No son fiestas para gente dura

No es la Navidad un buen periodo para la gente dura. El género negro la evita en la medida de lo posible. Apenas una alusión de pasada en El largo adiós, de Raymond Chandler: “Las tiendas de Hollywood Boulevard ya empezaban a llenarse de sobrevaluada basura de Navidad, y los diarios impresos comenzaban a aullar lo terrible que sería si no hicieras tus compras de Navidad a tiempo”. Es evidente que Philip Marlowe no le tiene gran aprecio al desvarío comercial de estas fiestas y, cabe imaginarlo, tampoco al resto, a ese almíbar que se supone debe endulzar nuestras palabras y acciones en los días más cortos del año.

Dashiell Hammett ambienta en la Navidad de 1932 las aventuras neoyorquinas de Nick, Nora y su perro Asta de El hombre delgado. ¿Pero por qué los protagonistas de la novela están allí en vez de en San Francisco, su ciudad habitual? Aquí está la respuesta:

“Nora le estaba diciendo:
—… tenemos que irnos siempre en Navidad, porque lo que me queda de familia le da mucha importancia, y si estamos en casa, o bien vienen a vernos o bien tenemos nosotros que ir a verlos a ellos, y a Nick no le gusta.
Asta se estaba lamiendo las patas en un rincón.”

Si a Philip Marlowe no le entusiasma la Navidad, tampoco a Nick Charles.

La novela negra es el género realista del mundo urbano contemporáneo, sus mejores obras tratan de cómo los ricos se las apañan para robarnos y salir impunes. Pero la Navidad se nos impone como un paréntesis en el mundo real en el que todos debemos volver a creer en Papa Noel, los Reyes Magos… y hasta en la bondad de nuestros banqueros, empresarios y gobernantes. Aunque como recordara Berlanga en Plácido el banco pueda expropiarte el motocarro en plena Navidad si no pagas la correspondiente letra, y como contara Frank Capra en ¡Qué bello es vivir!, llevar tu pequeño negocio a la bancarrota fulminante sin la menor misericordia.

Da igual: la convención asumida mayoritariamente es que la Navidad implica una tregua de buenos sentimientos, en la que todos los de abajo debemos creer. La callosidad de la vida solo es admisible ahora si sirve para despertar lagrimitas y suscitar la caridad cristiana, el ponga a un pobre en su mesa promovido en Plácido por Ollas Cocinex. Ni tan siquiera cabe en este período el humor negro: fíjense en las protestas que ha suscitado el cartel de “Oh, Blanca Navidad” asociado en la madrileña Puerta del Sol a una serie televisiva sobre Pablo Escobar.

Viajar estos días a un país de raíz no cristiana puede ser una solución. En la noche del viernes de la semana pasada disfruté de una caminata por el tangerino Bulevar Pasteur sin las ñoñas guirlandas luminosas que ahora dominan las principales calles occidentales. Lo hice notar a los amigos españoles con los que paseaba y todos convenimos en que era estupendo. Seguro que Philip Marlowe y Nick Charles hubieran apreciado esa experiencia… y también las cervezas que luego tomamos en el Number One.

Publicado originalmente en Cartelera Turia el  23 de diciembre de 2016.

PS, 2018: La Navidad también está presente en el arranque de L. A. Confidential, de James Ellroy. En forma de la brutal paliza que un grupo de policías le propina en plena Nochebuena a unos mexicanos enjaulados en la Comisaría Central de Los Ángeles.

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Periodismo y novela negra

Truman Capote, entre los actores que interpretaron a los asesinos de Kansas en la película “A sangre fría”, basada en su libro. Revista “Life” del 12 de mayo de 1967

Este sábado, 7 de octubre, estaré en Granada Noir, el festival andaluz consagrado al género de Hammett, Chandler y Ellroy, de Vázquez  Montalbán, Juan Madrid y Alexis Ravelo. Hablaré de la relación entre el periodismo y la novela negra, mis dos pasiones literarias.

    Permítanme hacer una confesión preliminar. Algunos de los periodistas de mi generación nos incorporamos al oficio influidos por lo que hacían en los años 1960 y 1970 autores norteamericanos como Tom Wolfe, Gay Talese, Hunter Thompson, Truman Capote y Norman Mailer. Los tres primeros eran periodistas que publicaban unos reportajes que, de tan bien escritos, podían leerse como relatos intemporales; los dos últimos, novelistas que también publicaban libros basados en hechos reales del nivel de A sangre fría y La canción del verdugo. El periodismo escrito, además de informar, podía ser ejercido como un género literario, una forma de contar de modo entretenido historias de no ficción. Es natural que mi generación terminara pergeñando novelas. Juan Madrid, Maruja Torres y Arturo Pérez Reverte lo hicieron relativamente pronto, otros tardamos un poco más.

A la hora de escoger un género de ficción, el noir es particularmente interesante para un periodista. Tal y como yo la concibo, la novela negra es la novela realista contemporánea, la que mejor destripa la corrupción, la injusticia y la violencia del mundo urbano y capitalista. En cierto modo, pasar del periodismo a la novela negra es tan solo pasar de contar historias verdaderas a contar historias verosímiles. Las primeras tienen que ser demostrables con testimonios y documentos, las segundas solo tienen que resultar creíbles.

Desde James M. Cain a Stieg Larsson, pasando por Osvaldo Soriano, Vázquez Montalbán y Juan Madrid en lengua castellana, muchos de los grandes del noir fueron periodistas. Varios simultanearon –o simultanean- ambos géneros, sin ver en ello la menor contradicción. El lector, que nunca es gilipollas, sabe distinguir cuando se le propone una u otra cosa, el código de la verdad o el de la verosimilitud.

El autor presentando “Limones negros” en el festival Granada Noir el 7 de octubre de 2017. Foto: Laura Muñoz

Es posible que la creciente dificultad para contar en los periódicos impresos tradicionales historias verdaderas que incomoden a banqueros, empresarios y gobernantes –los amos de esos medios-, haya acentuado la necesidad de hacerlo bajo la coartada de la ficción. Ya saben, aquello de que cualquier banquero que pueda aparecer en esta novela no tiene nada que ver con ninguno de carne y hueso; aquello de que cualquier parecido de loshechos aquí relatados con la realidad es pura coincidencia. Aunque el lector, que no solo no es gilipollas sino que es bastante listo, no tarda en identificar al banquero golfo que termina suicidándose en una partida de caza.

La censura –y vivimos tiempos de censura en los grandes medios- nos empuja a los periodistas a recurrir hoy más que nunca a la coartada de la ficción para sacar a la luz cosas que sabemos que son ciertas.

Este artículo fue publicado tal y como aquí aparece en Cartelera Turia (Valencia) el 6 de octubre de 2017.

 

 

Limones negros: “Se irán de rositas”

uco-guardia-civil“Se irán de rositas”, le dice Sepúlveda a la capitana Lola Martín en una de las escenas de la novela  Limones negros. A Lola Martín, de la UCO -la unidad de la Guardia Civil especializada en la lucha contra los grandes delitos- le cuesta compartir el escepticismo de Sepúlveda. Es veinte años más joven y cree que, aunque sea a trancas y barrancas, los malos siempre terminan pagando por sus crímenes. Si no lo creyera, no trabajaría donde trabaja.

Sepúlveda, profesor del Instituto Cervantes de Tánger, está ayudando a la guardia civil en el rastreo de las huellas dejadas en la ciudad marroquí por los negocios sucios de un prominente banquero madrileño. Le ayuda porque ella ha sabido mover los resortes adecuados: su hastío por la corrupción que infecta España y su vanidad de buen conocedor de los bajos fondos tangerinos. Pero en ningún momento cree que los grandes tenores del saqueo del dinero público –los auténticos, los ricos y poderosos- vayan a terminar entrando en prisión. Los sumarios se eternizarán o traspapelarán; los delitos irán prescribiendo; cualquier fallo formal en las investigaciones policiales y judiciales será explotado a fondo por abogados perspicaces y carísimos… A lo sumo, serán castigados sus segundos espadas.

En esta obra de ficción, Sepúlveda le suelta a la capitana: “Lola, lamento tener que decírtelo, pero creo que hacéis el trabajo de Sísifo. Cada vez que conseguís llevar la piedra a lo alto de la montaña, vuelve a caer abajo.” Y ella le responde que esa actitud no lleva a ninguna parte, que habrá que intentarlo, que probablemente algunos terminarán pagando. Los dos, el profesor y la guardia civil, tienen razón. Hay verdades que no son contradictorias entre sí.

rodrigo-rato   He estado ultimando estos días con los amigos de la editorial Anantes el envío a la imprenta de Limones negros, mi segunda novela tangerina. Las noticias que leía en mi teléfono me confirmaban la conclusión a la que llegué al publicar la primera: ninguna ficción puede igualar la realidad de los casos de corrupción en la España actual. La realidad del obsceno esperpento español es novelescamente casi inverosímil.

A un fiscal de Murcia le roban en su casa el ordenador con el que trabaja en un caso de corrupción. A su jefe le destituyen por atreverse a investigar al cacique local. El cuñado del rey es condenado a seis años de cárcel, pero le dejan regresar a Suiza sin tan siquiera exigirle una fianza. Su esposa, hija y hermana de reyes, se libra de cualquier mancha penal porque asegura que no se enteraba de lo que firmaba. Los sinvergüenzas que llevaron a la ruina a la caja de ahorros madrileña, aunque sentenciados a prisión, siguen durmiendo en sus mansiones…

LN

Este es el país en que un político esconde un millón de euros en la casa de su suegro y, cuando es descubierto, afirma que lo ha dejado allí un fontanero o un empleado de Ikea. El país en que el presidente del Gobierno envía SMS cariñosos a un notorio tahúr. El país en que jueces activos en la lucha contra la corrupción son expulsados de su carrera porque, al parecer, han cometido errores técnicos en su instrucción. El país en que los denunciantes del saqueo de las arcas públicas malviven amedrentados, mientras los ladrones se jactan de su inocencia ante los medios que ellos o sus amigos controlan. Y también el país en que unos chavales duermen preventivamente entre rejas por una función de títeres.

¿Justicia igual para todos? ¿El imperio de la ley? Bla, bla, bla. Palabrería de gente que sabe que al final quedará impune, y de sus bien pagados propagandistas. O de esos tontos que, aunque llueva, caminan por la calle sin paraguas por que la tele dice que luce un  sol radiante.

Limones negros será publicado este mes de abril de 2017 por la editorial Anantes.

Cuba, hormigas en la boca

Before-Castro-5Federico García Lorca fue muy feliz durante los cuatro meses de 1930 que pasó en Cuba, quizá jamás conociera una dicha semejante en su tristemente breve existencia. Tan es así que dejó dicho: “Si me pierdo, que me busquen en La Habana”.

Miguel Barroso sitúa su novela Amanecer con hormigas en la boca en la estela de esta sentencia del poeta granadino. Recién liberado de una cárcel franquista, donde ha purgado una condena por enfrentarse a la dictadura con las armas en la mano, Martín Losada viaja a la capital cubana en busca de un amigo y de un botín. El amigo, Albert Dalmau, escapó a la operación policial en la que Losada fue capturado y desde entonces anda en paradero desconocido. Pero Losada cree que puede encontrarle en La Habana: a Dalmau le gustaba repetir la frase de García Lorca.

Amanecer con hormigas en la bocaAmanecer con hormigas en la boca acaba de ser reeditada por Literatura Random House, diecisiete años después de su primera publicación en Debate. Que yo conozca, es una de las pocas novelas negras españolas contemporáneas ambientadas en Cuba. Y el que Barroso sea mi amigo no debería impedirme decir que es una de las novelas negras españolas mejor escritas. Queda, pues, dicho.

Las noticias de Cuba llenan estos días páginas y minutos en los diarios y los telediarios. Es extraordinario que una isla muchos menos grande que Australia, no demasiado rica en recursos naturales y poblada por apenas doce millones de personas despierte tanto interés. No solo en España -lo natural dados nuestros vínculos históricos, culturales y humanos-, sino en todo el planeta. Y también resulta sorprendente que Cuba sea una potencia médica, musical y artística muy superior a su demografía y su economía.

El castrismo puede explicar parte de este interés y esta potencia. Durante más de medio siglo ha interpretado universalmente el mito del David que planta cara valientemente al Goliat estadounidense. Sin los componentes de patriotismo cubano, orgullo latinoamericano y antiimperialismo global, no se entienden ni la popularidad de este régimen entre buena parte de su población ni las simpatías que aún despierta fuera de sus fronteras. Que el castrismo no haya sido nunca democrático y haya impuesto en la isla un desastroso sistema productivo es algo que hemos leído y escuchado lo suficiente desde que muriera Fidel Castro el pasado sábado.

Pero Cuba ya resultaba atractiva antes de Castro, ya era uno de esos lugares que encarna sueños cálidos, húmedos y salados. También era uno de los países más vibrantes al sur de Estados Unidos. Y un territorio fértil para la literatura policíaca y de espionaje. Lo demostró Graham Greene con su Nuestro hombre en La Habana.

Regimen Batista

Represión y gansterismo en la Cuba de Batista

Justo en los caóticos últimos días del régimen de Batista sitúa Barroso su novela. Su documentada reconstrucción de aquel período de sexo desenfrenado, música celestial, casinos mafiosos y represión brutal es motivo suficiente para leerla. En el gallinero de voces que ahora pontifican sobre las luces y sombras de Fidel Castro cabe lamentar la ausencia de información sobre las luces y sombras de Batista.

Barroso es uno de los españoles que mejor conoce Cuba, donde pasa largas temporadas desde los Ochenta. No ha escrito, sin embargo, una novela cuyo único interés sea la recreación de un determinado lugar en un determinado momento. Ha hecho asimismo una interesante aportación a esa estirpe del género negro que tiene la amistad  -y la traición a la amistad- como historia, la de El largo adiós de Chandler. Una aportación con música de bolero, sabor de daiquiri y perfume de corrupción.

El ministro visita Lampedusa

Would-be immigrants arrive on a boat in...Would-be immigrants arrive on a boat in the port of Italy's southern island of Lampedusa late on July 31, 2008. Italy's coast guard intercepted around 800 illegal immigrants on five boats off the island of Lampedusa on July 31. One boat, carrying 339 people, including 47 women and four children, got as far as the Sicilian island's port. The reception centre on Lampedusa, which can hold 700 immigrants, was overwhelmed by the scale of new arrivals after some 400 illegal immigrants turned up on the island. AFP PHOTO / Mauro Seminara (Photo credit should read Mauro Seminara/AFP/Getty Images)

El ministro del Interior italiano viaja a Sicilia. Así lo cuenta el narrador de Un filo de luz, la última novela de Andrea Camilleri publicada en España: “Aquel era un día especial para Vigàta. Y era especial porque el señor ministro del Interior, de regreso de su visita a la isla de Lampedusa, en cuyos “centros de acogida para inmigrantes” (¡sí, señor, tenían el valor de llamarlos así!) ya no cabía ni un niño de pecho –las sardinas en lata tenían más espacio-, había manifestado su intención de inspeccionar los campamentos de emergencia que habían montado en Vigàta. Aquellas instalaciones, por otro lado, ya estaban también llenas a rebosar, con el agravante de que esos desdichados se veían obligados a dormir en el suelo y a hacer sus necesidades al aire libre”.

La última tragedia marítima en aguas de Sicilia (¡cientos de ahogados de una sola tacada!) ha reproducido el rito hipócrita de nuestros gobernantes: se vierten unas lagrimitas de cocodrilo y se piden medidas urgentes para que las muertes no se produzcan en el umbral de nuestra casa. Levántense en el mismísimo norte de África las vallas, los campos de concentración y los bloqueos aeronavales que sean menester para que aquellos de sus hijos que buscan paz, trabajo y libertad queden allí varados y enjaulados. No nos andemos con zarandajas: eso es lo que pide la mayoría de la gente del Norte.
Un filo de luz_300_CMYK    Leyendo Un filo de luz me he acordado de Moncho Alpuente. En uno de sus últimos artículos en el diario digital publico.es, Moncho contaba que, los sábados por la noche, pasaba de las tertulias políticas televisivas y se dedicaba a ver la serie del comisario Montalbano que dan en La 2. Sonreí al leerle: yo tampoco entiendo a aquellos amigos que los domingos por la mañana despotrican en Twitter contra el sectarismo, la incultura y la grosería de algunos de los tertulianos de la noche anterior. ¡Con lo fácil que es no seguir esos programas! Pasear por la calle, cenar con amigos, ir al cine o a un concierto, leer un libro o hacer el amor, me parecen alternativas menos frustrantes. Y si lo que uno desea es tan sólo vaguear ante la tele, Moncho tenía razón: la serie de Montalbano es una excelente alternativa.

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El comisario Montalbano de la serie televisiva

El comisario Montalbano es el protagonista de Un filo de luz (Salamandra, 2015) y de muchas otras novelas anteriores de Camilleri. Y Camilleri y Petros Márkaris son estimulantes ejemplos para aquel que, como es mi caso, se ha puesto a escribir novela negra peinando canas. Amén de haberse incorporado ya maduros al género, el siciliano Camilleri y el griego Markaris tienen otras cosas en común. Los dos pertenecen a esa subespecie mediterránea que inauguró Vázquez Montalbán (cuya maestría reconocen ambos) y los dos son muy buenos en la descripción social y costumbrista de sus respectivas tierras. De Camilleri y Márkaris no caben esperar los bombazos estilísticos y narrativos de James Ellroy; lo suyo es escribir correctamente, publicar novelas entretenidas y contarnos lo que está pasando en Vigàta y Atenas con mucha mayor honestidad que los medios de comunicación oficiales. Lo cual, que conste en acta, es mucho.

Moncho Alpuente lo resumió así en aquel artículo: “Frente a tanto devorador de donuts, hamburguesas y tacos en las series americanas, la pasta con marisco y los salmonetes que le deja preparados su asistenta al comisario Montalbano son una grata excepción”.

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Andrea Camilleri

Leí de un tirón “Un filo de luz”. El comisario Montalbano, cuyo nombres es un homenaje explícito a Vázquez Montalbán, tiene que lidiar con tres sucesos no relacionados entre sí (el asesinato de un pequeño delincuente local, una venta fraudulenta de cuadros del patrimonio nacional y un acopio de armas para un grupo opositor tunecino), y, sobre todo, con una difícil decisión sentimental: continuar su relación con Livia o entregarse al nuevo amor que le propone Marian. En medio, al ministro del Interior le da por visitar Sicilia para salir en los telediarios.

“Total”, escribe Camilleri, “que el jefe superior Bonetti-Alderighi había ordenado la movilización general tanto de la jefatura de Montelusa como de la comisaría de Vigàta, con objeto de blindar las carreteras por las que tendría que pasar el alto personaje en su recorrido; así impediría que llegaran a sus oídos los acostumbrados silbidos, pedorretas y abucheos de la población (llamados, en lenguaje fino, “protestas”), y sólo le llegarían los aplausos de cuatro muertos de hambre pagados a tal efecto”.

Sucede en Sicilia y sucede aquí.

El fútbol como género negro

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Mourinho

Hice una pausa en la lectura de Mercado de invierno, encendí la televisión y vi al presidente del Fútbol Club Barcelona asediado por una jauría de cámaras y micrófonos. El locutor contaba que Josep María Bartomeu veía muy comprometida su continuidad en el cargo por los últimos episodios del caso Neymar, un asunto que ya le había costado la cabeza a su predecesor, Sandro Rosell. Recordé una frase que acababa de leer: “El fútbol y el dinero van de la mano”.

Mercado de invierno (RBA, 2015) es una novela negra, así que ustedes ya pueden imaginar que su autor, Philip Kerr, escribe la palabra dinero dirigiéndonos un guiño cargado de intención. Debemos entender que buena parte de ese dinero es tan oscuro como el pecado. En el caso Neymar, unos 40 millones de euros no declarados a Hacienda.

Philip Kerr es un escritor escocés que nos ha entretenido durante años con la serie del policía Bernie Gunther ambientada en la Alemania nazi. Con Mercado de invierno, Kerr, confeso entusiasta de este deporte, incorpora el fútbol a los escenarios del thriller. Técnica y literariamente, esta novela quizá no esté a la altura de la serie Berlin Noir, pero la información que ofrece sobre el deporte más popular del planeta es fenomenal.
La verdad de las novelas puede ser más profunda y auténtica que la verdad de los periódicos. Si usted quiere saber cómo y por qué se levantan los grandes estadios de fútbol, y los tratos que ello implica con ayuntamientos y grandes constructoras, olvídese de los diarios de papel que pueda encontrar en las barras de los bares, lea a Kerr. Y lo mismo digo sobre los fichajes millonarios y las sabrosas comisiones que van subiendo el precio del jugador hasta cifras disparatadas. O sobre los golpes bajos de las batallas por los derechos de retransmisión televisiva. O sobre los sobornos que implica llevarse la sede de un Mundial y por qué uno de los próximos se celebrará en Qatar.

Mercado de invierno está narrada en primera persona por Scott Manson, un ex jugador mulato y sofisticado que pasó una temporada en la cárcel por una violación que no cometió y que ahora es el segundo entrenador del imaginario London City. Pero casi tan protagonista como él es el primer entrenador del club, el portugués Joao Zarco, un tipo deslenguado, sarcástico y tocapelotas, un “capullo arrogante” para muchos, brillante y atractivo para otros, en el que no es difícil reconocer a José Mourinho.

Scott Manson tiene que lidiar con los futbolistas del London City, unos chavales que adoran los coches de lujo, el ligoteo con modelos guapísimas y soltar inconveniencias en Twitter. “Lo cierto”, dice Manson, “es que algunos de estos muchachos llevan más cremas para el cutis y productos capilares en sus neceseres Louis Vuitton que los que tenía mi primera esposa en el tocador”.

Esos chavales no tienen entrevista, pero los periodistas se empeñan en hacérselas a diario y sus respuestas no pueden ser más tontorronas. Así lo ve Manson: “Eso es lo que más revienta del fútbol: los tópicos. No son culpa de los jugadores. La mayoría son unos críos. Traynor sólo tiene veintitrés años y no sabe más. No, la culpa es de los putos periodistas por formular las preguntas predecibles de siempre, que generan esas respuestas trilladas”.

Algunos son gais, por supuesto. Pero no pueden salir del armario. Al menos ahora. Uno de sus jugadores le pregunta ingenuamente a Manson si piensa que puede revelar su homosexualidad y el entrenador le responde: “No, rotundamente no. (…) No hay futbolistas abiertamente gais en ninguna de las cuatro máximas divisiones de Inglaterra. Por supuesto, eso no significa que no existan jugadores gais. Todo el mundo sabe quiénes son, o cree saberlo, pero esos jugadores lo llevan con discreción por una simple razón: miedo. No de los oros jugadores, sino de las faltas de respeto que sufrirían por parte de los aficionados (…) Debes mantener esto en secreto. Si dices algo ahora será un suicidio profesional”.
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Viktor Sokolnikov, un multimillonario ucraniano, es el propietario del London City. Forma parte de ese grupo de ricachones árabes y eslavos, a los que ahora se les añaden los chinos, que se permiten el lujazo de adueñarse de un club europeo. El fútbol, reflexiona Manson, es “una ballena atada a la borda de un barco que es la economía mundial. Y cuanto más dinero mueva, más tiburones llegarán para alimentarse”.

Los políticos suelen ser muy complacientes con los amos del fútbol. Hay dinero que ganar, hay plazas en el palco de honor del estadio por las que luchar, hay imágenes al lado del capitán que levanta un trofeo que pueden colaborar en un triunfo electoral. Lo mismo puede decirse de los grandes medios de comunicación. La corrupción en el fútbol es difícil de hacer aflorar. Aún así, Bartomeu y Rosell no son los primeros protagonistas de escándalos en el fútbol español. El mismo Messi tuvo problemas con Hacienda no hace mucho.

Siete equipos de fútbol españoles son investigados por las autoridades europeas por haber recibido ayudas públicas irregulares. Las deudas nuestros clubes con Hacienda y la Seguridad Social son fenomenales, sin que les pase lo que nos pasaría a usted y mí por una millonésima parte de esas cifras. José María del Nido, ex presidente del Sevilla, terminó entrando en la cárcel por malversación y prevaricación en el ayuntamiento de Marbella. Manuel Ruiz de Lopera, del Betis, y Jesús Gil, del Atlético de Madrid, fueron notorios predecesores de Del Nido en materia de mangoneos. Ramón Calderón, del Real Madrid, terminó siendo absuelto de la acusación de fraude en el voto por correo. El nuevo estadio valenciano de Mestalla es uno de los grandes símbolos nacionales de la burbuja inmobiliaria…
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Y aún así, la novela de Kerr es también un canto a la belleza, la magia y la fraternidad del fútbol. Manson le dice a uno de sus jugadores desmotivados: “En el fútbol no hay obligación de ganar, pero sí de intentarlo. Es en eso en lo que creen los hinchas. Y es lo que creo yo.” El fútbol es el sustituto, imperfecto sin duda, que los humanos le hemos encontrado a la guerra. Es mucho mejor, créanme, desfogarse practicando o viendo un deporte en el que el genio individual y el trabajo de equipo se trenzan para conseguir esa fantástica explosión del gol.
“El fútbol”, escribe Kerr, “es la lengua franca del planeta”.

Black Lady

Anik Lapointe

Debemos a Anik Lapointe la publicación en castellano en el año 2014 de dos grandes novelas negras americanas: Galveston, de Nic Pizzolatto, y La entrega (The Drop), de Dennis Lehane. Lapointe ha jalonado con brillantez el nacimiento del sello Salamandra Black.

Galveston y La entrega tienen en común que están fantásticamente escritas y nos cuentan historias que transcurren en el Estados Unidos del white trash, la basura blanca.

Dennis Lehane es un veterano del género. Su Cualquier otro día (The Given Day) recreó el Boston posterior a la Primera Guerra Mundial con la veracidad y el aliento de Dos Passos en Manhattan Transfer.

La entrega es una obra breve y de gran pureza estilística. Su protagonista es Bob, el camarero de una taberna de un barrio obrero de Boston. La taberna es de su primo Marv, enfeudado a su vez a la mafia chechena que se ha adueñado de los bajos fondos de la ciudad. Bob rememora a un cliente desaparecido hace una década, adopta un perro, entabla amistad con una chica extraña, conoce a un policía hispano y le planta cara al amenazador Eric Deeds.

Lehane describe con sobria crudeza las calles del Boston obrero en el que nació. Sientes el frío, la nieve y el viento oscuro. Hueles la cerveza derramada, los orines en los muros y el hollín que lo envuelve todo. Ves y escuchas a la fauna de irlandeses, latinos y eslavos que puebla esas calles. La mayoría son perdedores, aquí sólo triunfan los tipos duros.

Pero el más duro no es siempre el que más aparenta serlo. La novela negra lo reitera desde los tiempos de sus padres fundadores.

Así son los diálogos de Lehane:
“-Eres un gilipollas, Marv.
Marv río entre dientes.
-Dime algo que no sepa.”

Aquí va otro:
“Anwar salió de la cámara frigorífica tirando de un bolsa de lona con ruedas.
-¿Ha cabido?
-Le hemos roto las piernas. Ha cabido bien.”

Nic Pizzolatto debuta en la novela con Galveston. También es el guionista de la serie televisiva True Detective.

La entrega está escrita en tercera persona, Galveston, en primera. Lo anuncian sus dos primeras frases: “Un médico me fotografió los pulmones. Estaban repletos de copos de nieve”. A Roy Cady le acaban de diagnosticar un cáncer.

Roy Cady, un texano que se gana la vida como matón en Nueva Orleans, descubre que, además, su jefe quiere matarle. Huye a través de los caminos costeros de Luisiana. Le acompaña Rocky, una puta joven y guapa.

Pizzolatto es un poeta del género negro: convierte la fuga del matón texano en una experiencia onírica. Galvestón es canónica y herética a la vez.

Pizzolatro sabe cómo describir paisajes: “Unas cuantas gaviotas permanecen posadas sobre los postes del final del muelle, con el pecho hinchado como diminutos presidentes. Algunos cangrejos violinistas corretean para alejarse de mis pies. Siento el lameteo sosegado y rítmico de la marea”.

También sabe cómo describir a la gente: “Sacaron pecho y me lanzaron miradas sesgadas como puñales. Se miraron y volvieron a clavar en mí sus ojitos fríos, tercos y negros como los de un pez. He conocido tipos así toda la vida, palurdos de pueblo sumidos en un resentimiento permanente. De niños maltratan animales pequeños y al hacerse mayores azotan a sus hijos con el cinturón y estrellan sus camionetas por conducir borrachos, a los cuarenta descubren a Jesús y empiezan a frecuentar la iglesia y a ir de putas”.

Anik Lapointe nos ha traído estas dos obras. Lapointe es una canadiense –québécoise por más señas- que lleva unas dos décadas en España. Dinamizó nuestro mundo editorial negro durante sus años en RBA. Vuelve a hacerlo con Salamandra Black.
En su entrevista con Javier Manzano en el Fiat Lux del pasado otoño, Lapointe contó que descubrió el género de muy joven, leyendo la Serie Noire de Gallimard. Gallimard había traducido al francés a los clásicos americanos, los Hammett, Chandler, Cain, McCoy, McDonald y compañía.

Los americanos inventaron el género; los franceses le pusieron el sello de gran literatura. Brindo por ti, Boris Vian.

Los americanos no tienen la exclusiva del género. Franceses, italianos, griegos, latinoamericanos, escandinavos, españoles y sudafricanos escriben estupendas novelas negras. Anik Lapointe promete que los incorporará a su colección.

De La entrega ya se ha hecho una película. La dirigió Michael R. Roskam y la interpretaron Tom Hardy, Noomi Rapace y, en el que sería su último papel, James Gandolfini. De Galveston se va a hace también una película.

Galveston te deja una terrible y deliciosa regusto de desolación. “Estamos todos locos, pero algunos más que otros”, dice Roy Cady en un momento dado.

La entrega confirma que también la mayoría de los blancos somos basura para el sistema.

El sistema puede especular incluso con la vieja iglesia católica del barrio. Dice el policía Torres: “La han vendido a la promotora Milligan. Harán pisos, Bob. Detrás de esa hermosa ventana habrá seglares que tomarán sus putos Starbucks y hablarán de su fe en el profesor de pilates”

El capitalismo del siglo XXI es tan salvaje como el Boston de Cualquier otro día. “A Bob”, escribe Lehane, “le parecía que cada centímetro del mundo estaba cubierto de arenas movedizas. No había nada a lo que agarrarse. No había un lugar seguro donde poner los pies”.