni masones. Acabamos con todos en el 36. Y con los que no pudimos acabar, hicimos un paquete y les dimos una patada en el culo y los mandamos fuera”. Así de claro y directo.

           Camuflado temporalmente como camarero de una taberna de esa localidad interior y provinciana, Pedro descubre un turbio secreto –“mientras exista un bar en este país, nada podrá mantenerse en secreto”- y decide sacarle todo el partido que pueda. Perdedor en mil batallas, sin el menor resto de la ética por la que tanto combatió, a Pedro le importa un comino que eso termine conduciéndole al chantaje y el asesinato. Cualquier bajeza es válida si le lleva a conseguir el dinero con que escapar a Francia con Pilar, su amante.

          “Negar la existencia del horror contribuye a perpetuarlo”, escribe Ravelo en la antesala de esta novela, con la que quiso rendir un homenaje al James M. Cain de El cartero siempre llama dos veces y el Jim Thompson de 1.280 almas. Solo cabe añadir que lo consiguió. Su retrato de la España franquista de la posguerra está construido como debe hacerlo el auténtico noir: sin palabrería sociológica, a través de los diálogos y las acciones de los personajes.

           Personalmente, Ravelo es un tipo cálido y muy simpático, pero como escritor es un duro entre los duros. Dios siempre está de vacaciones en sus novelas. Pero en Los días del mercurio la ausencia de Dios ni tan siquiera es compensada por la presencia de algunos que otros hombres y mujeres valientes y honestos. En la localidad de provincias donde se ha escondido Pedro, todos los humanos, incluido él mismo, son mezquinos y crueles, empapados hasta el tuétano de la maldad de una época.

No son fiestas para gente dura

No es la Navidad un buen periodo para la gente dura. El género negro la evita en la medida de lo posible. Apenas una alusión de pasada en El largo adiós, de Raymond Chandler: “Las tiendas de Hollywood Boulevard ya empezaban a llenarse de sobrevaluada basura de Navidad, y los diarios impresos comenzaban a aullar lo terrible que sería si no hicieras tus compras de Navidad a tiempo”. Es evidente que Philip Marlowe no le tiene gran aprecio al desvarío comercial de estas fiestas y, cabe imaginarlo, tampoco al resto, a ese almíbar que se supone debe endulzar nuestras palabras y acciones en los días más cortos del año.

Dashiell Hammett ambienta en la Navidad de 1932 las aventuras neoyorquinas de Nick, Nora y su perro Asta de El hombre delgado. ¿Pero por qué los protagonistas de la novela están allí en vez de en San Francisco, su ciudad habitual? Aquí está la respuesta:

“Nora le estaba diciendo:
—… tenemos que irnos siempre en Navidad, porque lo que me queda de familia le da mucha importancia, y si estamos en casa, o bien vienen a vernos o bien tenemos nosotros que ir a verlos a ellos, y a Nick no le gusta.
Asta se estaba lamiendo las patas en un rincón.”

Si a Philip Marlowe no le entusiasma la Navidad, tampoco a Nick Charles.

La novela negra es el género realista del mundo urbano contemporáneo, sus mejores obras tratan de cómo los ricos se las apañan para robarnos y salir impunes. Pero la Navidad se nos impone como un paréntesis en el mundo real en el que todos debemos volver a creer en Papa Noel, los Reyes Magos… y hasta en la bondad de nuestros banqueros, empresarios y gobernantes. Aunque como recordara Berlanga en Plácido el banco pueda expropiarte el motocarro en plena Navidad si no pagas la correspondiente letra, y como contara Frank Capra en ¡Qué bello es vivir!, llevar tu pequeño negocio a la bancarrota fulminante sin la menor misericordia.

Da igual: la convención asumida mayoritariamente es que la Navidad implica una tregua de buenos sentimientos, en la que todos los de abajo debemos creer. La callosidad de la vida solo es admisible ahora si sirve para despertar lagrimitas y suscitar la caridad cristiana, el ponga a un pobre en su mesa promovido en Plácido por Ollas Cocinex. Ni tan siquiera cabe en este período el humor negro: fíjense en las protestas que ha suscitado el cartel de “Oh, Blanca Navidad” asociado en la madrileña Puerta del Sol a una serie televisiva sobre Pablo Escobar.

Viajar estos días a un país de raíz no cristiana puede ser una solución. En la noche del viernes de la semana pasada disfruté de una caminata por el tangerino Bulevar Pasteur sin las ñoñas guirlandas luminosas que ahora dominan las principales calles occidentales. Lo hice notar a los amigos españoles con los que paseaba y todos convenimos en que era estupendo. Seguro que Philip Marlowe y Nick Charles hubieran apreciado esa experiencia… y también las cervezas que luego tomamos en el Number One.

Publicado originalmente en Cartelera Turia el  23 de diciembre de 2016.

PS, 2018: La Navidad también está presente en el arranque de L. A. Confidential, de James Ellroy. En forma de la brutal paliza que un grupo de policías le propina en plena Nochebuena a unos mexicanos enjaulados en la Comisaría Central de Los Ángeles.

Periodismo y novela negra

Truman Capote, entre los actores que interpretaron a los asesinos de Kansas en la película «A sangre fría», basada en su libro. Revista «Life» del 12 de mayo de 1967

Este sábado, 7 de octubre, estaré en Granada Noir, el festival andaluz consagrado al género de Hammett, Chandler y Ellroy, de Vázquez  Montalbán, Juan Madrid y Alexis Ravelo. Hablaré de la relación entre el periodismo y la novela negra, mis dos pasiones literarias.

    Permítanme hacer una confesión preliminar. Algunos de los periodistas de mi generación nos incorporamos al oficio influidos por lo que hacían en los años 1960 y 1970 autores norteamericanos como Tom Wolfe, Gay Talese, Hunter Thompson, Truman Capote y Norman Mailer. Los tres primeros eran periodistas que publicaban unos reportajes que, de tan bien escritos, podían leerse como relatos intemporales; los dos últimos, novelistas que también publicaban libros basados en hechos reales del nivel de A sangre fría y La canción del verdugo. El periodismo escrito, además de informar, podía ser ejercido como un género literario, una forma de contar de modo entretenido historias de no ficción. Es natural que mi generación terminara pergeñando novelas. Juan Madrid, Maruja Torres y Arturo Pérez Reverte lo hicieron relativamente pronto, otros tardamos un poco más.

A la hora de escoger un género de ficción, el noir es particularmente interesante para un periodista. Tal y como yo la concibo, la novela negra es la novela realista contemporánea, la que mejor destripa la corrupción, la injusticia y la violencia del mundo urbano y capitalista. En cierto modo, pasar del periodismo a la novela negra es tan solo pasar de contar historias verdaderas a contar historias verosímiles. Las primeras tienen que ser demostrables con testimonios y documentos, las segundas solo tienen que resultar creíbles.

Desde James M. Cain a Stieg Larsson, pasando por Osvaldo Soriano, Vázquez Montalbán y Juan Madrid en lengua castellana, muchos de los grandes del noir fueron periodistas. Varios simultanearon –o simultanean- ambos géneros, sin ver en ello la menor contradicción. El lector, que nunca es gilipollas, sabe distinguir cuando se le propone una u otra cosa, el código de la verdad o el de la verosimilitud.

El autor presentando «Limones negros» en el festival Granada Noir el 7 de octubre de 2017. Foto: Laura Muñoz

Es posible que la creciente dificultad para contar en los periódicos impresos tradicionales historias verdaderas que incomoden a banqueros, empresarios y gobernantes –los amos de esos medios-, haya acentuado la necesidad de hacerlo bajo la coartada de la ficción. Ya saben, aquello de que cualquier banquero que pueda aparecer en esta novela no tiene nada que ver con ninguno de carne y hueso; aquello de que cualquier parecido de loshechos aquí relatados con la realidad es pura coincidencia. Aunque el lector, que no solo no es gilipollas sino que es bastante listo, no tarda en identificar al banquero golfo que termina suicidándose en una partida de caza.

La censura –y vivimos tiempos de censura en los grandes medios- nos empuja a los periodistas a recurrir hoy más que nunca a la coartada de la ficción para sacar a la luz cosas que sabemos que son ciertas.

Este artículo fue publicado tal y como aquí aparece en Cartelera Turia (Valencia) el 6 de octubre de 2017.