Justiciero animalista

He ido llegando a la conclusión de que a la humanidad terminará repugnándole comer carne de animales. No digo que vaya a ocurrir en un futuro inmediato, en cuestión de pocas décadas, pero es probable que suceda en, digamos, dos o tres siglos. ¿Quién hubiera pensado en el Estados Unidos de la Declaración de Independencia que un negro ocuparía el Despacho Oval? ¿Cómo habrían reaccionado los nobles ingleses o alemanes de la Edad Media si alguien les hubiera pronosticado que sus naciones serían algún día gobernadas por mujeres elegidas democráticamente? ¿Podrían haber imaginado los verdugos que su oficio desparecería en numerosos países civilizados a lo largo del siglo XX?

Aunque con graves retrocesos temporales, la humanidad no ha dejado de avanzar por el camino de la empatía, del ponerse en la piel del otro, desde los tiempos en que vivía en cavernas. Primero, lógicamente, aplicándose el cuento a sí misma: igualdad de razas, géneros y clases sociales. Pero, aunque esta tarea esté lejos de haber sido culminada, ya tenemos signos manifiestos de que tal sensibilidad puede extenderse a los animales. En la misma España, aumenta el número de veganos y vegetarianos, especialmente entre la juventud, y también aumenta la oposición a las barbaridades cometidas contra animales en nombre de tradiciones bárbaras.

Rafael García Maldonado maneja un gran tema en su novela Por un perro sin tumba (Anantes, 2017). ¿Y si aparece en  Málaga y su Costa del Sol un asesino en serie de motivaciones animalistas, un vengador de las crueldades cometidas contra perros, gatos, caballos o toros? El planteamiento no es solo original, sino también pertinente. ¿No hay un sentimiento de hartazgo ante la brutalidad con los animales en esas reacciones de alegría ante la muerte en el ruedo de un torero que se expresan en redes sociales? No estoy justificándolas, tan solo constatando que cada vez hay más gente indignada porque se llame cultura a la tortura y héroe al matarife, por muy vestido de oropeles que vaya.

La novela de García Maldonado arranca cuando el doctor Antonio Antúnez, superviviente de un síncope en un páramo de la Sierra de las Nieves, se angustia ante lo que haya podido ocurrirle a su perro, un labrador de ocho años y color negro, desaparecido en el incidente. Comienza a buscarlo, solicitando incluso la ayuda de Jack Safont, un inglés afincado en la Costa del Sol que se dedica a rescatar perros abandonados (“Mi mujer se encarga de buscar adoptantes en otros países a través de la página web que hemos hecho; si me perdona, bastante más civilizados que el suyo”). García Maldonado, que pertenece a los civilizados, se mete también en el pellejo del perro de Antonio Antúnez, antaño mimado y ahora perdido, hambriento y apedreado. Quizá termine siendo capturado por esa gentuza liderada por un tal Eneas que organiza en la zona  peleas clandestinas de canes.

Entretanto, el asesino va matando a maltratadores de animales. Matándoles con la misma ferocidad que ellos han aplicado a sus víctimas peludas: desmembrándolos, hirviéndolos en aceite, agujereándoles la barriga, enjaulándolos… Con técnicas, por cierto, que la Inquisición también aplicaba a humanos. Exurge, Domine, et Judicam Causam Tuam. Álzate, Señor, defiende tu causa.

Por un perro sin tumba está muy bien escrita, tiene diálogos vibrantes y describe con realismo la Málaga negra. El autor ha arriesgado con el uso de la narración en presente, más incómoda para el lector en relatos largos, y quizá ha querido meter demasiadas cosas en esta obra: desde la violencia machista hasta el tráfico de estupefacientes, pasando por la destrucción del paisaje mediterráneo y los trapicheos farmacéuticos. Quiero decir meterlas no como telón de fondo, sino en un plano de igualdad o casi igualdad con el tema principal. Pero este tema, el del justiciero que castiga a los que maltratan animales, termina imponiéndose.

Rafael García Maldonado

El inspector jefe Valcárcel y la inspectora Ana Zuloaga son los encargados de dar caza al justiciero, que, evidentemente, es un psicópata. Lo consigan o no, la novela deja claro que las víctimas de este asesino en serie no eran tan inocentes. El autor lo hace explícito a través del personaje de Antonio Antúnez: “¿Inocentes, Ana? Eres una inspectora brillante, pero no entiendo por qué no ves más allá de tus narices biempensantes. Puede que para ti y otra mucha gente sean inocentes, pero para otra, vaya si lo creo, sí eran culpables de algo. (…) A veces, lo queramos o no, la justicia no llega a casi ningún sitio, y es necesario que se haga con las armas de las que se disponga; no queda más remedio”.

Obra de protagonismo coral, con momentos de gran dureza, Por un perro sin tumba plantea la eterna pregunta de qué hay en tantos seres humanos que les hace disfrutar con el sufrimiento ajeno. El de sus congéneres y, si no pueden, el de los animales. El escritor malagueño no puede –nadie puede- dar una respuesta a esta cuestión, pero sí ofrece su propia visión del mundo. “El XVIII es mi siglo favorito, ¿sabe, padre? El Siglo de las Luces.” La frase es de Antonio Antúnez en una conversación con un cura a propósito de las parrilladas públicas que organizaba la Inquisición en estas tierras celtibéricas.

Vuelvo a mi reflexión inicial. Si en el futuro se termina considerando repugnante matar animales para comérselos, ¿cómo obtendrán los humanos las proteínas y demás? No lo sé, pero puedo imaginar que se obtendrán de vegetales o productos químicos. Puedo incluso imaginar que se fabricarán  alimentos veganos con deliciosos sabores artificiales. ¿Por qué no? Si el ser humano aplica las Luces termina resolviendo casi todo.

Cuba, hormigas en la boca

Before-Castro-5Federico García Lorca fue muy feliz durante los cuatro meses de 1930 que pasó en Cuba, quizá jamás conociera una dicha semejante en su tristemente breve existencia. Tan es así que dejó dicho: “Si me pierdo, que me busquen en La Habana”.

Miguel Barroso sitúa su novela Amanecer con hormigas en la boca en la estela de esta sentencia del poeta granadino. Recién liberado de una cárcel franquista, donde ha purgado una condena por enfrentarse a la dictadura con las armas en la mano, Martín Losada viaja a la capital cubana en busca de un amigo y de un botín. El amigo, Albert Dalmau, escapó a la operación policial en la que Losada fue capturado y desde entonces anda en paradero desconocido. Pero Losada cree que puede encontrarle en La Habana: a Dalmau le gustaba repetir la frase de García Lorca.

Amanecer con hormigas en la bocaAmanecer con hormigas en la boca acaba de ser reeditada por Literatura Random House, diecisiete años después de su primera publicación en Debate. Que yo conozca, es una de las pocas novelas negras españolas contemporáneas ambientadas en Cuba. Y el que Barroso sea mi amigo no debería impedirme decir que es una de las novelas negras españolas mejor escritas. Queda, pues, dicho.

Las noticias de Cuba llenan estos días páginas y minutos en los diarios y los telediarios. Es extraordinario que una isla muchos menos grande que Australia, no demasiado rica en recursos naturales y poblada por apenas doce millones de personas despierte tanto interés. No solo en España -lo natural dados nuestros vínculos históricos, culturales y humanos-, sino en todo el planeta. Y también resulta sorprendente que Cuba sea una potencia médica, musical y artística muy superior a su demografía y su economía.

El castrismo puede explicar parte de este interés y esta potencia. Durante más de medio siglo ha interpretado universalmente el mito del David que planta cara valientemente al Goliat estadounidense. Sin los componentes de patriotismo cubano, orgullo latinoamericano y antiimperialismo global, no se entienden ni la popularidad de este régimen entre buena parte de su población ni las simpatías que aún despierta fuera de sus fronteras. Que el castrismo no haya sido nunca democrático y haya impuesto en la isla un desastroso sistema productivo es algo que hemos leído y escuchado lo suficiente desde que muriera Fidel Castro el pasado sábado.

Pero Cuba ya resultaba atractiva antes de Castro, ya era uno de esos lugares que encarna sueños cálidos, húmedos y salados. También era uno de los países más vibrantes al sur de Estados Unidos. Y un territorio fértil para la literatura policíaca y de espionaje. Lo demostró Graham Greene con su Nuestro hombre en La Habana.

Regimen Batista

Represión y gansterismo en la Cuba de Batista

Justo en los caóticos últimos días del régimen de Batista sitúa Barroso su novela. Su documentada reconstrucción de aquel período de sexo desenfrenado, música celestial, casinos mafiosos y represión brutal es motivo suficiente para leerla. En el gallinero de voces que ahora pontifican sobre las luces y sombras de Fidel Castro cabe lamentar la ausencia de información sobre las luces y sombras de Batista.

Barroso es uno de los españoles que mejor conoce Cuba, donde pasa largas temporadas desde los Ochenta. No ha escrito, sin embargo, una novela cuyo único interés sea la recreación de un determinado lugar en un determinado momento. Ha hecho asimismo una interesante aportación a esa estirpe del género negro que tiene la amistad  -y la traición a la amistad- como historia, la de El largo adiós de Chandler. Una aportación con música de bolero, sabor de daiquiri y perfume de corrupción.

Babas del diablo

He llegado a la conclusión de que, en materia de mafias, la diferencia entre Italia y España es que allí nacieron al margen del establishment y aquí lo hicieron dentro de él. Las mafias italianas penetraron, corrompieron o se asociaron con el Estado y los poderes económicos; las españolas (Gürtel, Púnica, Bankia, el 3%, los ERE´s…) fueron creadas desde despachos oficiales de gobernantes, banqueros o empresarios. Quizá por eso las mafias italianas emplean la violencia: están oficialmente fuera del sistema. Las españolas, en cambio, no necesitan tanto usar la pistola, les basta con descolgar un teléfono y la autoridad correspondiente suele resolverles el problema con discreción, sin que corra la sangre. Que el capo sea ministro, consejero autonómico, concejal o presidente de una caja facilita mucho las cosas.

Las-flores-no-sangran-Alexis-Ravelo1Italia cuenta con un capitalismo industrial potente, nacido al margen de las viejas organizaciones clandestinas de campesinos sicilianos o napolitanos. España tiene un capitalismo de amiguetes y mamandurrias, consagrado a la recalificación de terrenos para construir bloques de viviendas y a las adjudicaciones administrativas de obras y servicios públicos. Ocurre también en las Islas Afortunadas, por supuesto.

Isidro Padrón y Marcos Perera, el Yunque y el Martillo, son mandamases de Gran Canaria en la novela Las flores no sangran, de Alexis Ravelo. Construyen mediocres bloques de pisos para los nativos y hoteles y urbanizaciones con campos de golf para los turistas. Llevan la principal empresa privada de seguridad de la isla. Untan a políticos locales, hacen desaparecer noticias con un telefonazo a la dueña de un periódico, almuerzan con comisarios y jueces. Últimamente, se han metido también en el negocio de blanquear dinero de mafiosos rusos. No es avaricia, es maximización de beneficios.

Por el contrario, Diego el Marqués, Lola, Paco el Salvave y Felo el Flipao son unos pringados, unos estafadores de tres al cuarto. Diego y compañía quieren desplumar un poco, tan solo un poco, al Yunque y el Martillo. Se les ocurre el delito más absurdo: un secuestro en una isla. Casi tan absurdo como atracar una comisaría.

Con esta trama, estos y más personajes, un ritmo endiablado y una excelente escritura Alexis Ravelo perpetró en 2014 Las flores no sangran. Esta novela le ganó la pasada primavera el premio Valencia Negra a mi Tangerina. Muy merecidamente. La maestría del escritor canario golea con amplitud a mi aportación de debutante.

Corrupcion en CanariasNo es cierto que la novela negra española no esté abordando la corrupción y la injusticia en este país. Ciertamente, hay autores/as que parecen escandinavos/as, con adorables inspectores de Policía que persiguen a tremebundos serial killers sexuales. Pero hay otros/as que nos cuentan los sufrimientos cotidianos de los de abajo y la inmensa caradura de los de arriba. Alexis Ravelo, escritor negro del linaje de Juan Madrid y Andreu Martín, es uno de ellos.

Aquí va una muestra de Las flores no sangran:

“Padrón se echó a reír.

-Chiquilla, ¿tú no lees los periódicos? ¿No sabes en qué país vives? Aquí quien no paga no pilla. Todas las empresas tienen una caja B para untar a los que reparten el queso.

-Todas no.

-Todas las que triunfan. Los que no pagan, no aguantan mucho. Son putos perdedores.”

La “chiquilla” es Diana Padrón, hija del Yunque, una de esos neopijas que han ido a escuela de negocios, se alimentan saludablemente, hacen mucha gimnasia, están sexualmente liberadas, leen a Murakami, tienen algún detalle étnico en su lindo apartamento y, sin duda, se aprestan a votar al partido de los naranjitos. El narrador hace en un momento dado esta reflexión sobre Diana: “Y eres tan culpable como él, con esa culpabilidad de quienes ignoran el mal porque es más cómodo ignorarlo”.

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Alexis Ravelo

Ravelo es bueno describiendo escenarios: “El sur de Gran Canaria o el de Tenerife, la Costa Brava o la Costa del Sol: daba igual adónde se fuera, porque en el litoral de casi todo el país había pruebas de que cuatro hijos de puta se habían dedicado durante décadas a cagarse en el paraíso.” Y fantástico creando personajes. Todos los de Las flores no sangran apestan a reales; ninguno es unidimensional, ni tan siquiera los villanos; algunos, como Felo, se convierten en entrañables.

Y el canario, insisto, escribe muy bien. Ahí va otra cata: “En su mente todo era beis y rosa. En la de Lola, en cambio, había una negrura espesa en la que flotaban chiribitas grises que dejaban leves estelas, como babas del diablo”.

Los Ochenta, en rojo y negro

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La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014)

Te podía asaltar un yonqui a punta de jeringa o de navaja cuando regresabas a tu cueva de madrugada, casi siempre sin haber conseguido arrastrar contigo a la chica que tanto te había molado en la discoteca. Te podías despertar escuchando en la radio que arreciaba el ruido de sables, que tal periódico ultra invitaba a los militares a poner fin al rojerío rampante, o que el servicio secreto acababa de descubrir a unos cuantos que ya habían puesto manos a la obra. Te podías encontrar al salir a la calle con el cristal de tu Seat 127 hecho añicos y un amasijo de cables allí donde había estado el radiocasete.

Eran los años Ochenta. La España del último tramo de la década de 1970 y el primero de la de 1980 se asemejaba a la de hoy en su enorme cantidad de parados, en el espectáculo de la pobreza exhibido en calles y vagones de metro, en las muchas tiendas cerradas por quiebra, en la grisura y la tristeza que desprendían el paisaje y el paisanaje, en la incertidumbre colectiva sobre el porvenir. Pero en aquella España en la que, como la de hoy, agonizaba un régimen y otro pugnaba por nacer, había dos lacras propias. Una, muy contada, era la pesadilla del golpe militar; a la otra se le llamaba “inseguridad ciudadana”.

Las_Apariencias_Juan-MadridEran tiempos quinquis, tiempos de navajas y escopetas recortadas. La gente de derechas -siempre ha habido un montón en España- decía que con Franco se vivía mejor. La heroína, el ansia de vivir deprisa de los chavales de los suburbios, la inocencia de las medidas de protección de las propiedades públicas y privadas, la ineficacia de una Policía acostumbrada durante décadas a resolver los casos a hostias, la voluntad de muchos jueces de actuar conforme a procedimientos democráticos, todo ello y otras cosas hacían que la convivencia con el delito fuera el pan cotidiano de la gente. Casi tanto como hoy las llamadas inoportunas de los teleoperadores.

La reciente película La isla mínima, uno de los mejores thrillers de la historia del cine español, recrea muy bien la atmósfera de aquellos tiempos Su historia transcurre en un alucinante escenario rural, el de las marismas del Guadalquivir, y eso contribuye no poco a su extraña belleza. Pero Alberto Rodríguez también podría haber situado en un suburbio de Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla al par de maderos que investigan la desapareción y muerte de dos chavalitas.

Protesis_Andreu-MartinAquella España en rojo y negro de los Ochenta tuvo sus narradores, Manuel Vázquez Montalbán, que ya tenía un pasado como periodista antifranquista, era la figura más conocida de aquella primera cosecha del noir nacional. Vázquez Montalbán, cuyas novelas policíacas con el personaje Carvalho se leían mucho, hasta alumbró una revista de crónica y literatura negras que se llamó Gimlet, tuvo una vida corta y de la que la actual Fiat Lux recoge el testigo.

El barcelonés no era el único. Jorge Martínez Reverte, con su personaje Gálvez, Juan Madrid, con Toni Romano, Andreu Martín, Félix Rotaeta, Jaume Fuster, Carlos Pérez Merinero y otros contaban en sus novelas policíacas una España que no solía salir en unos periódicos obsesionados, como hoy, con la política partidista e institucional. La España de antros tapizados con el humo de las frituras, de la peste endémica a tabaco y a hachís, de las jeringuillas en los lavabos, de los chavales que palmeaban canciones de Los Chunguitos a bordo de un Seat 1430 recién robado, de los comerciantes que guardaban una pistola bajo el mostrador, de los policías que se cabreaban porque los detenidos salían libres del juzgado al poco de haber entrado, de los jueces que se quejaban de que la Policía les presentara detenidos sin aportar pruebas, de los abogados y curas que intentaban auxiliar a los marginados, de los motines y las fugas en Carabanchel, de los empresarios de la construcción que se iban de putas con concejales…

Madrid_UndergroundTodo ello en una atmósfera de golpe militar inminente de la que se daba cuenta en las novelas protagonizadas por el comisario Bernal. Las escribía un narrador exótico, David Serafín, seudónimo tras el que se ocultaba Ian Michael, un profesor galés de la Universidad de Oxford que vivía en Madrid, adoraba España y había leído a Conan Doyle, Agatha Christie y Simenon.

Las novelas de David Serafín han sido reeditadas en estos tiempos por la editorial Berenice, y el hispanista galés, ya septuagenario, sigue viviendo en Madrid, cuya clima seco, según sus médicos, conviene a su salud. Sigue asombrándose de que el mito español presente la Transición como un modelo de pacifismo; a él le pareció bastante sangrienta.